Antes de que empiece mañana (V)

bondage_muñecasÉl se detiene. Ella sabe que él no va a continuar como se sabe que hay un bulto entre las sombras: Está ahí, aunque no se lo pueda ver con claridad o entender por qué. No ha contado los golpes pero han sido varios, más de los que alguna vez pensó que podría desear de cualquier manera. Y aunque siente que no puede más, también le parece que acaban de expulsarla de una fiesta, a la vez luminosa y oscura, sin estar preparada del todo para abandonarla.

– Señor- balbucea con voz rasposa, el cuerpo aún convulsionando.

– ¿Sí?

– El coño me hierve.

Él no hace nada por comprobarlo, y ella no puede evitar transformar su omisión en una pequeña afrenta. Aún así, cuando siente los dedos de él sobre sus tobillos su cuerpo acoge esa nueva forma de contacto dispuesto a perdonarlo todo. Él le desata las piernas con cuidado y se sienta en el borde de la cama.

– En serio. Podría meterme una casa ahí dentro. O mejor otras cosas…

No está segura de si es prudente seguir hablando, pero como el silencio de él se prolonga se decide a volver a hacerlo. Sin embargo prefiere cambiar el curso de la conversación, ya que le parece que un peligro la espera en alguna de las esquinas del camino que está tomando.

– Una experiencia muy interesante, sí.

– Háblame un poco de eso Cecilia. Tengo curiosidad.

– ¿De qué, exactamente?

– De lo que se siente.

– Vaya, no sabría cómo ponerlo en palabras.

– Inténtalo.

Él comienza a acariciarle el culo con suavidad. Todo el calor que emana de los glúteos de ella se multiplica furioso en las invisibles estelas que van dejando los dedos de él sobre su castigada piel, como si un ejército de gusanillos le mordiera la carne con sus pequeños dientes terribles hasta entrar en ella, convertidos una vez dentro en ingrávidas burbujas de placer. Se retuerce con pereza.

– Inténtalo-, insiste él, y sin más aviso le suelta una cachetada tremenda. Sin tiempo de rascarle compasión alguna a su gesto, a ella se le escapa un grito que más parece un rugido, y siente que por su garganta huyen todas sus resistencias. La sangre le salta a la cabeza.

– Es como un sándwich- le contesta cuando le vuelve la voz.

– ¿Un sándwich?

– Sí, como si el sabor fuera uno solo pero al mismo tiempo fuera inevitable saborear cada uno de los ingredientes. Primero hay una capa de placer, ese placer anticipado de saber lo que viene, cuando el cuerpo se hace chiquitito y cada célula de él se prepara para recibir. Es como conectar con algo primitivo. Después el dolor puro, sin más adornos, simple y absoluto. Dura muy poquito, pero te da tiempo a preguntarte qué coño estás haciendo allí, qué puede haber de bueno en lo malo. Y al final la última capa, nuevamente placer, alivio, redención… Como si al liberarse de sus miedos el cuerpo se vaciara de todo lo que le sobra y se elevara y… Uf, ya no sé ni lo que digo.

– Se entiende perfectamente.

– Lo que sí, sigo sin saber  con qué…

– Seguro que eres capaz de recordar la primera vez que nos fuimos juntos a la playa.

– ¿Ese verano que llovió casi todo el mes?

– Ese mismo. ¿Recuerdas lo que hacíamos para entretenernos?

– No sé a qué se refiere. Veíamos la tele. Íbamos donde Paco.

– Sí. Pero tú no eras mucho de jugar Pac-Man.

– No, la verdad es que no.

– Pero sí había algo que te gustaba mucho hacer donde Paco. Y un día me confesaste que tenías una fantasía. ¿Te estoy refrescando la memoria?

– ¡Hostias!

-Exacto. Pensé que tal vez podía satisfacer un viejo deseo. ¿Te habían dado antes con una paleta?

– No señor. Nunca.

– ¿Y esa fantasía tuya? ¿De dónde salió?

– No sé. Vi una escena en una peli, hace millones de años, ni siquiera recuerdo su nombre. Se me habrá quedado grabada por algo.

– Ya veo. Bueno, creo que ha sido suficiente por hoy, ¿no?

– Sí, sin duda.

– Ahora date la vuelta.

Piensa que no va a poder, pero entonces se da cuenta de que las ataduras de sus muñecas le permiten bastante libertad de movimiento. Mete la cabeza entre los brazos y se gira elevando un costado del cuerpo, intentando cubrir su rostro al hacerlo.

– ¿Estás lista?

Dice “para qué”, pero no necesita una respuesta. Abre las piernas, todo su deseo convertido en humedad aceitosa. Él se acerca un poco más, pero no la toca.

– Aún nos falta éste-, murmura mostrándole un objeto ovalado y metálico unido a un mando por un cable.

– No sabía que te gustaran tanto los juguetes- dice ella sin dejar de mirar el objeto que tiene entre las manos.

– Te gustan a ti.

– ¿Entonces me esperaba esta noche?

En lugar de contestar él le mete el  huevo metálico entre las piernas y se lo hunde dentro con un solo movimiento, exento de dificultad. El aparato empieza a vibrar y ella, arrastrada por la urgencia de su demanda, se contrae y gime. No puede ser mejor pero sí, porque entonces se da cuenta de cuánto quiere su mano completa ahí dentro, o mejor a él, todo él -desnudo, poderoso y fálico-, preparado para salir victorioso de todas las batallas.

– Entra. Por favor entra.

Él no parece oír su reclamo y aumenta la potencia de la vibración. Ella arquea la espalda y aprieta los puños, abandonando rápidamente su negativa implícita entre aquello que ya se ha deshecho en el pasado. Se le agita la respiración, aunque más que tragarse el aire se lo bebe con sorbos cada vez más desesperados. Aún no ha llegado al momento de no poder aguantar más pero está cerca, así que acelera sus avisos, por si él quisiera dilatar los instantes previos a la tregua. Pero él no parece dispuesto a darle tregua alguna, ya que pone el aparato a máxima potencia –ya no son ondas, ahora parecen mordiscos inesquivables– y se inclina muy cerca de su abertura, con la mirada cargada de algo levemente distinto al deseo. Y entonces, cuando todo se vuelve níveo y comienza a derretirse a su alrededor, él le roza el clítoris con la punta de la lengua, disparando al hacerlo un fogonazo que pulveriza la nada blanquecina que la devora. Toda ella se desliza hacia abajo para recibir las húmedas caricias de su boca. El orgasmo, alojado ya a en columna, no la abandona, pero al extenderse por su cuerpo le parece que, más que venir de dentro de ella, brotara directamente de los labios de él, que la recorre con movimientos espesos. Agotada con tanta exaltación ella grita, suplica, agita las piernas, pero con eso sólo consigue intensificar la presión que ejerce su lengua. La lengua de Víctor. Y el huevo de los cojones. Y sus manos indefensas. Esa es verdaderamente la Santísima Trinidad, se dice antes de soltarse, igual como se soltaba del columpio algunas veces cuando era niña, impulsando el cuerpo hacia delante justo cuando estaba en la parte más alta. Era la idea que tenía en aquella época de volar. La primera vez que cayó mal fue cuando empezó a preocuparse por lo que podría pasar después. Antes de eso nunca hubo un después. De cualquier manera, al llegar a casa le echaron la bronca por volver del parque con la ropa hecha un desastre.

Sus propios gemidos –irreconocibles, rupestres casi-la traen de vuelta a la habitación en la que se encuentra. Abre los ojos pero al hacerlo pasa por encima de él y fija la mirada en las marcas de su propio antebrazo. Aún no está preparada para salir del todo de sí misma.

– No más, te lo suplico.

Él se detiene entonces y la libera de su pequeño visitante interno, que se queda vibrando en un rincón de la cama. Hace rato que ella siente que no puede leer en sus expresiones. Le parece que él sería capaz de cualquier cosa y la posibilidad de encontrarse con algo sorprendente a esas alturas de su vida la seduce más de lo que la asusta. Algo en él la llama, y ese llamado no puede destruirse con la fuerza de la lógica, de igual manera como no puede anularse con palabras el poder de atracción de un imán.

– ¿Estás bien? ¿Tuviste suficiente?

– Algo así.

– ¿Algo así? –Él arquea las cejas en un gesto exagerado, la boca abierta en una enorme sonrisa. Ella intuye el peligro pero no recula.

– Bueno, digamos que me faltó algo. Aunque tendría que dejar que me reponga…

Él no le da tiempo a continuar y le estampa con fuerza la palma de la mano contra su reblandecido coño. El dolor le estalla directamente en la cabeza, sin hacer viaje alguno, para repartirse después por todo su cuerpo en pequeños latigazos de deleite.

– No me refería a eso- murmura cuando se le termina de deshacer el grito dentro.

– Vaya. Te habré entendido mal.

-No lo creo.

A modo de respuesta él comienza a desatarle las muñecas. Ella no se mueve ni baja los brazos cuando él termina pero lo sigue con la mirada. Elige interpretar su gesto como un permiso.

– ¿Me la vas a meter?

Espera su silencio, pero no que le dé una bofetada. Y ya todo ocurre demasiado deprisa, la pregunta estrellándose en su rostro, el vacío, la confusión, la mano de ella viajando hasta el rostro de él, una, dos veces, y a la tercera él le agarra el puño con fuerza y ya no están en la cama, están en el suelo forcejeando, y él le tira el pelo y la muerde y ella se defiende con las uñas, intentando abrirle la camisa a tirones y encontrarse con su piel esquiva. Se miran. Resoplan. Y entonces él vuelve a ella pero su boca ya no muerde, ahora besa, y ella se deja recorrer pensando que bien puede parar un poco. Sólo un poco…

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15 pensamientos en “Antes de que empiece mañana (V)

  1. Lo malo: El beso que cierra esta entrega… Un final algo convencional. Chirría.

    Lo bueno: la deliciosa descripción que haces, de manera que se percibe hasta la última gota de sudor.

    Lo menos bueno: otro nivel posible de lectura de la dualidad narrativa de los dos personajes.

    Lo que no acabas de entender: también hay huevos para hombres, my dear friend.

    Huggies and kisses,
    Jack

  2. Me encanta la manera que tienes tan buena de describir todo lo que él le hace. Consigues que me muera de envidia 😉
    Fantástica cómo siempre, un beso guapa!

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