Antes de que empiece mañana (IV)

No es un suave deslizarse por una pendiente, sino más bien como estar atrapada en un ring y caer una y otra vez frente al contrincante. En el momento del final lo único que le queda entre los labios es un tímido regusto a alivio, pero su orgasmo es más un estrangulamiento de los sentidos que su exaltación. Él se ha apartado un poco y la observa como se observa a una criatura curiosa: con los ojos entornados y una sonrisilla levemente burlona.

– ¿Puedo beber un poco de vino? Tengo la boca seca.

Él le indica con un gesto su aprobación. Cuando le habla, su voz la convierte en una copa transparente, derramándose dentro como un chorro de líquido fresco. A ella le parece que lleva horas sin escuchar una voz humana y agradece la sensación.

– La próxima vez te tardarás menos.

– No sé yo si me quedan muchas ganas de una próxima. Para venir a hacer aquí lo mismo que podría estar haciendo en mi casa…

– No es lo mismo. Estando conmigo se puede masticar tu turbación. ¿No es maravilloso? Tu problema es que la rehúyes, cuando podrías entregarte a ella.

– Si, ya. Dicho suena muy bonito. La próxima vez que me abra los brazos iré corriendo a su encuentro.

– Quítate la ropa.

– ¿Ahora?

– No, mañana. Quítatelo todo. Sentada en el sofá.

Ella asiente con la cabeza, se deshace de la copa y le obedece, esta vez evitando dilaciones. No le dice “y siéntate en el sofá”, le dice “sentada”, así que ella se sienta primero y después termina de desvestirse. Cuando está lista él le ordena que cierre los ojos y respire profundo, tomándose todo el tiempo necesario hasta sentir que su cuerpo se relaja por completo. A ella le parece un encargo sencillo, pero en cuanto cierra los ojos cada parte de su cuerpo parece cobrar vida propia y reclamar su atención. El corazón le late con brío. Intenta imaginar que una luz blanca la llena, llevando paz a sus diseccionados miembros. De abajo hacia arriba. Tal como le enseñaron en clases.

Ya va por el cráneo cuando siente que él le coloca las yemas sobre los párpados. Da un brinco y se queda en estado de suspensión hasta que él le posa un dedo sobre los labios. Ella lo lame con cautela y el dedo se retira de su boca con la delicadeza del mar cuando recoge su espuma.

– Shhhhh. Sigue respirando, sin abrir los ojos. Ahora vuelvo.

Después de unos minutos que le parecen hondos y oscuros, más allá de la frontera que sus párpados obedientes construyen de espaldas al mundo, él regresa y le anuncia que tiene cuatro objetos para ella y que está seguro de que le gustarán.

– ¿Puedo saber cuáles son, señor?

– De momento sólo dos. Los otros son sorpresa.

Sorpresa. Nuevamente la sensación de ser una niña, limpia pero a la vez inerme, totalmente a merced de ese único Dios que para ella siempre ha existido: El que es más grande. El que puede más.

En el hueco que permiten sus manos entrelazadas él le deja algo que parece un trozo de tela. Ella lo toca y sonríe.

– Igual me hubiera quedado con los ojos cerrados si me lo hubiera dicho.

– Así no tienes que recordarte a ti misma que no los puedes abrir.

Le pone la venda con movimientos mansos, y a continuación deposita otro objeto en su regazo. Ella no necesita tocarlo para saber. La cuerda parece enroscarse entre sus muslos como una víbora indefensa y juguetona. Un agujero de aire le sube por la columna. Se estremece.

– Espera, tengo otra idea. Sígueme.

imagen cuerdas bondageÉl le coloca la cuerda sobre los hombros y  la guía hacia el interior del piso cogiéndola del brazo con gentileza, sin ejercer casi presión. Sin embargo, hay algo férreo en el centro mismo de su blandura, como una irradiación de su voluntad que no fuera capaz de reprimir del todo. Se detienen al cabo de un rato, no mucho pero sí lo suficiente como para que ella alcance a sorprenderse ante la evidencia de que el sitio es muchísimo más grande de lo que imaginaba.

– Aquí, túmbate aquí. Boca abajo. Y sin hablar.

No ha terminado de acomodarse cuando él le coge las muñecas y se las junta con un movimiento brusco. Le da un tirón para cambiarla un poco de sitio y le ata las muñecas entre sí y después a algo que está fijo. “Probablemente un respaldo”, se dice ella. “Vaya, así que cama con respaldo”.

Después de la sacudida que le da a sus brazos él parece renunciar a la prisa y es mucho más delicado con sus tobillos, que ata al otro extremo de la cama. Sin embargo, a diferencia de los brazos, se asegura de que las piernas queden bien separadas, aunque sin que llegue a resultar doloroso o demasiado incómodo. Algo la reclama con timidez por el costado y ella se gira un poco elevando la cadera, movimiento que él aprovecha para deslizar  un bulto bajo su vientre. “Almohadones. Dos o tres”.

– Lo que estoy viendo ahora mismo… muchos pagarían por ello.

¿Es un cumplido? ¿Una demostración de poder? Ella no sabe qué escarbarle a sus palabras así que contrae la pelvis y suelta un gemido indefinido, que se transmuta en sensación cuando él le roza el nacimiento de la espalda con algo rasposo. Su piel se pone en alerta.

– Sólo es una cuerda. Es que tiene un tubito plástico en la punta, como los cordones de los zapatos.

“Tiene varias”- se extraña, cayendo en la cuenta de que ha necesitado al menos cuatro para atarla a la cama- “¿Las usará con frecuencia o estaba preparado?”.

La sensación no es del todo agradable –“mejor con los dedos”- pero a los pocos segundos se rinde ante la evidencia de que no podría desear otra cosa. Y entonces ya no hay trayecto, y toda ella, desde lo más interno hasta la envoltura, siente sed exactamente de lo que está recibiendo. Cada rasguño invisible que perturba sus poros la abre en millones de pequeñas puertas. Suelta la prisa como un globo. Como si la adivinara, él le murmura dos palabras cerca de su oído.

– Ahora espera.

Y tras una breve pausa, como si no hubiera sido suficiente:

– Lo que haga falta.

La voz se él le sustrae algo, pero a cambio llena todos sus espacios en blanco de expectativas. La sonrisa le dura más que el entusiasmo. Y a medida que se deshacen los segundos todo lo bueno que le estaba ocurriendo se resigna a desfilar frente a ella como un fantasma de un pasado reciente

Si al menos pudiera tocarse, se lamenta. O mejor aún, que Víctor la embistiera por sorpresa aprovechando la descarada posición en la que la tiene esperando. Está segura de que no sólo se siente, sino que además se ve hendida como dos mitades a punto de separarse de una fruta demasiado madura.

Pero no le está permitido el placer de la desintegración, y entonces se hace consciente de la tensión en la que se encuentran sus miembros. Las manos juntas. Las piernas separadas. Almohadones bajo el estómago. No hay nada más que eso. Toda su realidad reducida a unas cuantas pinceladas tan gruesas como ineludibles.

Él se ha ido, o al menos eso piensa ella. En su ausencia, real o figurada, el silencio también es un absoluto.

Y los minutos pasan…

“Dios”

“Cuánto más, cuánto más, cuánto más”

“Me duelen las piernas”

“Pffffffffff”

imagen fuegos artificio

Y entonces algo se altera en el aire -“¿Ha vuelto? ¿Se ha ido alguna vez? ¡Maldita moqueta!”- y esa alteración es como un aviso y a la vez la plataforma desde la que se impulsa su sorpresa. Un golpe. Uno solo pero rotundo, que le llega como llegan los fuegos de artificio: Primero un sonido de trueno  perforándola en un único y focalizado punto  y después ese estallido luminoso y caótico del dolor, efervesciendo furiosamente por dentro.

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6 pensamientos en “Antes de que empiece mañana (IV)

  1. Más madera… Esto es la guerra.

    Cuando te leo así, Ava, y me surge esa duda ya clásica respecto a la trinidad literaria de tu obra, me pregunto si las cuerdas son tus palabras y la cama tus textos.

    Sigue, por favor, amiga mia.

    Besospanda

      • No creo, sinceramente, que Ava se encuentre en tus palabras, aunque, tampoco sin duda alguna, descarto que no haya parte de la Frau Maof en ellas. Lo que me sorprende, cuando me pregunto qué es qué es verme reflejado en tus sueños.

        Las evidencias, como las apariencias, engañan. Y en literatura ni te cuento…

        Puede ser que me olvide que tu imaginación sea tan desmedida como la mía, pero jamás olvido que tú eres todavía mucho más que lo que tu imaginación pueda -o quiera- fantasear.

  2. Contra gustos no hay nada escrito dicen… Pero habría que ver en qué medida realmente hay cosas que uno hace (por el otro) sin mesurarlas con la regla de Eros… Lo que uno no sabe es qué está dispuesto a ceder. Porque en definitiva, aquí subyace una batalla y una tregua, las dos igualmente irrisorias. Casi no cuentan, todo sucede en función de un universo que dicta sus reglas a medida que las experiencias transcurren … Sí, to creo que en estas lindes, todo está permitido, incluso cuando está prohibido explícitamente

    Un gran saludo, Ava,

    Aquileana 🙂

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