Antes de que empiece mañana (y VI)

– ¿Entonces? ¿Me la vas a meter o no?

Una pregunta directa. Desnuda. Y que ya no puede ser evitada. De pronto no hay nada más que su pregunta, es más que ella incluso, se ha convertido en el centro del único universo posible. De pronto en el universo eso es lo único que importa.

Él detiene sus besos. Se retrae como si lo hubieran herido en algún sitio y tuviera que evitar que su sangre aflore al exterior. Ella tiene una sensación de déjà vu  y siente frío. Cuando habla, le parece que flota en una gelatina de irrealidad.

– ¿Qué pasó esa noche? No soy capaz de recordarlo, pero no puede haber sido tan malo. ¿Por qué te fuiste así, sin despedirte?

– Vaya, de nuevo nos olvidamos del señor…

– ¡No!- lo interrumpe con energía-. No le estoy hablando a ningún señor de los cojones. Le estoy hablando a mi amigo, o al amigo que algún día tuve al menos.

– Así que es verdad que no lo recuerdas…

– No lo estaría preguntando de ser así.

En lugar de contestar él le da la espalda y se acerca a la ventana, la boca torcida en una mueca casi infantil.  Ella, pese a sentir que ha sido la artífice de la situación que está viviendo, ya que de alguna manera sin su presión el tema jamás hubiera llegado hasta allí, no puede evitar la sorpresa de constatar que él maneja sus propios pesos, su propia gravidez al respecto, y que no hay sitio para ella en la sombra que parece cubrir la habitación que comparten.

– Tengo frío. ¿Me puedo vestir?

– No- Él ni siquiera la mira al responder.

– Vaya. ¿Y entonces?

– Nunca he podido dormir después del sexo. No sé por qué. Es como… Hay una cierta orfandad en esas horas muertas que preceden al día que me lo impide. Es como si al vaciarse mi cuerpo en otra persona quedara demasiado sitio libre para la lucidez, más de la que pudiera soportar. Está oscuro, pero todo se ve demasiado claro, los pelos, las cicatrices, el absurdo. Y en la claridad no existe la esperanza. ¿Sabes  lo que existe? Un regusto a café frío que no hay cómo quitarse de la boca.

– No entiendo. ¿Te fuiste porque no te gustó mi café? ¡De qué coño me estás hablando! No volví a saber de ti en años.

– No es eso. Y ese comentario no está a tu altura.

– Sabes a lo que me refiero. ¿Qué intentas decirme? ¿Qué después de follar se te alteran los químicos del cerebro y no soportas estar cerca de la gente? ¿Qué te fuiste porque eres de esos que jamás despierta con la chica con la que duerme? ¿No te gustó el polvo? ¿Te dejé de gustar yo después del sexo?

Esta vez sí la mira, pero no responde. Y su silencio se parece tanto a la soledad de aquella mañana hace casi 20 años que durante algunos segundos ella siente que podría rozar a la Cecilia de entonces si quisiera, e incluso abrazarla y llenar con su cuerpo duplicado el hueco vacío entre las sábanas. Pero al mismo tiempo sabe que no tendría nada para decirle. Ni una triste palabra.

imagen cama vacía

Tampoco sabe qué más decirle a Víctor, que ha vuelto a girarse hacia la ventana. Intenta un par de frases inofensivas pero no recibe respuesta, y cuando se acerca a tocarlo él le retira la mano y se desplaza un par de metros, con suavidad pero firmeza.  Como no sabe qué más hacer se pone de pie y se dirige hacia el salón en busca de su ropa. Ha pasado tanto rato desde la última vez que él habló que ella siente que no se trata de una opción realmente, sino más bien de una línea única trazada de antemano por otro. Todas las prendas están en el mismo sitio que antes, así que se tarda muy poco en reunirlas. Se mueve con lentitud, con la esperanza de oír de pronto la voz de él ordenándole no hacerlo, pero eso no ocurre. Cuando termina de vestirse –se pone todo menos los zapatos- regresa a la habitación. Él está sentado en el borde de la cama. Ella se queda de pie a su lado.

– Víctor, vengo a despedirme.

– Lo que te dije antes, lo del café y todo ese rollo… No fue lo que pasó contigo.

– ¿Ah no?

– No.

– ¿Y entonces?

– No puede ser lo que pasó contigo porque nosotros nunca hemos follado.

A ella le chirría un poco la palabra, atípica en sus labios, pero pasa el detalle por alto.

– ¡Qué dices! Claro que sí. Vale que no recuerde con claridad esa noche, pero sí tengo imágenes. Y estábamos desnudos. Me chupaste las tetas. Y yo a ti la polla.

– Sí, eso lo hicimos.

Él no agrega más, pero sus palabras tienen el efecto de un coletazo revelador: La misma pregunta por parte de ella -¿me la vas a meter?- y la misma respuesta de él –silencio y retraimiento- aunque en la versión actual él parezca desprovisto de la espontaneidad de la primera.

– Cecilia, hace muchísimos años que no tengo sexo. Y con ello me refiero al coito, para que me entiendas bien.

– ¿Por qué? – pregunta ella más por inercia que por otra cosa. Siente que la última frase contiene demasiada información como para dejarla pasar sin analizarla palabra por palabra, pero él no parece dispuesto a darle tiempo a que lo haga.

– Porque no me gusta.

– ¿No te gusta? Pero… Acaso…

– Me gusta mirar, tocar, dar placer, jugar. Me gustan muchísimas cosas. Pero no… follar.

– Ya. Así que lo de hoy es lo más que puedo esperar de ti.

– ¿Y te parece poco? Te he visto gritar como un animal.

– Es cierto, y si me das cuerda te puedo pintar mis experiencias de esta noche de forma mucho más bonita. Ha sido intenso, por decir lo menos. Pero no sirve para todas las veces.

– Se pueden hacer otras cosas.

– ¿Y en que parte de esta historia se te pone dura?

– No sé qué no has entendido de lo que te he dicho: No me gusta follar, es tan simple como eso. No me falla nada ni estoy traumatizado.

– A mí me parece que sí. Necesitas ayuda.

– No lo creo. Yo no huyo de quién soy, todo lo contrario. ¿Por qué tendría que esforzarme en hacer algo que simplemente no me apetece? No necesito el coito para ser feliz.

– Ya, lo tuyo es ser espectador y nunca perder el control, ¿no? Así te quedarás solo.

– ¿Tú crees?  Nunca me he sentido solo. Y de cualquier manera nunca haría algo que vaya en contra de mí por adaptarme a una mayoría o darle en el gusto a alguien. En cambio no se puede decir lo mismo de ti.

– ¿A qué te refieres?

– A los curiosos personajes que eliges para combatir la soledad. ¿Cuántos de ellos llegaron a conocerte realmente? ¿Cuántos tuvieron el interés? Yo sé lo que te gusta como si me gustara a mí. Y no me refiero a lo que andas por ahí diciendo que te gusta, sino a lo que te hace latir. A lo que dices sin decir. Son cosas que a mí me importan, de verdad.

– Ya, pero no follas.

– Dime una cosa, pero ten la decencia de darme una respuesta honesta. ¿Hace cuánto tiempo no te sentías como hoy? ¿Hace cuánto q no te corrías tres o cuatro veces, y además con esa intensidad? ¿Cuántas veces en tu vida te has permitido la libertad de ser tú misma, de dejarte llevar hasta el extremo en que lo has hecho hoy?

– Muy pocas, ninguna, no lo sé, pero no sigas por ahí. Ese es sólo un aspecto del asunto. No puedes pedirme que renuncie a algo que está en mi naturaleza, que lo saque de la ecuación como si se tratara de una puta operación matemática que termina en balance positivo. ¿Qué hago yo con todo lo que quiero hacerte, con todo lo que quiero tocarte? ¿Qué hago con mi hambre de polla?

– ¿Es necesario que seas tan vulgar?

– ¿Me va a llevar más lejos ser elegante?

– Cecilia, esto se nos está yendo de las manos. No es la idea.

– Mira Víctor, tú puedes currarte unos discursos elaboradísimos sobre lo normal y feliz que eres, pero para mí no funciona así.

– No funciona porque estás totalmente centrada en ti y en tus necesidades, y aunque dices buscar el amor la verdad es no estás dispuesta a mirar el mundo de a dos, a compartir. Te gustas demasiado a ti misma como para hacerle un sitio real a otra persona. ¿Qué pasaría si, estando casada y enamoradísima, tu pareja tiene un accidente y ya no puede tener relaciones? ¿Cuánto te demorarías en abandonarlo? No, espera, seguro que terminarías encontrando una solución salomónica de esas que tanto te gustan: Te quedarías con él, lo cuidarías, pero los fines de semana te buscarías un buen rabo que te ayudara a pasar las penas. De cualquier manera esa persona para ti ya no valdría lo mismo, ¿no?

– Tendría que estar en la situación para saber realmente lo qué haría, pero hay una tercera opción que te callas y soy tan capaz de ella como cualquiera. El amor es algo enorme, y a veces nos sorprendemos a nosotros mismos con lo que podemos llegar a hacer por él. O no hacer.

– ¿Y entonces?

– Entonces, que hay una diferencia fundamental en ambas situaciones. Porque en el caso de tener un marido tullido, al menos podría comprender las razones. Y rezar porque la medicina avance más rápido que nuestras vidas. Y en tu caso, simplemente no entiendo qué te lleva a actuar así, y el no entenderlolo hace mucho peor. ¿Existe alguna posibilidad de que… algún día…?

– No, no la hay.

– ¿Estás completamente seguro?

– Lo estoy. Y es lo único que te voy  a decir al respecto.

– No me alcanza. Necesito saber por qué.

Justo cuando ella siente que está a punto de rasgar el envoltorio que los separa  él la coge de las manos y la tira suavemente hasta que se sienta a su lado en la cama. Sin dejar de mirarla a los ojos le pone un dedo en los labios y lo hace descender con extrema lentitud por su mentón y cuello, hasta posarlo en su pezón izquierdo. Pese a la contención que deberían ofrecer la tela de la blusa y el sujetador, ella siente que el dedo pasa directo a su piel y quema, y que su calor desciende a velocidad de cohete hasta su vientre. Le parece que se moja con un líquido espeso e hirviente y contrae con fuerza la pelvis en un esfuerzo por no dejarlo escapar.

– Te ordeno que no vuelvas a hacerme esa pregunta nunca más.

-No me vale –murmura apenas, haciendo un enorme esfuerzo por reprimir un gemido-. No puedes solucionarlo así.

– Cuando entraste aquí establecimos reglas claras. Pues bien, ya sabes cuáles son tus opciones. Obedeces o te vas. Es todo lo que tengo para ofrecer. Eso y a mí mismo, pero así, tal como soy. No otro. No estoy buscando a alguien que me redima.

Mientras habla él le arranca la blusa de un tirón, haciendo saltar los botones. No tiene más contemplaciones con la falda, y mucho menos con ella, que tiene que sujetarse de unos barrotes de la cama para no caer. En un solo movimiento le inclina la espalda y le eleva la cabeza por el pelo, y sin quitarle las bragas comienza a masajearle el clítoris desde atrás con movimientos bruscos pero regulares. Su mano se desliza dentro casi sin que exista transición, como entra una cuchara en un soufflé, y antes de que ella se dé cuenta él ya tiene el puño metido en el coño, y cuando empieza con los movimientos rotatorios a ella se le aloja una sensación de montaña rusa en la garganta y aprieta los dientes para que nada importante se le escape entre medio de sus gritos. El tiempo no avanza, vuela en círculos que la envuelven por dentro y por fuera, y ella se rinde al vértigo convertida en un volcán invertido que entra en erupción. Y entonces, cuando siente que es incapaz de dar cabida a la más mínima sensación nueva, él le da un mordisco en la espalda, entre el cuello y el omóplato derecho, que la inunda con un ímpetu capaz de vaciar cualquier cosa. Su nuevo orgasmo, que solapa al que ya estaba en curso, es como un latigazo partiéndole la columna en dos, espléndido y salvaje.

silueta en negro

Se tarda un buen rato en abandonar el refugio que le ofrecen los barrotes de la cama y enfrentarlo. Quisiera quedarse ahí para siempre, de espaldas a él pero aún así en contacto con su piel, pero sabe que no es posible. Hay algo de ritual en la forma en que se gira, una cierta pesadez en el aire que la sigue.

– Víctor…

– Si vas a volver a preguntármelo, detente ahora. A menos que estés dispuesta a irte. Me conoces y sabes perfectamente que no habrá vuelta atrás. Y sabes, aunque me pregunto si con la misma claridad, que no quiero que te vayas. Sé que puedo hacerte feliz y creo que deberías dejarme intentarlo. Así que por favor, no hables. No digas nada, absolutamente nada. Sólo recuéstate aquí a mi lado y disfruta de este momento maravilloso.

Ella se acerca a él pero en lugar de acostarse lo besa con largura. Y aunque aún no termina de cruzar del todo la frontera que la separa del mañana, su saliva febril ya sabe a despedida. Se pregunta si acaso no son todos los besos un anticipo de despedida, el último resquicio de lo inevitable.

– Víctor…

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26 pensamientos en “Antes de que empiece mañana (y VI)

  1. Perdón por ser un poco pandacabrón, pero Victor tiene unas sombras de gris encima de la osamenta que tumba de espaldas.

    Por otra parte, Cecilia cada vez me cae mejor, por lo directa. Si yo fuera ella, le pegaba un buen guantazo a Victor y, una vez medio atontado por la guantáh, lo violaba. Y sin pedir permiso.

  2. Coincido con jack en su comentario jajajaja ¡Viva Cecilia! Pobre, yo la entiendo, por mucho placer que te pueda llegar a dar una persona si lo que quieres es enamorarte, vivir con ella, tener esa pasión… No sé, yo no sería capaz tampoco de soportar querer chuparsela o que me follen y no poder solo porque sí. Está siendo él tan egoísta como ella.
    Fantástica historia Ava, te superas cada vez más ^^ :*

    • Uau, muchas gracias niña!!! Intento cavar un poquito más cada vez, aunque me desespero mucho ante la sensación de que no existen las palabras apropiadas para lo q quiero transmitir, o q no estoy sabiendo hacerlo.
      Total, que egoístas o no (aunque reconozco estar con Cecilia en este caso), a veces la vida nos cruza y nos descruza. Y hay tantas, tantas maneras de contarlo…
      Un abrazo gorrrrdito!

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