En la cama IV: Sábanas perversas (preludio)

Ansiaría entonces el castigo de las llamas, como única y posible salvación…

Después de que mi padre le partiera la cara al de Andrés la tienda gourmet había dejado de existir. Tampoco yo había vuelto a dirigirle la palabra a Manolo, pese a que durante el primer año hizo varios intentos por obtener mi perdón. En lo que a Andrés respecta, consiguió de alguna manera alcanzar un punto neutro con el que había considerado su padre. Entre ellos se había extendido la tregua del desierto, de la nada. Le había dado la vida al recibirlo como a un hijo para quitársela después, así que Andrés ya no estaba en deuda con él. Podía arrancarlo de su vida sin sentir remordimientos.

Cada uno por nuestro lado, iniciamos una huida hacia delante, donde todo lo que oliera a cambio parecía servir a nuestro propósito de buscar desesperadamente un propósito. Nos cambiamos de casa, de trabajo, de amigos, de hábitos… Llenamos nuestras vidas de nuevas caras y acontecimientos frescos, e incluso llegué a saber que Andrés estuvo unos años viviendo en el extranjero, como si de aquella manera fuera posible conseguir que lo que nos había ocurrido no lo llenara todo, cada segundo, cada pensamiento. Pero era inútil. Ni quemando todos los objetos que me rodeaban hubiera podido dejar de sentir su olor alimentando a todas horas la enfermedad en la que se había convertido su recuerdo.

No alcanzaba. Nada alcanzaba. Ni aunque se mudara de planeta, pensaba yo cada mañana al despertar. Antes incluso de recordar que estaba viva, ya lo estaba pensando.

No puedo resumir en una frase lo que significó para mí el tiempo que estuvimos juntos. Simplemente no hay palabras. Intenté una y otra dejar que entrara en mí la esperanza, en lo que fuera, pero lo único q traspasaba las barreras de mi cuerpo robotizado era un dolor sordo y caliente. Sin embargo, siento que aferrarme a ese dolor fue precisamente lo que me salvó de enloquecer. Era horrible, pero era una desolación llena de él.

Habían pasado ya unos cuantos años, bastantes como para superar lo ocurrido según la opinión de prácticamente todos los que me rodeaban. Bueno, algunas cosas sí que las había superado. Ya no necesitaba dar vueltas en círculos por la habitación antes de ser capaz de meterme a la cama, y reservaba mis lágrimas para ocasiones puntuales. Pero también es cierto que nunca me volví a enamorar, y que incluso la idea de acostarme con otro hombre me resultaba totalmente indiferente. En general, diría que la sensación de que nada valía realmente la pena se había hecho crónica en mí. Así que cuando mi jefe me comunicó que me enviaban nueve días a Nueva York me produjo la misma emoción que si me hubiera dicho que había una cucaracha muerta en el pasillo. “Vale -le contesté alzando los hombros-, si quieres que vaya, voy”. “Si no fuera por la cantidad de horas extras que echas… uf, no sé cómo te soporto”, me soltó. Pero en el fondo sé que me aguantaba porque los dos éramos unos náufragos y me había reconocido. De alguna manera era capaz de ver que mi silencio no era de desdén, que simplemente era el silencio de los perdedores.

NY 1El viaje no estuvo mal, aunque no se puede decir que exprimiera los beneficios de volar en bussiness. Intenté dormir, intenté leer e incluso durante unos minutos le di conversación a uno de los copilotos en un pasillo. Supongo que de alguna manera me amparaba en la altura para jugar a ser otra. Pero la sensación de estar apenas unida por un hilo a todo lo que ocurría en ese otro mundo que abandonábamos no me resultaba del todo liberadora. ‘Si yo estoy arriba, él está abajo’, no podía dejar de pensar.

Sabía que me quedaría en un hotel pijo y que probablemente llamaría la atención nada más cruzar la entrada: A mis ojeras kilométricas y mis pelos de loca, producto de la noche en vela pasada en el avión, se sumaba un atuendo no muy apropiado: Camiseta y pantalón de algodón, zapatos planos y una chaqueta vaquera. Digamos que cuando pensé en la comodidad del trayecto no tuve en cuenta el “momento check-in”. Pero aún así, no estaba preparada ni de lejos para lo que me esperaba al llegar.

La recepcionista sabía algo de español e insistió en comunicarse conmigo en un híbrido anglo-mexicano salpicado de sonrisas y movimientos de brazos. Aunque estaba segura de que no se enteraba ni de la mitad, le contesté también en español, como una forma de agradecer sus esfuerzos, y le pedí que me subieran a la habitación una botella de agua y un bocadillo ligero. Lo último no lo entendió y me empezó a soltar un rollo de unas entradas para no sé qué obra de teatro. Y entonces una voz a mis espaldas me estalló como un bofetón en plena cara, tan inconfundible como si me lo hubiera dado la mismísima mano de Dios.

She’s asking for a sandwish…. Cheese and dried tomatoes on walnuts bread.

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En la cama III: Infierno

infierno 1

Lo más curioso de todo es que recuerdo con claridad la sensación de haber pensado, al despertar, que ese iba a ser un día como cualquier otro. Y no es que el pensamiento me desagradara, más bien todo lo contrario. Me gustaba mi vida, y mucho. Sobre todo, me gustaba mi vida con Andrés. Pasábamos por una buena época.

No todo era felicidad, por supuesto, pero quién puede decir semejante cosa…

A veces me preguntaba cómo sería estar con otro hombre, lo confieso. Bueno, quién no se preguntaría algo así en mi lugar. Y no es que no me considerara afortunada. Nunca supe lo que era estar sola o sentirme no querida, Andrés siempre flotó alrededor mío como una nube tibia, haciendo del mundo un lugar más brillante y acogedor de lo que realmente era. Simplemente me jodía un poco el no saber, el no poder tener la certeza de que mi lado de la balanza era el mejor, porque lo que me estaba perdiendo era algo que nunca había tenido. Para mí sólo había un brillo enceguecedor detrás de esa puerta, una idea muy tosca de lo que serían “los otros”. Siempre como un todo, nunca bajo un rostro concreto.

Bueno, no es que le diera demasiadas vueltas al tema. A mis relaciones con Andrés nunca les faltó intensidad, así que sería errado concluir que me aburría. No era eso. Pero si bien aquello que me faltaba se sentía tan pequeñito que casi siempre lograba permanecer ignorado, había conseguido quedarse enquistado en mi interior, recordándome cada tanto con voz débil que tenía capacidad para existir desde la ausencia.

Lo que sí me preocupaba en serio por aquellos días era la llamada de la agencia de adopción, que se retrasaba más allá de lo que podía manejar mi capacidad para el autoengaño. Precisamente la noche anterior lo habíamos estado hablando con Andrés, y ninguno de los dos creía racionalmente que aún estuviéramos a tiempo de recibir la llamada de marras. Aún así seguíamos esclavizados a nuestros móviles, y cada vez que sonaba la campanilla del teléfono de casa nos volvíamos a convertir en padres durante unos escasos y frenéticos segundos, hasta que nos aterrizaba el desencanto. Nunca eran los de la agencia.

De cualquier manera aquel día era domingo, así que nos encontrábamos libres de la tiranía del teléfono. Sé que era domingo porque esa mañana no desperté con Andrés abrazado a mis caderas como de costumbre, lo cual me arrancó un suspiro de felicidad anticipada. El hombre de mis sueños se encontraba en la calle –como todos los domingos que habíamos pasado en casa desde que nos fuimos a vivir juntos– comprando una barra de pan caliente y el periódico. Para mí. Pan y noticias frescas además de cuatro piernas enredadas sobre el colchón, no se me podía ocurrir una mejor manera de recibir el día y de despedir la semana.

Las sábanas aún olían a él, así que me envolví en ellas aunque estaban húmedas de sudor. No me molestaba sentir su calor húmedo entre la tela, pero sí la pesadez que parecía haberse instalado en el aire. Ni una brizna fresca al otro lado de la ventana, y ya iban tres o cuatro noches en las mismas. Pensé en comentarle a Andrés la posibilidad cambiar los ventiladores por un aire acondicionado en condiciones cuando regresara de la compra. Pero lo más seguro era que tardaría en volver, porque estábamos de racha y aquellos domingos en que se levantaba más animado solía acercarse hasta la panadería francesa, que estaba varias calles más abajo.

Al convocar ahora estos recuerdos me pregunto si el entusiasmo febril con el que nos entregamos el uno al otro por aquellos días no sería un intento de robarle protagonismo a la espera que consumía nuestras horas. De cualquier manera se sentía real, muy real. Como todo lo demás…

Aprovechando que tenía un buen puñado de minutos por delante, y que las huellas de nuestro último encuentro aún descansaban en mis contornos y entre las yemas de mis dedos, recorrí con los ojos cerrados mi cuerpo empapado y desnudo. La noche anterior Andrés me había embestido con dureza, y cada arremetida suya había sido más inconmovible que la anterior, más poderosa. Amaba cuando se ponía así, en plan cavernícola. No sé si él se daba cuenta, pero esa hombría condensada en ataque tenía la extraña capacidad de darle lustre a nuestra relación, permitiendo que siempre mantuviera una cierta nubilidad en su esencia. Sus movimientos, profundos y macizos, me explotaban al penetrar como mareas furiosas de placer y dolor, mientras mis brazos inútiles se rendían ante la fuerza de su dominio. Sólo necesitó sujetarlos un par de veces, después de eso un simple gesto bastaba para devolverlos a su sitio. Cuando terminó de follarme quedé tan sensible que llamar al orgasmo había sido, literalmente, como tocar un timbre. Dejamos de hacerlo cuando nos entró el sueño.

Aquella mañana aún podía palpar a Andrés en mi coño henchido, y allí lo busqué, excitada con la idea de que pudiera regresar en cualquier momento y descubrirme. Con roces suaves fui rasgando mis pequeñas resistencias de carne, hasta que mi interior se volvió un pasillo colmado de puertas que al abrirse se deshacían en remolinos, cada uno más grande que el anterior. Y al centro de todo el rostro sin cuerpo de Andrés, la polla sin rostro de Andrés. Extendiendo hacia mí algo parecido a unos brazos acogedores.

No alcancé a correrme, esa es la verdad. A punto estuve de hacerlo, pero el muy cabrón de Andrés eligió el peor momento para llamar a la puerta. Bueno, o al menos yo pensaba que era él. Es verdad que siempre llevaba sus llaves, sí, pero quién más podría ser un domingo por la mañana. Pese a todo sonreí, al caer en la cuenta de que no me importaba que me cortara el rollo si venía con ánimo de compensación, así que ni siquiera me preocupé de ponerme el camisón que yacía arrugado a los pies de la cama.

A veces tengo la sensación de que aquella fue mi última sonrisa.

No, sensación no es la palabra. Es algo más cercano al convencimiento.

infierno 2

En cuanto abrí, el vaho caliente de la calle se coló por la entrada sin darme tiempo a reaccionar. Tampoco pareció hacerlo la mujer que se encontraba de pie frente a mí, y que me miraba estupefacta. Sólo entonces caí en la cuenta de mi desnudez.

– Deme un segundo, si no le importa. En seguida estoy con usted.

Cuando regresé al salón la mujer seguía en la entrada, y aunque no se movía su agitación era notoria, como también sus esfuerzos por ocultarla. Aunque pasaba de los 60 vestía con cierto aire juvenil, pero no en plan ridículo sino que elegante. Pese a su nerviosismo, sus gestos resultaban refinados. Carraspeó un par de veces antes de hablar.

– Eres Eva. Dios mío, en verdad eres Eva.

– Perdón, ¿nos conocemos? – le contesté, notando en sus palabras un leve acento caribeño.

– Me temo que sí. Pero fue hace tanto tiempo que no serás capaz de recordarlo.

– No entiendo. ¿De dónde me conoce?

– Andrés. Necesito hablar con Andrés.

– ¿También conoce a Andrés?

Antes de que tuviera tiempo de responder, el aludido apareció silbando por el pasillo. Al vernos en la puerta apuró el paso con la curiosidad asomándose por el entrecejo. En escasos meses se le formarían allí dos profundas arrugas. Pero en ese pasillo aún seguía siendo un niño. Mi niño.

– Amor- le dije dándole un rápido beso en los labios-, esta señora te está esperando.

– ¿Y usted es?

– Buenos días Andrés. Soy Elena, tu madre.

Eso dijo. Sólo eso, y fue como si la tierra se partiera en mil pedazos desiguales, como una gran sandía que choca contra el suelo una mañana de estío.

infierno ok

Si yo sentí como si me robaran algo en lugar de devolvérmelo, no puedo ni imaginar lo que fue para Andrés escuchar esas seis palabras. Pese a ello su única reacción inmediata fue tragar saliva, para después quedarse mirando fijamente a la mujer que temblaba frente suyo. Tuve que ser yo quién reaccionara y la hiciera pasar al salón. Aunque en el estado en que me encontraba, que se me antojaba cercano a la hipnosis, no atiné a ofrecerle ni un vaso con agua. Y eso que parecía necesitarlo.

Andrés seguía sin decir nada. Se limitó a sentarse en uno de los costados del sofá, con los brazos cruzados y el cuerpo tenso, esperando lo que hubiera que esperar.

– Hijo mío, antes que nada quisiera decir que he venido en cuanto he podido. Créeme que me habría gustado hacerlo antes, no sabes cuánto, pero Rober, mi marido, se encontraba muy enfermo y no podía moverme de su lado. Lamentablemente ya no está con nosotros.

– Nadie le ha pedido que venga… señora. Y no es que me alegre la muerte de ese tal Robert, pero como comprenderá me interesa poco, así que tendrá que disculpar que no le dé el pésame. Además, sigo sin entender que hace aquí- respondió Andrés, y su voz, calmada hasta la asepsia, me pareció por primera vez la de un desconocido.

– Por favor, si me dejas hablar…

– Hable entonces.

– Hace algunas semanas me llamó una amiga a Cuba, que es donde vivo. Ella dirige una agencia de adopciones aquí, y como alguna vez le había hablado de ti le llamó la atención encontrarse tu nombre en un formulario de solicitud. Me dijo que pensaba que se trataba de mi hijo, y aunque no estaba en posición de avisarme, quería decirme off the record que iba a ser abuela. Sólo por curiosidad, ya que pensé que no haría ninguna diferencia, le pregunté por el nombre de tu pareja. Y entonces…

– ¿Entonces? -preguntamos al unísono, dejando que nuestras miradas se cruzaran (Simplemente otro momento tonto que insisto en recordar).

– La respuesta me dejó helada: Eva Sebastián Thomas. Inconfundible. Una chica para la que no alcanzaron los apellidos.

– ¿Y qué tiene que ver Eva en esta historia? Nos conocemos desde niños. Pero eso usted ya lo sabe- repuso Andrés arrastrando las últimas palabras.

– Hijo, esto que te voy a contar tendría que habérmelo llevado a la tumba, pero no será posible. Se lo juré a Manolo y ni siquiera he tenido el valor de ponerlo sobre aviso. Aunque eso es lo que menos importa ahora.

– ¿Qué tiene que ver mi padre? Y por favor, lo de hijo… ni se atreva.

– Lo siento, sé que no me estoy explicando bien pero no me resulta fácil organizar mis ideas- le replicó ella ignorando la última frase-. Acabo de bajarme del avión después de muchas horas de vuelo. Aún estoy un poco acelerada.

– Ya. ¿Y mi padre? ¿Y Eva? ¿Qué pintan ellos en el regreso de la madre pródiga?

– Si dejaras de interrumpirme… Esto no es fácil.

– Haberme escrito entonces. Así lo que sea que tenga que decir habría resultado menos traumático para todos.

– Estas cosas no se escriben.

– ¿Qué cosas? ¿De qué coño estás hablando? ¿Quieres explicarte de una puñetera vez?

Entonces, como si al tutearla por primera vez se hubiera abierto una compuerta, ella entornó los ojos preparándose para escupir su maldición terrible. Y esos segundos aún sin mácula antes de que la pronunciara ni siquiera se ralentizaron, simplemente pasaron por encima del gran manto atemporal de la vida flotando entre latidos de muerte, como si no hubiesen sido los últimos; insuficientes para aplacar la sed de mi avaricia, para calmar el ardor desquiciado con el que volvería a repasar cada uno de esos instantes. Ni siquiera con artificios de la imaginación conseguiría después alargarlos. Más bien al contrario, cada vez que lo intentaba se aceleraban y se hacían más pequeños, atrapados para siempre en la danza de lo inevitable.

– Eva es tu hermana.

– ¿Cómo?

– Que Manolo no es tu padre. El padre de Eva lo es.

infierno 4Intentó seguirse explicando, pero las palabras se deshacían antes de conseguir entrar en mí, como si fueran apenas el reverso de un eco lejano. Que si para cuando se fue éramos dos críos de 3 y 4 años que se detestaban, y que jamás se le pasó por la cabeza que terminaríamos enamorados. Que si con Manolo siempre habían hablado de vivir en la playa, y estaba convencida de que eso haría él tras su partida. Dijo muchas otras cosas, pero ahora no las recuerdo. Me costaba cada vez más trabajo seguirla. Y entonces la pregunta de Andrés, inesperada, logró sacudirme la sensación de sordina con su espantosa lucidez.

– ¿Lo sabía mi padre? ¿Manolo?

– Andrés…

– ¡Lo sabía o no!

– Sí. Desde hace mucho tiempo.

– No te creo- declaró él tras un prolongado silencio.

– Cuando descubrió que su mejor amigo era en realidad tu padre me exigió que desapareciera de vuestras vidas para siempre. Quise quedarme cerca, pero fue imposible. Él se encargó de cerrarme todas las puertas. Y de que yo no volviera a recibir noticias tuyas.

– No, no es posible. Nunca hubiera permitido que estuviéramos juntos. No se hubiera quedado callado.

– Pregúntale tú mismo. Te sorprenderá comprobar hasta qué punto le importa lo que los demás piensen de él. Y su negocio, claro. Por sobre todas las cosas.

El tono de voz de Elena se hizo más ligero en la última frase, como si se hubiera atrevido a soltar parte de la culpa que lastraba sus anteriores palabras. Por sutil que fuera el cambio a Andrés no se le escapó, y torció la boca en un gesto de desagrado. Pese a todo calló, y yo aproveché la pausa para arrojar sobre la pila inquisitoria la pregunta que, a mi vez, me sofocaba el alma. Tomé un gran bocado de aire antes de hacerla, pero más que animarme me supo a canícula y a horribles secretos.

– ¿Y mi padre? ¿Él también lo sabía?

Su respuesta inmediata –”No, no, por supuesto que no. No lo dudes ni por un instante criatura”- debería haberme dado un poco de paz, pero no fue así. Nada podía. Veinte años juntos, veinte años de amor, se deshacían frente a mí en las calderas del infierno, transmutados en dolor y miseria por el indestructible fuego de la verdad.

En la cama II: Felicidad acostumbrada

pareja 2Nos despertamos un poco antes del amanecer porque Andrés había tenido un mal sueño. Su madre volvía a abandonarlo sin darle explicación alguna, pero ésta vez él no era un niño ni su madre tenía el rostro que él aún recordaba, aunque a duras penas. Sí tenía su pelo, lacio y rubio, pero sus facciones eran las mías. Mi mirada, mi boca, mi mentón partido; atrapados en su cuerpo traicionero. Cómplices, partícipes de la gran huída.

Intenté tranquilizarlo acariciando las plantas de sus pies –no os engañéis, no existen los gustos ‘anormales’: dado que todos los tenemos, son lo más normal del mundo-, pero su relato me había dejado una sensación extraña, algo parecido a un zumbido levemente molesto y persistente. Probablemente por la manera en que me narró el sueño, con una angustia impropia de él. Como si fuera otro y viniera de lejos, como si de alguna manera estuviera fuera de sí. Pero no en el sentido literario, sino que en uno más concreto.

La noche anterior nos habíamos quedado despiertos hasta tarde, celebrando que por fin nos habían entregado las llaves del piso nuevo. Conseguir que mi padre aceptara mi salida del hogar que me vio nacer (en serio, mi madre me parió en su habitación) sin un anillo de por medio no había sido tarea fácil. Pero tampoco imposible. Andrés y él siempre habían tenido una conexión especial, un mutuo ‘buenrrollismo’, y finalmente se dejó convencer a regañadientes, con la condición de que yo prometiera esperar al día de mi titulación. Sus preocupaciones no fueron necesarias, debido al retraso de la constructora.

Cuando nos fuimos a la cama nos corría más vino que sangre por las venas, así que nuestra pequeña fiesta particular no terminó según lo esperado. Y confieso que lo había estado esperando bastante, de hecho llevaba unos días fantaseando con todas las guarrerías que haríamos una vez terminada la cena, después de todo se trataba una noche especial. Y no es que no folláramos, incluso me atrevería a decir que superábamos en frecuencia a la mayoría de los amigos de nuestra quinta, pese a que no nos había faltado tiempo para aburrirnos el uno del otro. Pero en un ejercicio de dolorosa honestidad reconozco que comenzábamos a recalar en esa zona en la que cualquier cambio de escenario o circunstancias es bienvenido, porque si bien aún no se ha caído en la rutina ya comienza a intuirse su silueta, y lo que hasta entonces no tenía palabras se puede traducir en una frase: Todavía no estoy ahí, pero la inmunidad no es eterna. No cuando ya es más lo conocido que lo por conocer.

Así que innovar se había convertido en una especie de labor por esos días…

De todas maneras, en ese momento no me importó que mis planes se fueran al garete. Después de unos manoseos torpes y una sinfonía casi interminable de risas sin control caímos abrazados sobre la cama como un fardo con dos cabezas, al borde de la inconsciencia. Antes de que todo se apagara alcancé a pensar que la felicidad era simplemente eso, morir cayendo aferrada a su abrazo.

En la cama I: Inocencia

“Grace is at the core of tragedy, for if there’s no height at which to drop, no pride taken in a life lived, you have nothing to lose. But once in the freefall of disgrace, the only way to change the momentum is to use it to your advantage”.

(Revenge, ABC)

castillo

Muy lejos del lujo que sugería su nombre, el Grand Castle Hotel era un viejo edificio ruinoso donde las parejas sin recursos iban a echar un polvo. Todo en él resultaba inquietante, desde sus pasillos oscuros hasta sus maderas crujientes, y más de un huésped se había ido con la sensación de que el esqueleto que soportaba el establecimiento respiraba bajo las descascaradas paredes que lo recubrían, atento a todo lo que ocurría. Como si su quietud fuese solo aparente, como si esperase algo.

Claro, también estaban las cucarachas, el moho en las paredes de los baños –compartidos cada dos habitaciones- y el frío que se colaba entre medio de las grietas en invierno. Además de otros inconvenientes que ya me habían sido advertidos por una amiga que había estado un par de veces con su novio. Pero a mí no me importaba nada. Sus puertas se me antojaban la entrada al paraíso.

Por aquel entonces mi piel aún no conocía el tacto de unas buenas sábanas, ni mi corazón había aprendido a buscar el vacío detrás de una mirada. Al contrario. Los ojos de Andrés estaban llenos de un deseo que crecía y burbujeaba como la levadura, y mi cuerpo había empezado a reconocer el efecto que producía en el suyo. Así que cuando sugirió que celebráramos su cumpleaños en el Grand Castle le dije que sí. Pese a la inquietud que me producía la idea..

Ese día él cumplía 16 años. Yo tenía uno menos. Ambos íbamos a hacer el amor por primera vez…

Y digo hacer el amor, aunque hoy la frase me resulte desagradable, porque a Andrés yo le amaba. Y él a mí, con fuerza. Tanta que me hacía ansiar la adultez, para ponerlo todo a prueba y escupirle mi triunfo a la vida, robándole antes de tiempo sus cuidados secretos. Para ser, de una vez por todas, todo lo que hubiéramos podido llegar a ser.

Pero esa es otra historia…

Nos abrió un tío que parecía sacado de una película de Tim Burton. El pelo enmarañado, los ojos saltones y una chaqueta verde limón cargada de remiendos. Apenas se permitió una leve sonrisa al vernos en la entrada (probablemente estaba más interesado en la caja que haría esa noche que en la edad de sus clientes), y tras recordarnos la hora de salida nos entregó una llave enorme y oxidada, limitándose a hacer un gesto hacia la puerta que se encontraba al final del pasillo.

Llegar hasta ella fue como caer en cámara lenta por un tobogán de paredes amables, pero cuyo trayecto no admitía retroceso. Sobre nuestras cabezas se deshacía suavemente la infancia, acudiendo al llamado de la brisa que corría hacia rumbos desconocidos fuera de los muros del hotel. A nuestros pies se abría el futuro, enorme y palpitante. Una vez dentro de la habitación tuve que coger la mano de Andrés, mareada de sensaciones.

Juegos previos no tuvimos, pero no me quejo. De cualquier manera yo estaba demasiado nerviosa como para rehuir la torpeza, pero a la vez ese mismo nerviosismo me mantenía despierta y receptiva, cargándolo todo de un erotismo recién nacido que parecía brotar hasta de los muebles. Incluso antes de que Andrés me quitara con movimientos mansos la camiseta, ya podía sentir sus dedos en mi piel, escribiendo con sus yemas nuestra historia en mis rincones más analfabetos. “Eva”, susurró paseando su mirada de larva furiosa sobre mis pequeños pezones erectos. “Eva”. Nunca mi nombre me había parecido tan virginal y tan de la tierra al mismo tiempo.

Sentirlo dentro por primera vez no fue para nada doloroso, o al menos así no lo recuerdo. Sí recuerdo el calor húmedo que acarició mi entrepierna, y –pasados los primeros minutos- la sensación de querer que se introdujera completo por esa boca poderosa que hasta entonces no conocía la magnitud de su hambre. Cuando vio correr mis lágrimas se detuvo al instante, preocupado por estarme haciendo daño. “Son de felicidad”, recuerdo que musité, abrazándolo para invitarlo a sobrevolar conmigo ese éxtasis que entre ambos habíamos conquistado.

Recuerdo también haber pensado que lo que yo hasta ese momento creía que eran besos no eran besos, en realidad eran caricias dadas con los labios al otro lado de la piel. No fue hasta esa noche que sus besos entraron en mí realmente, que él entró en mí como una realidad concreta. Esa noche fuimos dos.

No nos alcanzó para el desayuno, pero Andrés sacó de la mochila un par de bocadillos enormes que devoramos en el parque cercano a mi casa, saciando nuestra sed en la Fuente de los Querubines, bajo cuya sombra tantas veces habíamos jugado de niños. Cuando terminamos de comer –queso y tomate seco en pan de nueces, delicias a las que estábamos habituados desde que nuestros padres, también amigos de la infancia, se habían asociado con una tienda gourmet– nos tendimos sobre la hierba a disfrutar del sol de la mañana. En un momento dado Andrés se giró en mi dirección y acercó su mano hacia mi rostro. Ungida por una sensación de trascendencia, entorné los ojos dejando que su presencia se convirtiera en tacto y oscuridad, pero sin permitir que esa oscuridad me lo robara del todo. Y entonces retiró con delicadeza una miga de pan que se había quedado atrapada entre la comisura de mis labios, y se la llevó a la boca.

Últimamente esa imagen se asoma en mí con insistencia.

Café solitario a medianoche

Anoche pensé en ti.
“Pensé en ti”… Vaya, y yo que me creo con el don de la palabra.
Empecemos de nuevo…

silueta-hombreAnoche plantaste una estaca en medio de mi cerebro. Lo sé, porque tus letras estaban grabadas en ella.
Anoche me atravesaste, desde la raíz hasta el vientre.
Y por si fuera poco te apropiaste de mis manos, de su voluntad creadora.
Invitado imprevisto, me hice sumisamente hacia un lado en cuanto te vi aparecer, para darte paso.
No me preguntaste mi parecer, simplemente te sentaste frente a mí, a los pies de la cama, y ladeaste la cabeza con esa expresión tan tuya, de estar observando algún asunto muy, pero que muy serio.
Y sólo de verte, algo en mí ya se rindió.
Yo creo que te diste cuenta, porque entonces susurraste “por favor no te detengas, estoy aquí, siénteme”.
Y yo seguí, pero esta vez para ti.
Para tu mirada que parece callar tanto.
Para tus dedos quietos.
Volví a recorrerme, pero esta vez fue distinto, porque portaba tu presencia entre mis yemas.

El aire se cargó de tus aromas.
De tu espesura.
A lo lejos comenzó a oírse el sonido de un caballo al galope…

Y entonces te colaste por entre las comisuras de mis labios, justo cuando empezaba a dibujarse mi primera sonrisa. Y cogido a mis caderas, cabalgaste conmigo a través de todos mis orgasmos, y me abrazaste con la fuerza de las nubes cuando el último ya se retiraba.

Sin tan sólo hubieses aceptado el café que te ofrecí después…
Pero no hay caso. Nunca te quedas a pasar la noche.