Antes de que empiece mañana (II)

Él abre la puerta del piso y ella entra. Le indica con un gesto que deje el bolso sobre el sofá, un enorme sofá de un blanco virginal que preside el salón. Nada más inclinarse y descolgárselo del hombro él le comunica una nueva orden, la primera dentro de los confines de su guarida. Su voz tiene una extraña cualidad de retornada, como si en lugar de ir directo de su boca al oído de ella hubiera sido traducida a algún idioma inexistente para luego ser vuelta a entregar en su lengua original, de alguna manera pervertida por el proceso. Lo sabe entonces, aunque es más un leve arañazo de saber que una certeza: No hay posibilidad de nada directo entre ellos, la figura del traductor siempre estará al centro. De ahí en adelante cualquier cosa que pueda escuchar, o incluso decir, no sólo será una verdad del porte de una roca, sino también una réplica imposible en sí misma. Se siente mareada.

“Desnúdate de la cintura para abajo”. Afortunadamente él no parece estar interesado en seguir los cánones del juego que ella cree que están jugando, porque espera pacientemente a que salga de sus cavilaciones, sin amenazarla o insultarla.

Ella se gira sintiendo que con ese sólo movimiento ya le está regalando algo. Intenta convencerse de que lo más difícil ha pasado, de que estar ahí ya vale, pero una emoción parecida al aturdimiento, densa como la gelatina, ralentiza su voluntad.

Su falda, ajustada al cuerpo y hasta la rodilla, no lleva cremallera, por lo que le resulta fácil quitársela pese a todo. Gracias a la elasticidad de la tela la prenda abandona sus caderas con mansedumbre cuando ella introduce sus manos en los costados y empuja hacia fuera. Después se queda sin saber qué hacer, detenida en la sensación de que todo funciona al revés. “¿De la cintura para abajo? ¿A quién se le ocurre?”

silueta desnudándoseNo es que no se sienta dispuesta a cambiar la mirada, porque lo está. La sola imagen de su desnudez asimétrica-tan primaria, tan física y cercana a la tierra, mientras que la parte pensante de su cuerpo permanece ajena a todo, despojada de su verdad- es una evidencia casi palpable de ello. Sin embargo, son precisamente esas sombras parciales que la cubren las que la jalan hacia atrás: Por primera vez se siente sin guión, sin mapa. Y rodeada de un enorme y dilatado territorio.

Las medias, las bragas. Se da órdenes a sí misma e intenta imaginar que está sola, que se desviste antes de ir a la cama. Pero no es lo mismo. No quiere inclinarse demasiado hacia delante y que los pechos le cuelguen como las tetillas de una vaca, pero tampoco le resulta posible quitarse las medias con el cuerpo estirado, así que opta por girarse hacia la pared y regalarle un vistazo posterior de su anatomía. “Éste se derrite, seguro”, se felicita.

– ¿Te dije que podías darte la vuelta?

La pregunta la pilla con las medias a medio camino. Vuelve a girarse y con el movimiento caen hasta sus pies. Ahí se quedan, probablemente las únicas que le rendirán pleitesía aquella noche, alcanza a pensar.

– No. Sabes que no lo dijiste. Pero no imaginé que el tema éste de la autoridad iba a ser tan… extremo.

– ¿Extremo? Se va usted a hartar, señorita. Digamos que estoy pensando en algo así como una terapia de choque. Así que por favor no me hagas reír con tus palabras grandilocuentes.

– No, en serio, es que no termino de comprenderlo. ¿Tengo que pedir permiso hasta para moverme cuando estemos aquí? ¿Quieres es ser mi amo? ¿Es eso?

Él se toma unos instantes antes de responder.

– Lo del permiso lo iremos descubriendo juntos, según lo que surja. Yo también estoy dando un salto aquí, no eres la única. Ahora, a modo de guía te aconsejo que preguntes menos y escuches más. Así que cierra la boca y quítate las bragas de una puta vez.

Escucharle soltar un taco por primera vez en su vida no sólo la activa, también la sacude como si una mano gigante hubiera abofeteado todo su cuerpo en un único movimiento, desencadenando una serie de sensaciones de distintos pesos y tamaños. Si su coño emitiera sonidos estaría rugiendo, hipando, suplicando y cantando, todo por el embrujo de una palabra. “Puta”.

“Disciplina”.

No recuerda cómo se quita las bragas, es como si hubiera dado un salto extracorpóreo para pasar por encima de ese momento. Ya no importa, ha perdido consistencia. De pronto todo gravita en torno a él, que ha comenzado a alejarse. Y entonces ya no siente alivio al perder su presencia, sino el principio de una desolación anticipada. Entiende, como si no pudiera parar de absorber revelaciones, que ese es el precio que habrá de pagar. Y aún no sabe qué le tocará recibir a cambio.

Él lcopas vino filtroe ofrece una copa de vino blanco y se sirve otra. A ella no le gusta el vino pero igual se lo bebe, porque no quiere tensar más la cuerda. “¿Desde cuándo tan dócil”?, se pregunta, pero sabe que en realidad sólo tiene la cáscara de una pregunta. Desde nunca, y es precisamente por eso que se está dejando atrapar por una fascinación que al mismo tiempo la nubla y la atraviesa con una claridad casi imposible. Todo es artificio, pero desprovisto de adornos…

Mientras beben él se pasea en círculos y comienza a hablar.

– Yo no soy el amo de nadie. Eso es demasiado trabajo y los confines de ese juego son demasiado visibles como para que me resulte del todo interesante. Lo único claro es que aquí no hay nada claro, y que no lo habrá hasta que yo lo decida. Sin embargo, si te pone la idea puedes decirme señor. Sé que te va el tema de los roles.

– Señor…

– ¿Sí?

– ¿Tengo que pedir permiso para hablar?

– No es necesario. Lo que no puedes hacer, bajo ningún concepto, es cuestionarme. Quiero todo, absolutamente todo tu respeto y tu confianza.

Ella calla. No sabe si él espera algún tipo de respuesta así que prefiere irse a la segura y refugiarse, al menos temporalmente, en la esquina del observador. Observar y obedecer. No puede ser tan difícil. Él se sirve otra copa de vino sin quitarle los ojos de encima. Pasan un par de minutos. De pronto se siente como un elástico viejo que ya no resiste otro estirón. Para huir de sí misma intenta imaginarlo desnudo, y se pregunta si tendrá que esperar mucho más para que su deseo se haga realidad. Por unos instantes le parece que se equivocó de historia, que se encuentra frente al anverso del que debiera ser su abismo. ¿Cómo poder alcanzar la cima si no es a través de su propia voluntad? ¿Y qué hace ahora con sus impulsos, con su deseo de arrancarle la ropa a tirones?

– ¿En qué estás pensando?

– No puedo responder sin faltarle el respeto, señor.

– Oh, pero yo quiero que me respondas. Cuando digo que no me cuestiones no significa que no esté abierto a recibir sugerencias. No puedo imaginar nada más interesante que ver cómo participas tú misma en este proceso.

– Me estaba preguntando si acaso me dejará hacerle algunas de las cosas que me va a hacer usted a mí cuando estemos en otro sitio, en mi casa por ejemplo.

– ¿Cómo qué? -Por primera vez su voz suena cauta.

– No sé, tenerlo a mi merced. Atarlo. Explorarlo…

Él deja su copa sobre una mesa cercana. Si bien no expresa ninguna sorpresa por la frase de ella, tampoco reacciona con liviandad. Con los ojos entrecerrados, parece sopesar un asunto fundamental. Ella puede sentir cómo dialoga con sus dudas.

– Bien. Entiendo. Sin embargo, antes de que lleguemos a ese punto, quiero escuchar esa pregunta de la misma manera como sonó en tu cabeza, y quiero que me lo digas ahora. Por si no ha quedado claro, lo que te pido es tu pensamiento exacto. Palabra por palabra.

– Señor…

– Eres una de las personas más inteligentes que conozco, así que estoy seguro de que sabrás comprender perfectamente lo que voy a decirte. Será la primera y la última vez que lo haga, porque contigo no hace falta más.

Ella guarda silencio. Lo mira fijamente. Él se bebe su mirada como si fuera alcohol puro y continúa.

– Absolutamente todo, todo lo que hagas o digas, no sólo está permitido sino que es necesario, por no decir indispensable, cuando mane de mí. Recuérdalo, es lo que te mantendrá protegida.

– ¿Protegida de qué, señor?

Él titubea. Se pasa la lengua por los labios, como si al humedecerlos se suavizaran sus palabras.

– De cualquier desviación en la que pudiera caer este juego. Ahora mismo, por ejemplo, estoy a punto de perder la paciencia, así que dime: ¿cuál fue exactamente el pensamiento que cruzó por tu cabeza hace un par de minutos? Y no te atrevas a censurarte.

Si ella pudiera contar todo lo que le ocurre en esos escasos tres o cuatro segundos que tarda en contestar, diría que  le dio tiempo a hacer un viaje larguísimo traspasando los confines de su cuerpo y de su propia vida, para iniciarse en la fuerza salvaje  de algún antepasado prehistórico, perdido en un atrás desconocido. Sólo con esa fuerza podría, en el preciso instante del ahora, comprimir no el atrás, sino que los años futuros de dudas, miradas perdidas en algún cristal mugriento y pasos lentos sobre algún borde yermo, para echárselo todo sobre los hombros, como si de un saco pesadísimo se tratara, en un solo movimiento preciso y brusco. Pero no puede. Debe contestar antes de que el tiempo siga avanzando, inconmovible. Antes de que se desvíe.

– Palabra por palabra, Cecilia.

Ella no baja la mirada para contestar.

– Dios mío, cómo me pone ese culo enorme. Apostaría a que nunca ha tomado el sol, que lo debe tener más blanco que la teta de una monja, pero me pone igual, así todo blandito y jugoso. ¿Cuándo coño piensa bajarse los pantalones? ¿Me dejará alguna vez azotarle ese culo hasta hacerlo suplicar que pare?

Él levanta una ceja con un movimiento estudiado y elegante, que podría ganar un concurso de perfección erótica. Pero ambos saben que sólo se echa la cortina cuando se intenta tapar algo. La lucidez de ella y la lucidez de él parecen coger forma e integrarse ante sus ojos, y ella siente cómo esa sustancia nacida del fornicio de sus mentes desprende un aroma dulzón que inunda la habitación. Casi duele. Y es casi hermoso. Él le pone una mano sobre el hombro izquierdo, aún cubierto por la tela de la blusa.

– Me lo voy a pensar. Prometo tenerte una respuesta para mañana.

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13 pensamientos en “Antes de que empiece mañana (II)

    • Esa es una forma interesante de verlo!!! Lo que es yo, aún no tengo muy claro que mueve a Cecilia, y mucho menos ella! (por cierto, la elección del nombre no es casual. El significado d Cecilia es “pequeña ciega” o “cieguecilla”). Esa es la idea, al fin y al cabo… construir al personaje desde su propia oscuridad.
      Un abrazo 😉

  1. Un traductor (uno de verdad) no pervierte nunca el texto que cae en sus manos. Todo lo más lo transforma, más no lo pervierte.

    Interesante juego que describes tan deliciosamente.

    Sigo con eso que te dije. Sin prisas, por supuesto.

    Jack.

    • Ajajajaja! Ya veo que te he “pisado los callos”, como se dice en mis tierras 😉
      Y en cuanto a lo otro, confieso q estás empezando a abrirme la curiosidad… Cuál será el veredicto?? Oh, oh…

  2. Me conoces bien… El orgullo profesional, ya sabes…

    Lo otro… Paciencia. Te adelantaré la idea principal para que no sufras a deshora.

    Jack

    • ‘Connotavita’, qué buena! Me ha encantado la palabra y me he inflado como un globo, jiji. De hecho (asegurándome de q significaba lo q yo entendía q significaba) me topé en Wikipedia con una definición fascinante, y q me llevó a mi epoca universitaria de un plumazo, del término connotación… Cada día se aprende algo nuevo! 😉
      Un abrazo

    • Gracias nena! Tuve dos ideas antes que esa, pero San Internet rápidamente me informó que otros escritores habían tenido la misma idea q yo para titular sus relatos… Total, q finalmente di con éste, y ahora me mola más q los descartados! :p

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