La vida secreta de los jefes

No sé si os habéis dado cuenta, pero el tiempo que ha pasado entre mi último post y éste es el más prolongado que he dejado correr hasta ahora entre dos entradas. Una forma fácil, y algo cliché de zafar, sería decir que he estado muy ocupada ‘viviendo’. Sí, lo sé, no tengo por qué darle explicaciones a nadie, pero aún así os ofrezco mi resumen, simplista e insuficiente, de la situación. Y no por ello falso.

Si no escribo no es porque no me pasen cosas en el aquí y ahora, sino porque no tengo la necesidad de compartirlas, porque necesito procesarlas, o simplemente porque no me pertenecen. Porque hay terceros involucrados que son dueños de sus propias historias y tienen derecho a que éstas sean respetadas. O porque al igual que un buen relato de ficción, la realidad parece narrarse mejor desde la distancia, desde el desapego. Elegid la razón que más os guste. Yo ya tengo la mía.

Así que, resistiendo cualquier tentación de intentar desenmarañar la madeja de sentimientos y confusiones en la que actualmente habito, os voy a dejar una historia que ocurrió hace algunos años, que también habla de aquellas pequeñas y no tan pequeñas cosas que solemos mantener ocultas, para que cada uno reflexione lo que más le apetezca reflexionar al respecto.

imagen cerraduraErase una vez yo, cuando tenía un trabajo de esos de 9 a 7, el culo pegado a una silla y contrato indefinido. Era un día de poco curro y yo estaba entregada en cuerpo y alma a la misión de encontrar entre las carpetas de la redacción un documento que necesitaba para terminar un reportaje. Estaba segura de haberlo visto hace algún tiempo, pero no recordaba su nombre, así que empecé a probar en el buscador con palabras sueltas relacionadas. Llevaba un buen rato buscando cuando me encontré con un bloc de notas de nombre curioso: “en la oscuridad”.

Obviamente no tenía nada que ver con el documento de mis desvelos, pero del título al clic hubo menos que un trecho, y aprovechando que mi jefe más inmediato (el que tenía su escritorio a escasos centímetros del mío) estaba tomando café me puse a leer el largo texto que tenía frente a mis narices. Que era el “copia-pega” de una conversación por chat, a todo esto. Y una bien calentita.

Los participantes de la conversación eran Amo_Falo y Potrilla_Salvaje. Amo_Falo, pese a lo potente de su nombre, era un amo “amateur”, y Potrilla_Salvaje una sumisa experimentada. La primera conversación (en realidad eran cinco en total, pegadas una tras otra con algunos saltos de línea entre medio) era un ir y venir de preguntas y respuestas, ya que A_F (lo siento, si sigo escribiendo Amo_Falo me descojono y no termino nunca) se sentía bastante inseguro respecto a cómo proceder en la que sería su primera experiencia como dominante. Así, como quien pide consejos para dar una charla frente a un nutrido público, o bien para preparar un bizcocho que quede esponjoso, el buen hombre expresaba su preocupación por la situación que se le venía encima, ya que su “sumi” (sic.) también era nueva en esas lides y él no la quería defraudar. Por lo mismo, le preguntaba a su amiga P_S (de forma frecuente y mutua se recordaban la amistad que los unía desde hace años) hasta dónde era recomendable llegar, qué cosas le gustaban a ella y cómo hacer para que su nueva conquista no se enterara de su falta de experiencia en esas lides. Finalmente, le confesaba su temor de no ser lo suficientemente atractivo para la que sería su primera sumisa, con quién nunca se habían visto cara a cara.

Los siguientes mensajes ya eran bastante más subiditos de tono. En ellos A_F no sólo ofrecía un relato pormenorizado de sus encuentros con la “sumi”, también se permitía algunos coqueteos y preguntas indiscretas con su interlocutora, claramente ya más relajado y seguro de sí mismo. Por decirlo de alguna manera, era posible percibir que ya se estaba rompiendo esa “cáscara de aprendiz” para dejar salir la pulpa, la voluntad del amo… Ya dominando la conversación, en uno de los diálogos, por ejemplo, se dedicaba a contar los detalles de una sesión de spanking, describiendo los tres tipos de látigos que había utilizado (si bien confesaba que no se había atrevido a darle “demasiado duro”, al no saber cómo calcular aún la fuerza de sus golpes) y narrando pormenorizadamente lo placentera que le había resultado la experiencia, no tanto de infligir dolor sino de tener la voluntad de un tercero entre sus manos. En otro de los diálogos dejaba hablar más a P_S, interesado por ahondar en las fantasías de sumisa de su amiga y las cosas que le gustaba que le hiciera su amo. Ella, algo reacia al parecer a escandalizar a A_F, ofrecía un par de sugerencias tímidas (uso de velas, un par de varas para que los látigos “no aburran”), a lo que él respondía que quería algo más “creativo”.

Y hasta ahí los diálogos.

Como era de esperar, en cero coma estaba conectada al Messenger (sí, existió algún día!), contándole a mi entonces compi de curro, de desvelos y aventuras, el hallazgo que me traía entre manos: “Tía, te mueres lo que encontré en una de las carpetas de la redacción, lee esto y después me comentas”.

La cosa es que mi compi, investigadora aún más intrépida y ocurrente que yo, en cuanto terminó de leer se fue a San Google y copió la dirección de email de Amo_Falo (sí, he vuelto a escribir el nombre completo, pero es que ahora se aproxima el desenlace)… y cuál no sería nuestra sorpresa al enterarnos – y así de fácil además!- que nuestro amo favorito utilizaba el mismo correo para ciertos asuntos laborales (como dejar opiniones en foros profesionales y otros descuidos) y que se trataba, ni más ni menos, de uno de los peces gordos de la empresa, y el menos turbio, en apariencia, de todos ellos: Un gordito bonachón y poco agraciado, con sus ya respetables canas, que todos apreciaban por su buen humor, sus risotadas permanentes y las golosinas que traía de regalo cada vez que salía de viaje. Un marido respetable y amante padre de familia con hijos universitarios. Una eminencia en su ámbito. Un futuro abuelito de esos que llevan a sus nietos al parque. Un redactor jefe con contactos en las altas esferas…

No es que quiera dejar una moraleja, pero al poco tiempo Amo_Falo murió. De forma inesperada y sin agonías. No tenía ninguna enfermedad chunga, nada que pudiera permitir presagiarlo. Simplemente trabajaba mucho y un día cayó fulminado en la calle. Así sin más. Y se llevó con él todas sus historias, las vividas y las sin vivir.

Sobra decir que el mundo está lleno de Amos Falos. Y de Potrillas Salvajes. No sólo al lado, también dentro de nosotros. Y más allá de que su existencia sirva como anécdota, como aliño para sazonar una jornada laboral entre tantas otras, os invito a sacar el vuestro de habitaciones oscuras y chats, a permitirle que tome un poquito el aire, que se sienta bien consigo mismo. Después no dejaremos nada, ni siquiera eso. Éste es el único momento en el que puede permitirse existir.

La danza del adiós

la danza del adiósCinco años y veintitrés días después se mirarán por última vez, casi de la misma manera en la que se miraron en aquel bar cuando todo comenzó: Como si supieran lo que está por ocurrir y no terminaran de creérselo.

Volverán a saltar al unísono hacia lo desconocido, aunque a diferencia de la primera vez no los unirá un abrazo. En cambio, se impulsarán el uno al otro en direcciones opuestas, con estudiados movimientos de bailarines, en una danza en la que nadie tenderá la mano a nadie porque tanto él como ella codiciarán para el otro la prisión que abandonan. Y así, volverán a cambiar el territorio, y pensarán nuevamente que “está todo bien”, sin recordar que eso antes ya lo hicieron, mientras marcan el número del colega de turno para comunicarle las novedades.

Ella llorará, pero sólo lo inevitable, porque muy temprano aprendió que él no la encontraba deseable con el rostro cubierto de lágrimas, y aunque estará preparada para dejar de sentirse deseada, no lo estará aún para tener la certeza de que es él quien ya no la desea.

El bostezará y mirará el reloj un par de veces, intentando revestir con una capa de tedio toda la pulpa del ‘nosotros’ que aún tendrá en carne viva.

Por supuesto, ninguno de los dos dirá nada trascendente, o tan siquiera que no haya sido dicho ya; toda su relación habrá sido un entrenamiento para llegar a ese instante. Y ninguno se permitirá recordar los buenos momentos, porque sabrán reconocer la inutilidad de semejantes evocaciones. Ambos pondrán devotamente sus dolores y esperanzas fallidas en el altar el olvido, y levantarán la resistencia como bandera. Él no le contará que le sobran sábanas, soledades y aire por la noche, y ella preferirá callar a reconocer que, pese a todo, estaría dispuesta a volver a intentarlo. Y así, escudados en el otro para justificar sus respectivos silencios, se despedirán como si nunca se hubieran amado, un gesto apenas, de esos que se deshacen con la primera llovizna.

Por qué amamos, por qué engañamos


Conferencia de la antropóloga Helen Fisher que habla del amor y analiza su evolución, sus fundamentos bioquímicos y su importancia social. Os la recomiendo muy mucho 🙂 Vale que la mujer no derrocha encanto escénico, pero plantea unas reflexiones de lo más sustanciosas…

(Por si no se ve bien el video -parece que da problemas en algunos navegadores- os dejo el link al original, sólo hay que hacer clic aquí. Tenéis que seleccionar los subtítulos eso sí…)

Yo, mujer

yo, mujerHace más tiempo del que me gustaría reconocer, en una ciudad muy muy lejana, me dirigí cierta tarde hacia el salón en el que se encontraban mis padres conversando civilizadamente (tenían el curioso hábito de ser extremadamente civilizados en aquella época) y, hecha un manojo de desconcierto e indignación, los dejé flipados al gritarles la siguiente frase: “Me siento estafada. Ustedes me estafaron. Me dijeron que hombres y mujeres éramos iguales y eso no es así. Y yo no sé qué hacer con esa realidad para la que no fui preparada”.

Hace muchísimo menos tiempo, léase unas cuantas semanas, volví a dejar a mi madre patidifusa al soltarle en medio de la calle algo así como que no me considero una persona con “conciencia de género”, y que nunca he sentido que la lucha de las mujeres sea mi lucha. Lo cual estuvo muy mal explicado, de paso. Lo que quería decir, lo que sigo diciendo, es que me siento primero integrante de la raza humana, y después del género femenino. Que me interesan más los aspectos que nos unen que los que nos separan, que mi vista está puesta más en lo que tenemos en común que en lo que nos diferencia. Que mis grandes preguntas no suelen tener un corte cromosomático. Que antes veo al otro como a un igual que como a un rival.

Sin embargo, sea ante todo, después, por encima o por debajo, soy mujer y me siento orgullosa de serlo. Y entre ambas situaciones que os cuento he recorrido un largo camino en el que esa realidad ha estado muy presente. De formas hermosas y dolorosas.

Cuando fui a reclamar a mis padres que me educaran bajo una premisa falsa (que mi género jamás me iba a frenar, ni iba a merecer o recibir menos por él, que las oportunidades eran las mismas para todos y que lo que valía era el esfuerzo, no lo que había bajo la falda de nadie) había entrado de un patadón en la vida “adulta” y tenía un hijo que, si bien fue concebido entre dos, era básicamente criado entre una… más algunos aportes solidarios de la tropa familia-amigos que finalmente fueron los que hicieron el cuento posible, pero bueno, si hay que dar las gracias no es exactamente una labor compartida, es una labor para la cual se recibe ayuda… y la diferencia, por sutil que pueda parecer, es enorme.

La cosa es que en ese  tiempo la sensación de caminar sobre el aire, sin certezas de las que agarrarme, era permanente. La vida se abría, y yo no me sentía preparada para ello. Un festín de impotencia con cubiertos y mantel.

¿Llegaremos a sentirnos preparados para lo que tenemos delante alguna vez, de cualquier manera? Quizás cuando, de una vez por todas, nos decidamos a abrazar la confusión, la falta de absolutos, como el único absoluto posible.

Yo no os puedo hablar de lo que es ser mujer, sino de lo que ha significado para mí, de algunos de los colores y formas que han ido quedando de ese trayecto que he recorrido desde el día aquel en el que sentí la necesidad de renegar de mi condición frente a mis padres (la hubiera devuelto, de haber existido oficina de reclamaciones) y mi momento actual. Lo que sí, aunque os hable desde mí, no puedo sino reconocer -finalmente!- que la “lucha de las mujeres” sí es mi lucha, aunque sólo sea porque muchas veces me ha tocado batallar desde ese lado del frente, por más que quisiera hacerme la loca y decir “yo no tengo vela en este entierro”. Porque me ha tocado pagar mi condición de tal. Porque la he maldecido tanto como la he amado pero aún así, al fin y al cabo, ni hoy ni nunca renunciaría a ella. Y si elegir pudiera, lo elegiría para la próxima existencia (de haberla, claro). Sí, ser mujer. Pese a todo lo que no brilla. Pese a lo imposible de meter en unas cuantas frases ese todo que a veces tanto ahoga…

Ser mujer es parir, donde la vida te pille, sea o no sea el momento apropiado. Con dolor, como dicen las escrituras, pero también con miedo, con retorcijones intestinales, con vergüenza, vulnerable y solitaria.

Es ser testigo, con 19 años, del deterioro del envase, de la fragilidad de la piel, de lo perenne que pueden ser algunas marcas.

Es contar cuentos sin tener ganas, e ir al parque y fingir que se persiguen mariposas cuando se piensa en pollas… Y también es pensar en mariposas y desear perseguirlas, pero con menos capacidad de elegir cuándo se hace una cosa y cuando la otra.

Es abrir las piernas más veces de las que se cierran, abrirlas forzada, sin deseo; abrirlas para el otro, para el adulto, para el médico, para el poderoso, para el que tiene una promesa que ofrecer.

Y es aprender, también, a hacerlo para mí.

Ser mujer fue en algún momento crecer mirándome las tetas en el espejo y deseando creer en un dios al que pedirle que se desarrollaran más de prisa. Fue medirme en centímetros y no en sentimientos.

Ser mujer es sentirse trascendente y después pintarse los labios de rojo. Y es saber convertir el cuerpo en masilla, tan apto para la exhibición como para el ocultamiento.

Ser mujer es darse cuenta un día de que sí, que ganas menos que tus compañeros hombres, que tú eres la estadística viviente y respirante, o lo que es otra forma de verlo, que esa estadística te ha alcanzado con sus garras y se ha quedado adherida a tus concretas carnes.

Ser mujer es cargar con los ciclos de la luna en el vientre y debatirse entre la grandeza creacional y el muy concreto coñazo que eso significa. Es aprender el arte de la renuncia oportuna cuando el deseo no calza con el momento (joda lo que joda!) y el la despreocupación cuando la oportunidad no merece ser renunciada. Y también es, de alguna manera, vivir en un  mundo de relaciones menos livianas, en el que se tiene que decidir de antemano qué peso se le da a una mera posibilidad, porque una vez que se abandona la casa sin depilar ya se ha asesinado esa posibilidad antes de que se desarrolle.

O dicho de otra manera: Ser mujer es tener que esperar muchas veces más de lo que hay. Y es tener las piernas suaves después de una noche que no salió según lo esperado, para revivir en el tacto de esas carnes lisas lo inútiles que pueden ser a veces las esperanzas.

Vale, no será la forma más profunda de terminar este post, pero seguro que más de una se siente identificada!

(Y por cierto, quiero aprovechar esta oportunidad para saludar y dedicarle este post a mi amiga Polilla, una mujer bellísima, aperrada y con un corazón de oro, ya que hoy es su cumple y la tengo muy lejitos como para darle el abrazo de oso que me gustaría…)

Yo lavo los platos, tú arreglas el coche, nosotros follamos

igualdad de géneroCuanto más igualitario es el reparto de las tareas domésticas, menos sexo. Esa es la conclusión, aunque se adorne y se suavice de mil maneras distintas (menos, pero no peor; menos pero el vínculo es más estable), a la que llegó un estudio publicado el año pasado y que ahora vuelve a instalarse con empeño y desconcierto renovados en webs y sobremesas gracias a un extenso artículo al respecto que salió el mes pasado en el New York Times.

Sí, habéis leído bien: Lo que el estudio afirma es que cuantas más tareas domésticas consideradas “tradicionalmente femeninas” (cocinar, aspirar, hacer la colada, cambiar pañales) realizan los hombres, menos frecuentes son las relaciones sexuales en la pareja. ¿Y el otro lado de la moneda? Nos ofrece resultados similares: En aquellas parejas en las que los hombres hacen labores supuestamente masculinas (sacar la basura, arreglar el coche, armar muebles o reparar las cañerías) el sexo tiene una frecuencia media de 17 veces al mes, 5 veces más que en aquellas relaciones en las que esto no ocurre.

Parece casi anecdótico, y las primeras reacciones tienden al humor. Bueno, las mías al menos. Como proclamar a los cuatro vientos que no me importaría lavar más platos si a cambio me tienen más contentita en otras lides (¡vamos, que si es por eso hasta soy capaz de ensuciarlos a propósito!), o hacer repasos de mis conocidos más “cromañones” en busca de ese ansiado prototipo de macho que “quiere siempre” [que yo quiero]. Por supuesto, si no sabe usar un taladro y pringarse bien los dedos con grasa de motor, queda descartado del Top 10 mental.

Pero el asunto no es nada gracioso, ni liviano. Porque lo que nos viene a decir este estudio es que, de alguna manera, a medida que crece la comunicación entre el hombre y la mujer, a medida que se abrazan los puntos de unión y se logra trascender las diferencias, más disminuye la libido. Que esas parejas “progres” que comparten las labores, que crían a sus hijos al “fifty-fifty” y se disputan el reinado de la cocina quedan muy bonitas en la foto, pero lo que es follar, follan menos. Y ojo, que no es lo mismo que poco, pero ya tiene tela. Porque ese menos es en relación a aquellas parejas que mantienen un reparto de roles más tradicional, donde la sola idea de que el macho de la casa lave los platos haría saltar, junto con los suspiros de rigor, una que otra lágrima de risa a la fémina que se afana tras los fogones.

Bueno, pasado el momento del pasmo vamos con los matices, que los hay… El estudio, importante es decirlo, se realizó en Estados Unidos. Así que convengamos en señalar que sólo es representativo… de lo que representa. Una sociedad occidental, entre tantas otras, con sus  características y particularidades a la hora de entender las relaciones de pareja.

Por otra parte, si bien se constata que dichas relaciones no son tan satisfactorias desde el punto de vista sexual, sí lo son desde el personal y emocional. Bueno, para mí es un poquillo como decir que 2+2 son 5, pero sigamos avanzando.

El estudio ha sido elaborado con datos recolectados hace ya un turro de años (en la década de los 90), y si bien eso podría parecer que invalida sus conclusiones, la autora del reportaje en el New York Times, que es psicoterapeuta de pareja, asegura que se trata de una realidad que se ve día a día en su consulta (Lori Gottlieb se llama, por cierto). Además, una de las autoras del estudio, Julie Brines, ofrece una teoría al respecto: La falta de “diferenciación sexual” que se produciría al no tener tareas definidas es la que generaría esa menor atracción sexual. Algo así como que la neutralidad de género nos está convirtiendo en seres sexualmente neutros. Es más, Brines va más allá y concluye que las parejas homosexuales tienden a escoger a compañeros distintos precisamente para mantener viva su conexión sexual, lo que no pasaría en las parejas de lesbianas, que buscan afinidades en la forma de entender la vida y en los gustos, y cuya vida sexual es menos frecuente e intensa (eso sí, aclarando que registran menos divorcios).

Entre las múltiples teorías surgidas al calor de este polémico estudio, la propia Brines adelanta un par: que nuestra sexualidad es emocional e inconsciente, y que nuestro deseo funciona por asociaciones aprendidas, siendo una de ellas la atracción por lo que es opuesta a nosotros. O sea, que la igualdad es muy bonita y necesaria para organizar la vida social, pero sus valores, simplemente, no se pueden trasplantar siempre a la cama. O más bien a nuestros deseos. Por ese colador no pasa lo políticamente correcto…

Pese a esta evidencia, algunas voces indignadas se alzan en Internet, reclamando que este tipo de estudios, que en el fondo vienen a decir que a las mujeres en su fuero más íntimo les gusta ser dominadas, ponen en riesgo esa precaria igualdad que empieza a asomarse hoy en día, y que tanta sangre, sudor y lágrimas (de féminas, en su mayoría) costó conseguir. Por otra parte, hay quien opina que “a mayor igualdad y presencia de las mujeres en los centros de decisión y de poder, más frecuentes son los intentos de teorizar sobre las desventajas de ese poder y esa igualdad”, sin contar con que la menor frecuencia de deseo sexual de las “parejas modernas” podría atribuirse más al cansancio que la vida diaria provoca en una pareja de nuestros días en la que ambos trabajan” que a un tema de falta de diferenciación por géneros.

Yo, de momento, no tengo opinión, ni de espanto ni de asentimiento científico, aunque sí me interesaría muchísimo conseguir más información sobre la calidad de las relaciones en aquellas parejas que comparten las labores de forma indiferenciada. Pero bueno, que mientras averiguo más por esos lares me propongo realizar mis propias y humildes “labores de investigación de campo” porque el rollo éste de los géneros me parece fascinante y siempre he peleado mucho por expandir los confines que el mío me marcaba. Pero claro, ya sabéis lo que me gusta a mí la tontería!!!

O sea, que como os decía al principio en coña, por probar que no se quede. Ahora, es altamente probable que al quinto día de lavar platos en soledad me termine aburriendo del experimento (para eso ya tengo al mio filio adolescente, que tiene muy muy claro esto de los roles) y decida cambiar el enfoque. Puede que entonces publique un nuevo post haciendo un llamado a las féminas del mundo para que nos unamos en una nueva cruzada pro-igualdad: Disponibilidad total cada vez que nuestro chico-progre coja una escoba o una bayeta. Y en cuanto a las labores de bricolaje y otros menesteres masculinos, eso se arregla fácil: Unas clases con Miley Cirus sobre manejo del martillo y a correr. O a correrse, que es la idea!

Fuentes utilizadas para elaborar este post:

Does a More Equal Marriage Mean Less Sex? (reportaje en el New York Times)

Iguales y ¿asexuados?: conflictos de la pareja moderna

Menos sexo en la pareja si los hombres hacen quehacer

Egalitarianism, Housework and Sexual Frequency in Marriage (link al PDF completo -en inglés- del estudio)