En la cama IV: Sábanas perversas (preludio)

Ansiaría entonces el castigo de las llamas, como única y posible salvación…

Después de que mi padre le partiera la cara al de Andrés la tienda gourmet había dejado de existir. Tampoco yo había vuelto a dirigirle la palabra a Manolo, pese a que durante el primer año hizo varios intentos por obtener mi perdón. En lo que a Andrés respecta, consiguió de alguna manera alcanzar un punto neutro con el que había considerado su padre. Entre ellos se había extendido la tregua del desierto, de la nada. Le había dado la vida al recibirlo como a un hijo para quitársela después, así que Andrés ya no estaba en deuda con él. Podía arrancarlo de su vida sin sentir remordimientos.

Cada uno por nuestro lado, iniciamos una huida hacia delante, donde todo lo que oliera a cambio parecía servir a nuestro propósito de buscar desesperadamente un propósito. Nos cambiamos de casa, de trabajo, de amigos, de hábitos… Llenamos nuestras vidas de nuevas caras y acontecimientos frescos, e incluso llegué a saber que Andrés estuvo unos años viviendo en el extranjero, como si de aquella manera fuera posible conseguir que lo que nos había ocurrido no lo llenara todo, cada segundo, cada pensamiento. Pero era inútil. Ni quemando todos los objetos que me rodeaban hubiera podido dejar de sentir su olor alimentando a todas horas la enfermedad en la que se había convertido su recuerdo.

No alcanzaba. Nada alcanzaba. Ni aunque se mudara de planeta, pensaba yo cada mañana al despertar. Antes incluso de recordar que estaba viva, ya lo estaba pensando.

No puedo resumir en una frase lo que significó para mí el tiempo que estuvimos juntos. Simplemente no hay palabras. Intenté una y otra dejar que entrara en mí la esperanza, en lo que fuera, pero lo único q traspasaba las barreras de mi cuerpo robotizado era un dolor sordo y caliente. Sin embargo, siento que aferrarme a ese dolor fue precisamente lo que me salvó de enloquecer. Era horrible, pero era una desolación llena de él.

Habían pasado ya unos cuantos años, bastantes como para superar lo ocurrido según la opinión de prácticamente todos los que me rodeaban. Bueno, algunas cosas sí que las había superado. Ya no necesitaba dar vueltas en círculos por la habitación antes de ser capaz de meterme a la cama, y reservaba mis lágrimas para ocasiones puntuales. Pero también es cierto que nunca me volví a enamorar, y que incluso la idea de acostarme con otro hombre me resultaba totalmente indiferente. En general, diría que la sensación de que nada valía realmente la pena se había hecho crónica en mí. Así que cuando mi jefe me comunicó que me enviaban nueve días a Nueva York me produjo la misma emoción que si me hubiera dicho que había una cucaracha muerta en el pasillo. “Vale -le contesté alzando los hombros-, si quieres que vaya, voy”. “Si no fuera por la cantidad de horas extras que echas… uf, no sé cómo te soporto”, me soltó. Pero en el fondo sé que me aguantaba porque los dos éramos unos náufragos y me había reconocido. De alguna manera era capaz de ver que mi silencio no era de desdén, que simplemente era el silencio de los perdedores.

NY 1El viaje no estuvo mal, aunque no se puede decir que exprimiera los beneficios de volar en bussiness. Intenté dormir, intenté leer e incluso durante unos minutos le di conversación a uno de los copilotos en un pasillo. Supongo que de alguna manera me amparaba en la altura para jugar a ser otra. Pero la sensación de estar apenas unida por un hilo a todo lo que ocurría en ese otro mundo que abandonábamos no me resultaba del todo liberadora. ‘Si yo estoy arriba, él está abajo’, no podía dejar de pensar.

Sabía que me quedaría en un hotel pijo y que probablemente llamaría la atención nada más cruzar la entrada: A mis ojeras kilométricas y mis pelos de loca, producto de la noche en vela pasada en el avión, se sumaba un atuendo no muy apropiado: Camiseta y pantalón de algodón, zapatos planos y una chaqueta vaquera. Digamos que cuando pensé en la comodidad del trayecto no tuve en cuenta el “momento check-in”. Pero aún así, no estaba preparada ni de lejos para lo que me esperaba al llegar.

La recepcionista sabía algo de español e insistió en comunicarse conmigo en un híbrido anglo-mexicano salpicado de sonrisas y movimientos de brazos. Aunque estaba segura de que no se enteraba ni de la mitad, le contesté también en español, como una forma de agradecer sus esfuerzos, y le pedí que me subieran a la habitación una botella de agua y un bocadillo ligero. Lo último no lo entendió y me empezó a soltar un rollo de unas entradas para no sé qué obra de teatro. Y entonces una voz a mis espaldas me estalló como un bofetón en plena cara, tan inconfundible como si me lo hubiera dado la mismísima mano de Dios.

She’s asking for a sandwish…. Cheese and dried tomatoes on walnuts bread.

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10 pensamientos en “En la cama IV: Sábanas perversas (preludio)

  1. Es él?? Es él?? Tiene que serlo, no??
    Lo siento soy una romanticona sin remedio…pero es que empecé a leer el post pensando, tienen que encontrarse de nuevo!!! Enfin…esperaré a ver como sigue…

    Un beso

  2. Estoy esperando ansiosa, yo no soy muy romanticona, ahora daria un giro a la historia como ya sabes y le ataría por todo este tiempo esperando jijijiji y azotes, millll y oler, oler y oler.

    Bello Ava

    Siempre tuya
    I

    • Bueno, ya he tenido bastantes atados en mis relatos, jeje… De cualquier manera espero poder continuar prontito éste, estoy dándole vueltas, pensando en qué rincones se podrían meter dos personas q están viviendo lo q ellos, cómo podría ser el sexo con ese peso y ese deseo llenándolo todo…
      Besos mi adorable visitante! 😉

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