Antes de que empiece mañana (III)

imagen mujer y fragilidad– ¿Mañana? ¿Y quién te dice que va a haber un mañana? Lo único que tenemos es el ahora, el aquí y ahora.

Lo mira como si de alguna manera lo poseyera, las cejas alzadas, retadora. Se siente enfadada por haber hablado, porque él la hubiera hecho hablar con tanta facilidad. Pero por mucho desafío que intente inyectarle a su mirada, no puede evitar que una vocecilla desagradable le recuerde que está desnuda de la cintura para abajo. Se siente ridícula. Él no parece reparar en su figura escindida y coge la botella de vino.

– Señor- murmura él simplemente después de servirse la tercera copa.

– ¿Cómo?

– Qué rápido te olvidas de decirme señor.

– Lo siento señor.

– No, no lo sientes, aunque como fórmula funciona. De cualquier manera, me da un poco igual cómo me digas. Pero por favor, no me vengas con tu gimnasia intelectual ahora porque no me impresiona. Hace nada estabas hablando de ir de visita a casa de tu tía y no sé qué otras historias, así que no compro ese cuento de que no te proyectas a futuro. Todos lo hacemos.

– Vale, pero…

– Lo que me preguntas no es poca cosa y yo no quiero contestar a la ligera –la interrumpe él alzando la voz-. Mañana, en algún momento del día, después de pensarlo con calma, te tendré una respuesta. Ahora tengo cosas más inmediatas de las que ocuparme.

Tal vez no es capaz de percibir el sutil instante en el que su excitación comienza a transformarse en irritación, pero la sensación que se le va gestando en el interior ya es un poco más difícil de esquivar para ella. Como si ese padre dulcemente incestuoso que le fue sugerido –ofrecido de alguna manera- hace algunos instantes en el bar ya no estuviera ahí. Y el padre soñado, convertido en realidad, no es más que un procreador, con un deje ligeramente condescendiente asido a sus palabras pequeñas. Recuerda una pesadilla que solía tener de niña, en el que el maestro Yoda se aparecía junto a su cama irradiando una paz verde y luminosa para después convertirse en un Yeti terrorífico de colmillos gigantes que la perseguía por toda la casa con la intención de devorarla. Intenta retroceder en el pensamiento, recuperar la imagen robada, pero él no se lo permite.

– Bueno, ya está bien de tanta conversación. ¿Empezamos?

“¿Empezamos? ¿Empezamos qué?”, se pregunta, y la imagen de un agujero se le viene a la cabeza. No es que crea que se va a hacer daño, pero el trayecto no se ve del todo cómodo, demasiado movimiento tal vez. No sabe si está lista para caer en ese vórtice de terciopelo.

– ¿Señor?

– ¿Sí?

– ¿Qué pasará si no le obedezco?

– ¿Necesitas que pase algo? ¿No puedes obedecer y ya?

– Puedo intentarlo pero no sé. No sería lo mismo.

– Ya veo.

Dice “ya veo”, pero luego nada más, y su silencio ya le parece a ella como un castigo. Muy leve aún, lo sabe, pero también sabe que recién está comenzando a asomar la cabeza en el agujero.

– Todo acto tiene sus consecuencias señor- aventura ella pasando por encima de una sensación de pequeñez que empieza a ahogarla. Toma aire, dispuesta a sumergirse hasta los hombros-. Si quiere imponer sus reglas tiene que tener herramientas para hacerlas cumplir.

– ¿Quieres consecuencias? Aquí te doy una: Estás aquí porque es tu deseo obedecerme, y te irás cuando deje de serlo.

– No entiendo.

La sonrisa en él gatilla en ella la comprensión que antes no pudo alcanzar. Él, sin embargo, no se resiste a ofrecer una respuesta más clara, si bien la envuelve en un susurro que parece una tregua.

– Desobedéceme en lo que sea y te vas de mi casa. Fin del juego, sin advertencias. ¿Ahora sí?

Retrocede al oírlo, pero siente como todo lo que no es carne en ella diera un paso al frente. Ahí está de nuevo ese calor que sueña, esa vibración en las palabras. Ahí ese hueco oscuro al que pertenece, libre de visitantes. Podría alcanzar la redención si quisiera. De qué, no lo sabe bien, pero llega a sentir el viento silbando en sus oídos. Antes de responder cierra los ojos y respira de forma profunda, como si en ese movimiento intentara inhalar un poco más de fragilidad y exhalar su exceso de fuerza. No quiere irse, pero para eso debe dejar de luchar.

– Señor, lo escucho.

– Bien. Quiero que tengas un orgasmo.

– ¿Cómo?

– Lo que oyes. Que tengas un orgasmo. No me importa cuánto te tardes, pero quiero uno de verdad, aquí y ahora. Delante de mí.

– ¿Eso es todo?

– Si te parece poco es porque crees que tengo mala memoria. Una vez, hace muchos años, durante una de esas larguísimas conversaciones que nos gustaba tanto tener por las noches mientras recorríamos caminando la ciudad, me confesaste que te resultaba casi imposible correrte cuando te masturbabas si alguien te estaba mirando. Que algo en ti se bloqueaba y terminabas fingiendo para salir del paso.

– Entonces no llevabas corbata- responde ella, pero en seguida se corrige-. No llevaba corbata, señor.

– Explícate.

– Es una época muy lejana la que recuerda. Muchas cosas pueden haber cambiado desde entonces.

– Ya, pues mejor para ti. De todas maneras insisto en que no tengo prisa, tómate todo el tiempo que haga falta. Si el placer se te resiste, quiero verlo. Y si mi presencia te perturba quiero que te entregues a esa perturbación, que no la rehúyas. Crees que el orgasmo es un momento que se vive en solitario. Bueno, yo te digo que me abras la puerta, que me invites a vivirlo contigo, aunque para eso tengas que lograr la ecuación imposible de permitirme ser observador y sacudirte de encima la sensación de ser observada al mismo tiempo. Otra manera es apagar la cabeza al cien por cien. Aunque no sé yo si…

– ¿Puedo hacer lo que considere necesario?

– Sí, pero dentro de los siguientes límites: Puedes hacer cualquier cosa que harías estando sola. Y viceversa, se entiende.

– No del todo. Por favor, sea claro.

– Que lo que no harías estando sola tampoco puedes hacerlo aquí.

– No se me ocurre nada que…

– Cubrirte. Gemir sin necesidad. Tratarte a ti misma con delicadeza. Utilizar una sola mano. Empezar con…

–  Qué cabro… na

– ¿Cómo dices?

– Que tiene usted una memoria muy cabrona, señor. Con todo respeto, claro.

– ¿Empezamos?

Se acerca al sofá que él le señala con un gesto impaciente, pero en lugar de tumbarse allí lo hace en el suelo. Está dispuesta a ejercer cualquier pequeño acto de rebeldía que se mantenga dentro de lo establecido, como si necesitara acercarse un poco más para apreciar de cerca los límites que toman forma frente a ella. De cualquier manera no recuerda haberse masturbado nunca en un sofá, mientras que sí podría mencionar unas cuantas ocasiones en las que colocó una toalla o un albornoz viejo sobre las frías baldosas del baño en busca de un poco de privacidad.

“A ver, céntrate”, se dice a sí misma. “¿Te sacarías la blusa si estuvieras sola? No, probablemente no. A menos que hiciera frío. Pero no es el caso”.

Dispuesta a seguir a esa vocecita que se presenta ante sus ojos ciegos bajo la forma de una pequeña antorcha de luz –“como si estuviera sola, como si estuviera sola”, repite como si fuera un mantra salvador-, deposita una generosa cantidad de saliva en las yemas de su mano derecha y comienza a tocarse con movimientos lentos y circulares, poniendo al mismo tiempo los dedos de su mano izquierda en forma de V y apartando con ellos sus labios mayores. “¿Cuánto tiempo ha de mantenerse esta vez al ralentí?”, no puede evitar preguntarse casi en seguida. “¿Cuánto antes de abandonar esas suaves erupciones de la periferia, tan deliciosas como inútiles, para lanzarse a ciegas en la búsqueda vertical de un esquivo centro de lava?” “Aún no”, se responde, haciendo el primer esfuerzo por ser reclamada por sus sensaciones. Se dirige hacia sus dedos y repasa mentalmente cada centímetro de piel que tocan, intentando derramar dentro lo que siente fuera. Lo consigue durante algunos instantes pero entonces el sonido de un mueble al arrastrase la desconcentra. Al abrir un ojo se encuentra con la imagen ovalada y ligeramente borrosa de él colocando una silla frente a ella para observarla con más comodidad. Vuelve a cerrarlo, pero sus miradas alcanzan a cruzarse.

– Lo siento, no quería interrumpir- dice él con voz amable-. Por favor, sigue.

Como lo de los círculos no funciona intenta concentrarse en su respiración. Sin embargo, cada vez que inspira siente que lo invita a él a entrar y que ahí se le queda adherido, dificultando aún más su cometido. Vuelve a los círculos e intensifica sus movimientos.

Cuanto le parece que lleva ya un buen rato alternando círculos y movimientos de rodillo con los dedos juntos se permite entrar un poco más. La respuesta inmediata que siente en la parte baja del cráneo la reconforta y relaja por lo que tiene de progreso. Se embiste a sí misma con los dedos prietos intentado no dar demasiada fuerza a sus desplazamientos, ya que no quiere tener que recomenzar por correr demasiado deprisa. “Cuando te desconectes de la sensación detente unos segundos y vuelve a empezar”, alguien le dijo alguna vez, y ese consejo fue tanto una bendición como una maldición. Porque desde entonces ya no puede darse por vencida. No sería la primera vez que llega a un punto no muerto pero sí agónico, alcanzando el ansiado final únicamente por su porfía y su capacidad robarle horas al sueño de ser necesario sin parecer una autómata de ojeras imposibles al día siguiente.

Por ahí está. Sabe que le empieza a pasar por el lado, así que empieza a caminar de puntillas, para no asustarlo. Don orgasmo, listo para ser encontrado… o desvanecerse. Lo siente como se siente una sombra, como si tela delgada pero efectiva separara lo que tiene que ser tocado de lo que está tocando. Y entonces ahí está Víctor de nuevo, dentro de ella, y a su lado está Yoda y al otro su profesor de matemáticas. “¿Qué coño hace el profesor de matemáticas aquí”?

Se toma unos segundos de pausa, pero en lugar de limpiarse se tiñe de la presencia de él, agazapado al otro lado de sus párpados. Se pregunta si es su respiración lo que escucha, más espesa y acelerada. Un calor uniforme la baña desde el pelo hasta los pies al imaginárselo agitado por su estampa onanista, intercambiándose de alguna manera el placer que cada uno está experimentando. Una gota tibia se desliza por su frente. Cuando vuelve a meterse los dedos es él quien la penetra, y en su trayecto hacia ella no hay planos o trazos, sólo ondas concéntricas que se deshacen y vuelven a rearmarse con su propia materia. Se le escapa un gemido involuntario, que él le devuelve más gutural y lejano. Y entonces, como si fuera un llamado dirigido sólo a ella, abandona sus correrías y mira hacia atrás, para encontrarse en medio de una pradera que florece simplemente, dejándola suspendida en cada pequeño estallido de cada flor para volver a reclamarla la tierra. Y así está un rato, elevándose y bajando, elevándose y bajando, en un vaivén que sólo interrumpe para quitarse de un manotazo el pelo húmedo de la cara.

– ¿Quieres una goma para el pelo?

– ¡Joder, no me interrumpas!- ruge más que contestar.

– Lo siento nena, ¿te está costando trabajo?

Esta vez abre bien los ojos. Se lo encuentra reclinado muy cerca de ella, todo victoria y sonrisa flotando frente a su mirada, como un enorme y satisfecho gato de Chesire.

Anuncios

3 pensamientos en “Antes de que empiece mañana (III)

  1. Dos cosas:

    -Mezclar a Yoda y al Yeti en un relato erótico es querer tener un susto.
    -Gracias por, sin saberlo e involuntariamente (supongo), incluirme de refilón en esta historia.

    Yours trully,
    the grinning panda.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s