En la cama I: Inocencia

“Grace is at the core of tragedy, for if there’s no height at which to drop, no pride taken in a life lived, you have nothing to lose. But once in the freefall of disgrace, the only way to change the momentum is to use it to your advantage”.

(Revenge, ABC)

castillo

Muy lejos del lujo que sugería su nombre, el Grand Castle Hotel era un viejo edificio ruinoso donde las parejas sin recursos iban a echar un polvo. Todo en él resultaba inquietante, desde sus pasillos oscuros hasta sus maderas crujientes, y más de un huésped se había ido con la sensación de que el esqueleto que soportaba el establecimiento respiraba bajo las descascaradas paredes que lo recubrían, atento a todo lo que ocurría. Como si su quietud fuese solo aparente, como si esperase algo.

Claro, también estaban las cucarachas, el moho en las paredes de los baños –compartidos cada dos habitaciones- y el frío que se colaba entre medio de las grietas en invierno. Además de otros inconvenientes que ya me habían sido advertidos por una amiga que había estado un par de veces con su novio. Pero a mí no me importaba nada. Sus puertas se me antojaban la entrada al paraíso.

Por aquel entonces mi piel aún no conocía el tacto de unas buenas sábanas, ni mi corazón había aprendido a buscar el vacío detrás de una mirada. Al contrario. Los ojos de Andrés estaban llenos de un deseo que crecía y burbujeaba como la levadura, y mi cuerpo había empezado a reconocer el efecto que producía en el suyo. Así que cuando sugirió que celebráramos su cumpleaños en el Grand Castle le dije que sí. Pese a la inquietud que me producía la idea..

Ese día él cumplía 16 años. Yo tenía uno menos. Ambos íbamos a hacer el amor por primera vez…

Y digo hacer el amor, aunque hoy la frase me resulte desagradable, porque a Andrés yo le amaba. Y él a mí, con fuerza. Tanta que me hacía ansiar la adultez, para ponerlo todo a prueba y escupirle mi triunfo a la vida, robándole antes de tiempo sus cuidados secretos. Para ser, de una vez por todas, todo lo que hubiéramos podido llegar a ser.

Pero esa es otra historia…

Nos abrió un tío que parecía sacado de una película de Tim Burton. El pelo enmarañado, los ojos saltones y una chaqueta verde limón cargada de remiendos. Apenas se permitió una leve sonrisa al vernos en la entrada (probablemente estaba más interesado en la caja que haría esa noche que en la edad de sus clientes), y tras recordarnos la hora de salida nos entregó una llave enorme y oxidada, limitándose a hacer un gesto hacia la puerta que se encontraba al final del pasillo.

Llegar hasta ella fue como caer en cámara lenta por un tobogán de paredes amables, pero cuyo trayecto no admitía retroceso. Sobre nuestras cabezas se deshacía suavemente la infancia, acudiendo al llamado de la brisa que corría hacia rumbos desconocidos fuera de los muros del hotel. A nuestros pies se abría el futuro, enorme y palpitante. Una vez dentro de la habitación tuve que coger la mano de Andrés, mareada de sensaciones.

Juegos previos no tuvimos, pero no me quejo. De cualquier manera yo estaba demasiado nerviosa como para rehuir la torpeza, pero a la vez ese mismo nerviosismo me mantenía despierta y receptiva, cargándolo todo de un erotismo recién nacido que parecía brotar hasta de los muebles. Incluso antes de que Andrés me quitara con movimientos mansos la camiseta, ya podía sentir sus dedos en mi piel, escribiendo con sus yemas nuestra historia en mis rincones más analfabetos. “Eva”, susurró paseando su mirada de larva furiosa sobre mis pequeños pezones erectos. “Eva”. Nunca mi nombre me había parecido tan virginal y tan de la tierra al mismo tiempo.

Sentirlo dentro por primera vez no fue para nada doloroso, o al menos así no lo recuerdo. Sí recuerdo el calor húmedo que acarició mi entrepierna, y –pasados los primeros minutos- la sensación de querer que se introdujera completo por esa boca poderosa que hasta entonces no conocía la magnitud de su hambre. Cuando vio correr mis lágrimas se detuvo al instante, preocupado por estarme haciendo daño. “Son de felicidad”, recuerdo que musité, abrazándolo para invitarlo a sobrevolar conmigo ese éxtasis que entre ambos habíamos conquistado.

Recuerdo también haber pensado que lo que yo hasta ese momento creía que eran besos no eran besos, en realidad eran caricias dadas con los labios al otro lado de la piel. No fue hasta esa noche que sus besos entraron en mí realmente, que él entró en mí como una realidad concreta. Esa noche fuimos dos.

No nos alcanzó para el desayuno, pero Andrés sacó de la mochila un par de bocadillos enormes que devoramos en el parque cercano a mi casa, saciando nuestra sed en la Fuente de los Querubines, bajo cuya sombra tantas veces habíamos jugado de niños. Cuando terminamos de comer –queso y tomate seco en pan de nueces, delicias a las que estábamos habituados desde que nuestros padres, también amigos de la infancia, se habían asociado con una tienda gourmet– nos tendimos sobre la hierba a disfrutar del sol de la mañana. En un momento dado Andrés se giró en mi dirección y acercó su mano hacia mi rostro. Ungida por una sensación de trascendencia, entorné los ojos dejando que su presencia se convirtiera en tacto y oscuridad, pero sin permitir que esa oscuridad me lo robara del todo. Y entonces retiró con delicadeza una miga de pan que se había quedado atrapada entre la comisura de mis labios, y se la llevó a la boca.

Últimamente esa imagen se asoma en mí con insistencia.

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21 pensamientos en “En la cama I: Inocencia

  1. Por cierto, la traducción al párrafo que abre este post, para quien la requiera, sería algo así como: “La gracia está en la base de la tragedia, porque si no hay altura desde la que caer, ningún orgullo que quitar en la vida que se ha vivido, no tienes nada que perder. Pero una vez en caída libre desde la desgracia, la única manera de cambiar ese impulso es usarlo como ventaja”.
    😀

  2. Ava, Avita… Vale que escribas mejor que yo, y que estés más achuchable que yo (facil es eso, en fin…) pero que me traduzcas encima no, so esquirola…

    Leerte es como sentir tus labios en mi nuca, explicándome un relato entre beso y beso.

    Estoy ñoño, no me lo tengas en cuenta.

    Vamos, que me ha gustado.

      • Cómo abusas de mí ahora que estoy muy sensiblón… un día tendré un momento señor Grey (u Hornimans, depende) y ya verás, ya…

        Tú también me caes bien, lo confieso. Mira que intento tenerte ojeriza, pero nada, hijamíademicorasao, que no puedo.

        Bechotes.

  3. Sencillamente precioso, Ava.
    Soy de los que piensan que el estado de inocencia es absolutamente recuperable y no hay manera más directa de hacerlo que dedicarse a la creación.
    Cuando escribimos sobre nuestro despertar, lo hacemos desde el filtro estilizado de la memoria. Cuando pienso en mi “primera vez” soy consciente de que mis impresiones tienen más que ver con mi forma actual de ver las cosas que con lo que realmente pasó, con lo cual esas impresiones no son mas que creaciones de hoy; no tenemos más que invertir la ecuación permaneciendo atentos al momento presente, para recrear una y otra vez ese estado de asombro.
    Nuestra “experiencia” puede servirnos para profundizar y refinar cualquier tipo de disciplina, expresión, ejecución o creación, pero suele convertirse a su vez en nuestro principal obstáculo a la hora de extraer emociones frescas y libres de prejuicios de nuestro interior. Necesitamos “olvidar” esa experiencia (ya hará su aparición a nivel físico, es inevitable y a la vez muy deseable), dejarla caer junto a nuestra ropa a los pies de la cama, para sumergirnos de lleno en ese viaje absolutamente creativo y lleno de sorpresas que debe ser el sexo.
    Y si, aunque sonroje, hay que “hacer el Amor”. El sentimiento amoroso no tiene por qué (ni por qué no) durar más de media hora, pero realmente para mi es él quien marca la diferencia entre la pasión y el aburrimiento; pues es en el Amor desde donde creamos, aprendemos, compartimos, gozamos, sufrimos… y por ende, vivimos.



    Casi puedo saborear ese queso con tomate seco en pan de nueces…

    • Amigo mío, qué bello eres y qué bellas tus palabras…

      Si bien yo no soy la protagonista de este relato, ni su experiencia se asemeja a la mía (salvo en la elección de moteles de dudosa reputación, jijiji… de hecho esa primera vez yo estaba bastante más crecidita y mi compañero se encontraba muy lejos de ser virgen o sentirse inclinado a la mesura por mi condición de tal), para poder escribirlo he necesitado bucear en esos tiempos en que también para mí todo era nuevo, en el que me sentía poseedora de un paquete enorme y prometedor del que sólo había alcanzado a rasgar una esquinita…
      Después, como era de esperar, me arrojé de cabeza a ese placer descubierto, y junto con el goce dejé que me invadiera el cinismo.
      Y ahora la búsqueda, como bien señalas, es volver a ese estado de inocencia, de eterno presente, utilizando todo lo aprendido no como un escudo o como un artificio, sino que como una forma de liberarse de lo que, en otros tiempos, permitimos que nos hiciera daño.

      El tarot zen de Osho tiene una carta llamada “Inocencia”. En palabras de tan particular ser, “el zen dice que si dejas el conocimiento (y dentro del conocimiento se incluye todo, tu nombre, tu identidad, todo, ya que te ha sido dado por otros), si abandonas todo lo que los demás te han dado, tendrás una cualidad totalmente diferente en tu ser: la inocencia. Ésta será la crucifixión de la persona, de la personalidad. Pero habrá una resurrección: la de tu inocencia; volverás a ser un niño otra vez, renacerás”

      (y yo agregaría… abandonar también lo que uno se ha dado a sí mismo!!!)

      Y más: “La inocencia que procede de una experiencia profunda de la vida es como la de un niño, pero no es infantil. La inocencia de los niños es hermosa pero ignorante. Sin embargo, la inocencia de una existencia plenamente vivida tiene una cualidad de sabiduría y aceptación de las maravillas de la vida siempre cambiantes”.

      PD: Por si las flies, este post es sólo la primera parte del relato “En la cama”… Los siguientes capis, bastante menos cándidos, probablemente no se presten mucho para divagaciones nostálgicas 😉

  4. Bueno bueno, te advierto que no me falta un tumbaíto hacia la Bestia…

    Tampoco mi primera vez se asemeja a tu relato, también estaba más crecidito y aunque ella era más joven que yo, contaba con más experiencia; pero al igual que inconscientemente transformamos nuestro pasado en nuestra memoria, somos perfectamente capaces de fabricarnos unos nuevos recuerdos y más si contamos con una narrativa tan inspiradora como la tuya.
    Un guitarrista argentino amigo mío (ya mayor) contaba una anécdota acerca de cómo conoció a Atahualpa Yupanqui. Atahualpa le preguntó: – ¿Con quién aprendiste?- Mi amigo le contestó con el nombre de su profesor, tras lo cual Atahualpa volvió a preguntarle – ¿Y con quién te olvidaste?- . Y es que si de algo se trata es de “desaprender” una vez que hemos aprendido, deshacernos de la paja y quedarnos con el grano más dorado y jugoso.

    Y dicho esto, deseando ya estoy de leer esos nuevos capítulos y saborear platos más sofisticados, elaborados, especiados… con un buen vino y en un hotel menos ruinoso (al menos, con baño limpio e individual…) 😉

      • Jajajajajajaj no se qué contestarte, la verdad…. Iba bien, pero con lo de abuelito y mentor me has descolocao… Nunca me he creído aquello que contaba Marilyn Monroe en “La tentación vive arriba” (The seven year itch) acerca de que “de toda la fiesta, a la chica en realidad quien le gusta es el chico tímido con gafas agazapado en la última esquina…” pero vamos, si nos quedamos con lo de amigo, cuenta con ello!! 😉

        • Ajajajajajaja!!!! Pensé q eso del abuelito se prestaba para segundas y hasta terceras lecturas, pero es que el mío era la persona más ultra top de todo el mundo mundial, así q no me resistí a incluirlo en mi ‘surrea-lista’… Y en cuanto a lo de mentor, le doy el título a todo aquel en quien reconozca sabiduría!!! Que de los demás aprendemos tanto como de nosotros mismos…
          Abrazote!

    • Por cierto, eso y unas cuantas cosillas más. No, si espabilao era el amigo… Por eso mismo, porq es un personaje complejo y bastante ambiguo, que me resisto a llamarlo maestro (iba a escribir, de hecho, “supuesto maestro” en el comentario, pero se salía del tema q pretendía tratar). Ahora, dicho lo dicho, creo que Osho tiene escritos (y las cartas del tarot, esas maravillosas cartas de autonocimiento tan bellas en los textos como en las imágenes) que destilan una profunda sabiduría…

  5. Desde que vi tu entrada he intentado buscar un hueco para leerla, no quería leerla a prisa y corriendo, al final ha merecido la pena esperar a tener un tiempo para esto. Me he encantado, no sabría decirte si lo que ha hecho que me quedase enfrascada leyendo es el hecho de que no se parezca en nada a lo que yo viví con mi primera vez o tu forma de escribirlo con esa forma cariñosa y dulce…pero te felicito eres increíble eacribiendo!

    Un beso!

  6. Pingback: SOS relatos eróticos | Ava y el sexo

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