El próximo tren

Se suelta la mano. Se cierra la puerta. Se va el tren…

No grita, no se mueve, debatiéndose entre la confusión y el llanto, los ojos fijos en la negra boca del túnel que se tragó a su madre. Intuye que quedándose quieto todo será como antes. No intuye que el hombre de la sudadera gris ha dejado pasar nueve trenes. Ni que tiene una casa con juguetes y golosinas, y un álbum de Los Vengadores en su habitación. Sólo importa que regrese su madre. “Tranquilo chaval, espérala conmigo”, le susurra con voz de ángel, empujándolo suavemente hacia una promesa.

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Cuerpos delatores, señales inconscientes y lenguaje no verbal de la seducción

El rollo éste del lenguaje no verbal de la seducción (corporal en su mayor parte) me fascina, como me fascina la grafología o la astrología. Porque a ratos me hace sentir poseedora de un conocimiento añadido sobre mí misma y sobre los otros –que en estos casos siempre es ‘el otro’–, y eso no suele ser desdeñable. El conocimiento tiene eso, que nos hace sentir seguros, nos da calma. Como nos la da cualquier herramienta que nos permita creer que podemos enfrentarnos de alguna manera, aunque sea desde nuestro insignificante rincón y armados con un palillo para los dientes, al caos que es la existencia. Lo predecible parece pacificarnos el espíritu, aunque muchas veces no sea más que un elixir que al beberlo se convierte en veneno para la libertad del mismo.

Pero bueno, que me voy por las ramas y no es la idea. Hablaba del lenguaje corporal, y de la tranquilidad que nos aporta manejar ciertos conceptos. Tranquilidad y poder, claro. O como apunta Pere Estupinyà en “S=EX²”, “dominar el lenguaje no verbal de la seducción es saber lanzar mensajes gestuales que se adentren en el inconsciente de la persona con quien queremos ligar, pero sobre todo saber interpretar sus señales de aceptación, rechazo, interés o cansancio que irá expresando durante la cita sin apenas darse cuenta. Si veis que ladea la cabeza vais bien, podéis pedir otra copa. Pero si notáis que poco a poco se va echando un poquito hacia atrás, mejor reaccionar rápido y sugerir cambiar de bar”. “Son y no son tonterías”, concluye Pere, tan rico él.

imagen lenguaje corporal 2Quienes se toman este tema con un poco de seriedad advierten que hay que distinguir entre “lo anecdótico, propio de revistas para adolescentes” y los comportamientos realmente consistentes en los flirteos de las sociedades occidentales. Todos los animales tienen signos específicos de cortejo y los humanos no somos una excepción. ¿Qué hay, entonces, detrás de esta insultante falta de originalidad en nuestros comportamientos? El sospechoso habitual, ni más ni menos: nuestro instinto de reproducción puro y duro, que tantos quebraderos de corazón nos provoca.

En un trabajo publicado en 1985 sobre el cortejo (para cuya elaboración se siguió  a 200 mujeres durante más de 100 horas en bares y centros de entretenimiento) Monica Moore elaboró un catálogo de 52 conductas femeninas que denotan interés, como mirar directamente a los ojos, acicalarse el pelo inconscientemente, sonreír, ladear la cabeza, tocarse de manera refleja el cuello o los labios, pedir ayuda e inclinar el cuerpo hacia delante. Pero lo que es más importante, se encontró con un hallazgo inesperado (siempre citando el libro de Estupinyà): “Lo que realmente predecía la aproximación masculina y el éxito del encuentro no era la belleza de la mujer, sino el número de señales que emitía. Monica se muestra contundente en este punto: ‘Lo hemos observado repetidamente, los hombres se interesan por las mujeres que dan más señales, no por las que en principio resultan más atractivas’. Es decir, que para que un hombre se acerque a una desconocida, una sonrisa o una mirada directa es muchísimo más eficiente que un vestido escotado o facciones más bellas”.

Y siguiendo con Moore: En dos tercios de las ocasiones es claramente la mujer quien da pistas al hombre para que se acerque a conversar. En realidad es ella la que da la señal. Cuando un chico da un paso –el ‘primer paso’ de toda la vida, vamos– casi siempre es precedido por invitaciones no verbales de la chica. O sea, y en otras palabras, más que tomar la iniciativa los chicos reaccionan al percibir una invitación inconsciente.

Llegados a este punto me pregunto si alguien habrá hecho un estudio serio sobre los signos de cortejo en encuentros homosexuales. De momento, mis barridos por Internet no han arrojado resultados satisfactorios. Vale que en muchos casos la cosa es tan directa que no son necesarias estas “artimañas” para llegar a las sábanas (ay, esa maravillosa practicidad que tiene el sexo gay a veces), pero pretender que no existe un ritual previo es quedarse muy cortos.

Y otra reflexión os dejo: Me parece que manejar mínimas nociones sobre este tema no sólo nos permite entender mejor lo que el otro nos está comunicando de forma no verbal (y si acaso hay una incongruencia con lo que nos transmite verbalmente, y por qué podría ser eso), sino también entender, y hasta cierto punto controlar, lo que nosotros mismos estamos comunicando. No se trata de reprimir las expresiones del nuestro cuerpo, se trata, además de comprendernos mejor, de evitar que hable en exceso por nosotros cuando no queremos. Ay, la traición de un cuerpo delator, quién no se ha visto en esas alguna vez…

Para evitar alargarme os dejo un ‘punteo’ de otras cosillas interesantes en torno a la comunicación no verbal que aparecen en el libro:

– La mirada continúa siendo su principal elemento, tanto de manera involuntaria como controlada.

– Los expertos observan muchas sutilezas en las señales no verbales de seducción, como esconder la panza y mantener la espalda recta, recolocarse la ropa y –en el caso de los hombres– posicionar el cuerpo de manera que cierre el campo visual de la mujer. Otras señales de interés típicas de chicos son: inclinarse hacia la mujer, gesticular airadamente, mover mucho las manos y asentir exageradamente con la cabeza.

– En cuanto a las chicas, nos delatamos cuando humedecemos los labios de forma involuntaria o torcemos un poco el cuello para mirar fijamente al macho que nos arranca los suspiros internos.

Obviamente, también resulta recomendable manejar un mínimo de información sobre aquellas temidas señales de rechazo, para al menos ser un rechazado digno en caso de encontrarnos en esos menesteres.

imagenlenguaje corporal 1Entre los clásicos de toda la vida nos encontramos con el infaltable bostezo (espontáneo, que si ya es del otro mejor ni hablar) y las continuas comprobaciones al móvil (el libro en realidad habla simplemente de comprobaciones pero yo me he permitido el adjetivo extra ya que, en los tiempos que corren, espantarse porque el galán de turno le echó una sola miradita roñosa al WhatsApp no parece la actitud más productiva).

Nuevamente Moore viene a nuestro rescate, esta vez con una lista de 17 actitudes asociadas al rechazo (y siempre en un contexto de primeras citas). La lista hace referencia a comportamientos observados en mujeres, si bien los hombres comparten varios de ellos. Entre las principales tenemos inclinar el cuerpo hacia atrás, cruzar los brazos, tocarse las uñas o mover los dientes. ¿Pensabais que era por nerviosismo? No, advierte Pere: “se encuentra incómoda y quiere escapar”. “Veréis que pronto empieza a desviar la mirada, las piernas se mueven inquietas, y no tardará en dejar de sonreír tan fácilmente como antes. Y si en un momento determinado empieza a llevar la contraria en temas banales en lugar de asentir, podemos interpretarlo como otra de las señales más claras de rechazo”.

Como conclusión más que obvia, el libro nos deja la siguiente: Los hombres menos exitosos a la hora de ligar identifican significativamente menos señales de cortejo que la media…

¡Qué! ¿Os parece ahora que son tonterías de las que estamos hablando?

#nonecesitamosniunhueón

¿Se acerca otro puto San Valentín en el que sentís que os chupaís el dedo? Os dejo esta joyita proveniente de mis terruños originales, aunque apta para todo público 😉

Y por cierto, muchas gracias a mi bellísima amiga Polilla, que me dejó el link en la fanpage.

Perdón que me queje…

fondo ava con filtroHay momentos en los que siento que ruedo en una bola de nieve que ya es tiempo de detener. Que en mi búsqueda de experiencias interesantes y variadas, en mis permanentes intentos de amplitud a la hora de analizar -y justificar- a las personas y las situaciones se me ha ido olvidando lo simple en el camino. O más bien se me han perdido los caminos directos.

Y el problema con los otros caminos que quedan, los indirectos, es que en ellos transitan almas indirectas, que no es lo mismo que decir ricas, complejas, ni tan siquiera oscuras. No. Hablo de almas de alguna manera retorcidas, avariciosas de sí mismas, que no permiten llegar porque han borrado sus mapas y dibujado otros falsos. Evidentemente, el riesgo de perderse existe. El absurdo ofrece extrañas tentaciones a las mentes enmarañadas y ávidas.

En ocasiones quisiera resetearme, y aunque me parece que la opción de suturar la inocencia perdida como si fuera un himen no está en el menú, siempre me queda la de reconvertirme en una chica “muy chica”. De esas que pegan bofetadas de telenovela y siempre esperan ser invitadas, consentidas e incluso obedecidas en todo por el simple hecho de haber nacido con ovarios. Debe ser muy liberador no intentar reaccionar de forma evolucionada ante cada situación que la vida nos pone delante y contar con unas cuantas fórmulas estándar para ir saliendo del paso. “Si no me viene a recoger con coche y a la puerta no voy”.  “Si no me trae flores todos los domingos no se está ganando mi amor”. “Si no sé cómo conseguir lo que quiero lamo un martillo”. Lo del martillo, por cierto, sirve también para resolver discusiones peliagudas y para poner clavos. Aunque esto último seguro que ya lo sabíais…

Sé que desvarío un poco. O más bien exagero con fines autodidactas, la cosa es que nunca podré ser eso que digo ansiar, que sería la primera asqueada con el resultado. Pero veces es bueno recordar que no todo es aprendizaje. A veces el aprendizaje está en saber patalear a tiempo, en escupir directamente en el ojo del otro, y no hacerlo es simplemente una forma de transigir, pero en el mal sentido de la palabra: Poniendo lo que no se puede poner de uno mismo sobre la mesa de negociación.

No quiero más negociaciones. No quiero seguir dejándome pedacitos de Ava en el trayecto. Quiero besos, abrazos y sonrisas transparentes. Quiero sentir un latido real al otro lado de la piel que me acoge y tirar por la ventana los colgajos que van dejando los amores robotizados, igual como las chicas “muy chicas” arrojan las pertenencias del ex de turno cuando éste les toca las narices. En una de esas termino descubriendo que tirar algo por la ventana es mejor que meditar, más llano y efectivo. Voy a hacer el ensayo y os lo cuento…