En la cama II: Felicidad acostumbrada

pareja 2Nos despertamos un poco antes del amanecer porque Andrés había tenido un mal sueño. Su madre volvía a abandonarlo sin darle explicación alguna, pero ésta vez él no era un niño ni su madre tenía el rostro que él aún recordaba, aunque a duras penas. Sí tenía su pelo, lacio y rubio, pero sus facciones eran las mías. Mi mirada, mi boca, mi mentón partido; atrapados en su cuerpo traicionero. Cómplices, partícipes de la gran huída.

Intenté tranquilizarlo acariciando las plantas de sus pies –no os engañéis, no existen los gustos ‘anormales’: dado que todos los tenemos, son lo más normal del mundo-, pero su relato me había dejado una sensación extraña, algo parecido a un zumbido levemente molesto y persistente. Probablemente por la manera en que me narró el sueño, con una angustia impropia de él. Como si fuera otro y viniera de lejos, como si de alguna manera estuviera fuera de sí. Pero no en el sentido literario, sino que en uno más concreto.

La noche anterior nos habíamos quedado despiertos hasta tarde, celebrando que por fin nos habían entregado las llaves del piso nuevo. Conseguir que mi padre aceptara mi salida del hogar que me vio nacer (en serio, mi madre me parió en su habitación) sin un anillo de por medio no había sido tarea fácil. Pero tampoco imposible. Andrés y él siempre habían tenido una conexión especial, un mutuo ‘buenrrollismo’, y finalmente se dejó convencer a regañadientes, con la condición de que yo prometiera esperar al día de mi titulación. Sus preocupaciones no fueron necesarias, debido al retraso de la constructora.

Cuando nos fuimos a la cama nos corría más vino que sangre por las venas, así que nuestra pequeña fiesta particular no terminó según lo esperado. Y confieso que lo había estado esperando bastante, de hecho llevaba unos días fantaseando con todas las guarrerías que haríamos una vez terminada la cena, después de todo se trataba una noche especial. Y no es que no folláramos, incluso me atrevería a decir que superábamos en frecuencia a la mayoría de los amigos de nuestra quinta, pese a que no nos había faltado tiempo para aburrirnos el uno del otro. Pero en un ejercicio de dolorosa honestidad reconozco que comenzábamos a recalar en esa zona en la que cualquier cambio de escenario o circunstancias es bienvenido, porque si bien aún no se ha caído en la rutina ya comienza a intuirse su silueta, y lo que hasta entonces no tenía palabras se puede traducir en una frase: Todavía no estoy ahí, pero la inmunidad no es eterna. No cuando ya es más lo conocido que lo por conocer.

Así que innovar se había convertido en una especie de labor por esos días…

De todas maneras, en ese momento no me importó que mis planes se fueran al garete. Después de unos manoseos torpes y una sinfonía casi interminable de risas sin control caímos abrazados sobre la cama como un fardo con dos cabezas, al borde de la inconsciencia. Antes de que todo se apagara alcancé a pensar que la felicidad era simplemente eso, morir cayendo aferrada a su abrazo.

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13 pensamientos en “En la cama II: Felicidad acostumbrada

  1. A todos los que habéis llegado hasta este perdido rincón de los comentarios: Este capi es de “transición”, había que contarlo pero va muy ligerito… en el que estoy currando intensamente es en el tercero, “Infierno” -spoilers, ajajajaja!-. Ese viene denso y oscuro, como el buen pan! 😉 Aunque tardará un pelín más eso sí, q voy saliendo de viajecillo x unos días, yuhuuu!
    Ah, y por cierto, serán cinco capis. Por si las flies…

  2. Qué bueno! Llegar a casa y encontrarse con una nueva entrega de lo que podría empezar a llamarse “Lugares comunes”…
    Me contaba hace años mi psicoanalista (y cuánta razón tenía) que el ego no distingue demasiado entre amor y odio, lo único que necesita es el nivel de excitación producido por cualquiera de estas dos emociones; por eso no existe nada más triste que la indiferencia. Según mi propia experiencia, el fin de la pasión en la pareja puede desembocar en una crisis terroríficamente fría, anodina, aburrida y sin asideros a los que agarrarse. Asusta mucho percatarse de la falta de deseo y la imposibilidad de re-despertarlo desde uno mismo.
    Igual estoy adelantando acontecimientos o simplemente estoy tirando de recuerdos (ya sabes, mi adulterada memoria…), pero es que la pesadilla es de libro!
    El caso es que, aún así, no te imaginas cuánto echo de menos a veces unas caricias en la planta de los pies cuando despierto de una pesadilla…

  3. Ligerito…puede, pero lo que importa es lo que cuentas. Yo nunca he vivido en pareja, asi que no he vivido nada de esto; pero concuerdo con Polilla, la última frase preciosa.

    Un abrazo, esperaré ansiosa la tercera entrega.

    • Muchas gracias nena!!! Espero q no pase de hoy, después de q salga el solcito claro 😀
      Un abrazote!
      Por cierto, yo tampoco he vivido en pareja, nunca. Lo cual no quiere decir q no haya(mos) vivido 😉

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