Antes de que empiece mañana

Él la recoge a las 10 en punto. Todas las veces ha llegado a las 10 en punto, así ha sido, invariablemente, desde que se encontraron en el funeral de la madre de Paco. ¿Cuántas veces habrán quedado ya, 12, tal vez 15? Ella perdió la cuenta. Pero siempre es igual. Toca el timbre, espera abajo, cuando la ve aparecer por el portal saluda con una inclinación de cabeza, le abre la puerta del coche, le da una mirada fugaz al reloj que lleva en la muñeca, cierra la puerta y entra él.

Ella lo mira y no puede evitar recodar el día del funeral, hace poco más de seis meses. Sabía que él iría, pero habían pasado muchos años desde aquella noche de borrachera que estropeó la mejor amistad de su vida, así que pensó que no le importaría volver a verlo. En realidad nunca le gustó de forma romántica. Aunque de alguna manera siempre lo amó, para tener una relación prefería a los hombres más delgados… y más manejables. Y él, de hecho, estaba incluso más corpulento que en sus recuerdos. Pero extrañamente eso no le molestó aquel día, y hasta se atrevería a afirmar que sintió que tenía que ser así, que en el caso de Víctor no podía ser distinto, o que perdía algo si era distinto. Además, conservaba todo su pelo –y eso se podía decir de muy pocos de los asistentes-, una mata tupida y oscura que invitaba a hundir los dedos en ella, y los años lo habían dotado de una elegancia que, si bien ya se le adivinaba en su época universitaria, ahora estaba evidentemente respaldada por la seguridad que aporta una prolongada solidez económica.

– Te has ido.

– ¿Cómo?

Él carraspea. Por lo general no se muestra nervioso pero ahora se ve un poco intranquilo. O tal vez no es eso, pero un cierto atascamiento en sus gestos la pone en alerta. Sin embargo la sensación sólo dura un par de segundos.

– Que te has ido- repite él-. Llevas un buen rato mirando la guantera y pensando cosas muy serias a juzgar por tu expresión. Ya llegamos.

Ella se baja sin responder y cierra la puerta con más fuerza de la que le habría gustado. Dos horas de flamenco esta vez, una tortura sofisticada y cruel probablemente para nada. De nuevo para nada.

pareja bailando flamenco

– Me temo que mis panoramas están empezando a aburrirte –sugiere él a la salida, y espera unos segundos antes de agregar-: O eso o algo te molesta hoy. ¿Me equivoco?

La tentación le guiña un ojo, pero ella la desecha con un parpadeo. Decide volver a jugar la carta de la contención, ya que mientras más pasa el tiempo y más se desespera, más se da cuenta de que le importaría mucho estar equivocada respecto a los sentimientos de él.

– No me apetece volver a casa en seguida esta vez. ¿Me invitas a una copa?

– No sé, es tarde. ¿Otro día?

– ¿Tarde para qué? Mira, si es por el dinero yo invito- contesta en tono ligeramente desafiante, aprovechando su propia risa para apretar las correas del bozal que le ha puesto a su impaciencia.

Él sabe no puede eludir el asunto. No parece del todo cómodo con la idea pero ella decide pasarlo por alto.

– Sabes que no es por dinero. Venga, te invito a una copa- le dice dando una nueva mirada al reloj.

– Mira, ahí hay un garito en el que ponen unos mojitos de puta madre. No te vas a arrepentir.

Lo coge del brazo con un gesto espontáneo y él reacciona como si hubiera recibido una pequeña descarga, no del todo desagradable pero tampoco confortable. Ella se da cuenta entonces de que es la primera vez que lo toca, la primera en años al menos. Que ni siquiera en lo de Paco se besaron para saludarse. Lo suelta con suavidad como si el gesto naciera puro de cualquier tipo de deseo, limpio de pensamiento, y echa a andar. Él la sigue.

Una vez dentro del atestado local le permite tomarse cuatro mojitos y él hace lo mismo sin perder la compostura. Permitir, el verbo se le viene a la cabeza junto con una sensación vagamente inquietante. Porque aunque es ella quien llama al camarero y pide más, hay algo en la mirada de él que la hace sentir como una niña que está tanteando la paciencia de papá, echando con timidez pero descaro más y más caramelos en el carro de la compra mientras teme –y ansía a la vez- el momento en que le digan basta. Con amor, pero ya sin paciencia.

MojitosCuando terminan la cuarta copa él, sin consultarle, pide la cuenta con un gesto adusto, parecido a un chasquido de dedos sin sonido. Ella no recordaba esos ademanes. No le gustan, pero igual le gustan. Le da una mirada prolongada y él en ese momento decide no esperar la cuenta y deja un generoso puñado de billetes sobre la mesa poniéndose de pie. Al hacerlo pierde levemente el equilibrio, y ella se le arroja encima con el sigilo presto de un cazador.

– Ni de coña voy a dejar que cojas el coche, no estás en condiciones. Además, no estamos tan lejos, y hace una noche estupenda. Vamos a caminar.

No le dice “si te opones lo estropeas”, pero el mensaje es tan palpable en sus ojos que él se deja guiar hasta la salida. Una vez fuera  el aire de la noche parece devolverle su fuerza, como si su hombría volviera a recuperar una cierta verticalidad fugazmente perdida.

– Esta vez se van a invertir los papeles- dice ella tras unos minutos de caminar en silencio, casi en un susurro.

– ¿A qué te refieres?

– Bueno, tu casa está camino a la mía, así que hoy yo te voy a dejar en la puerta.

– Ni loco. Te dejo en tu casa, como corresponde.

– ¿Siempre haces lo que corresponde? No te recordaba tan apegado a la… ‘correspondeidad’.

– ¿Correspondeidad? Veo que no has perdido el hábito de inventar palabras con todo el morro.

– ¿Es eso lo que temes? ¿Qué se vuelva a ir al carajo nuestra amistad?

Él suelta una carcajada breve, afilada casi.

– Cecilia, no te engañes. Nosotros ni somos amigos ni somos los de antes. ¿Crees que una amistad se forja en unos cuantos encuentros, hablando de política y de recuerdos del pasado? Somos un hombre y una mujer a punto de tomar una decisión, eso es todo.

– No entiendo por qué me hablas así.

– Porque después no quiero reclamos. Nunca te ha faltado capacidad para entender, la claridad siempre ha sido tu bendición, y también tu maldición. Otra cosa es que elijas no ver las cosas.

– ¿Y qué estoy eligiendo no ver?

– Que todo tiene consecuencias. Y que es probable que me conozcas menos de lo que crees.

Algo en la dureza de sus palabras le resulta vigorizante, como si al hablarle con esa severidad le fuera exfoliando ideas muertas que se le habían ido quedando adheridas a la piel sin que se diera cuenta. Sin embargo le incomoda al mismo tiempo la sensación de irse quedando en carne viva frente a una estatua ataviada de plumas de vivos colores. En algo tiene razón al final: Ella empieza a entender que no lo conoce. Y es en ese vértigo donde comienza a alimentarse una resolución, tan sólida que no importa hacia donde deba dirigirse, sólo importa la incorruptible materia que la conforma. Cuantas veces se ha perdido antes por un impulso, alcanza a pensar, y sin embargo es siempre como volver a nacer.

Antes de meter la llave en el portal él vuelve a preguntarle si está segura. Ella le devuelve una sonrisa inequívoca, pero lejos de darse por satisfecho con esa respuesta él le ofrece a su vez una mirada impaciente, algo irritada. Ella retrocede medio paso, confundida. Él se acerca con la suavidad de un felino bien alimentado y le roza la palma de la mano.

– Sólo quiero recordarte que tú has propuesto esto. Lo has propuesto y lo has conducido. Y eso está muy bien, y me gusta, pero necesito que te hagas responsable de ello. De que estás aquí porque quieres, no porque fuiste seducida con malas artes o atraída con promesas imposibles.

– ¿A dónde quieres llegar?

– Eres una mujer fascinante, pero no puedes controlarlo todo. No todo puede ser a tu ritmo, de la forma que quieras y cuando tú quieras o necesites. Yo te tomo muy, muy en serio. Y por eso no te voy a insultar haciéndote perder más el tiempo. En vez de eso te voy a decir lo que necesito de ti, lo único que necesito porque en lo que respecta a lo demás, para mí lo tienes todo.

– ¿Entonces? ¿Qué es eso que necesitas?

– Ya lo he dicho. Que sueltes el control.

– Ya, pero eso qué significa en términos concretos. Y ya que estamos, ¿qué pasa con lo que yo necesito?

– Si yo soy lo que necesitas o no, tendrás que encontrar tu propia manera de descubrirlo. Por mi parte te estaré muy agradecido si me informas al respecto cuando lo averigües. Y respecto a tu primera pregunta, sólo me resta decirte que una vez que cruces el umbral de este edificio estarás en mi casa, en mi territorio, así que es mi juego el que vamos a jugar esta noche. O sea, y si lo quieres más claro, las reglas las pongo yo.

– ¿A qué reglas te refieres?

– A todas. A absolutamente todas ellas- suelta encogiéndose los hombros, como si estuviera diciendo lo más natural del mundo.

Una vez que el abre la puerta ella mete un pie dentro, pero deja el otro fuera. Con los puños simula la forma de una trompeta y tararea una melodía inventada, al tiempo que hace una reverencia. Al ver que él no se ríe hace un puchero y entra al edificio dando un saltito desprovisto de solemnidad. No alcanza a dar dos pasos cuando la voz de él le llega como un proyectil directo a la espalda.

– ¡Quieta!

Ella se queda estática, los brazos levemente extendidos, el gesto congelado en la cara. Tiene que hacer esfuerzos por no reírse cuando él se pone frente a ella, con cara de estar resolviendo un problema matemático. Él se acerca un poco más y le pasea los dedos a milímetros del cuerpo, desde las caderas hasta el hueco de las axilas, levitando con parsimonia por la curvada ruta de sus costados. Ella siente como el calor empieza a zumbarle impaciente en la parte baja del vientre, pero antes de que el aviso tenga tiempo de recorrerle todo el cuerpo él le aprieta los pezones con dos movimientos idénticos, y los hace girar con fuerza en el sentido de la agujas del reloj. A ella se le escapa un grito agudo, mientras la sorpresa se le derrama en la cara con la precisión tibia y licuada de un chorro de esperma. Aún así no se mueve. “Así que de eso se trata”, se dice. Intenta poner la mente en blanco concentrándose en su respiración, pero todo su cuerpo es una sola palpitación furiosa. Piensa que podría sumergirse en el charco que tiene entre las piernas, mientras a lo lejos comienza a maullar un gato. Probablemente se trate de un gato bebé, piensa, y siente un deseo casi insoportable de ser abrazada.

-De cualquier manera -dice él de pronto, como si retomara alguna conversación interrumpida- lo mío es más la dominación que el dolor, esto sólo ha sido una pequeña tentación fuera de contexto. Verás, ocurre lo siguiente: lograr dominar, aunque sólo sea a niveles superficiales y durante unos instantes, un espíritu como el tuyo me parece una verdadera obra de arte. Eso es lo que me interesa, contenerte. No andarte dando azotes.

Ella no esconde su decepción, más bien la exagera con una mueca infantil, a lo que él responde rápidamente:

– Bueno, eso no significa que no pueda darte un gusto de vez en cuando. Aunque en tu caso, creo que mejor dejamos eso para los premios.

dedo en ascensorComo si recordara de pronto donde están, él se dirige al fondo de la estancia y pulsa el botón para llamar al ascensor. Después le hace un gesto para que lo siga. Ella lo hace preguntándose si el siguiente plato en el menú será el típico polvazo dentro de la caja metálica, tórrido, manido, pero aún así con un puntillo indispensable. “¿Tendrán todos los ascensores un botón para detenerlos cada vez que a uno le apetezca”, se pregunta. “Lástima, eso sí, que llevo mis medias caras”, agrega para sí, esbozando una media sonrisa. Espera a que él entre primero y se pone a su lado. Se cierran las puertas y el aparato se pone perezosamente en movimiento.

– Cuando vayamos en el ascensor quiero que te pongas delante, sin mirarme. Exactamente delante de mí. Quieta y sin hablar. Sin importar lo que pase.

Ella no responde. Se cambia de posición sintiendo que se le tensan hasta las pestañas. Aguarda un gesto de él, un sonido, pero no hay nada.

Cuando están por llegar a la planta octava él hace un movimiento que ella no ve ni espera y el ascensor se detiene. “Así que tenía el botoncito de marras”, ríe para sus adentros, pero esa risa que se traga como un hipo sólo consigue ponerla más nerviosa. Decir que tiene un nudo en el estómago es quedarse cortos; tiene un puño, y le está empezando a explorar las entrañas con sus nudillos impúdicos. “¿Y él, qué hace?- se pregunta- ¿Me está mirando? ¿Se está tocando sin hacer ruido? ¿Por qué no se mueve?”.

Empieza a contar los segundos, pero en cada segundo que cuenta hay una pulsación que la reclama, un sentimiento de ascendencia escalonada que le empieza a resultar difícil de dominar. No tiene ni la más mínima idea de qué puede pasar en el momento siguiente y la sensación la llena de vértigo. De pronto le parece sentir la mirada de él sobre la parte posterior de su cuerpo como si la tocara realmente con los ojos, con toda la densidad de su invisibilidad al acecho. ¿Está él igual de expectante? ¿O sólo el reverso que ella recibe atravesándole por detrás hasta casi desgarrarle el vientre? Siguen pasando los segundos, muchos ya, y siente que está a punto de caer, que le empiezan a temblar las piernas.

Se le agita la respiración y cree vislumbrar el límite de lo que puede aguantar. ¿Cómo es posible? ¡Si no ha hecho nada! De pronto desea con todas sus fuerzas desabrocharse la blusa, descolocarlo, hacerlo reaccionar de alguna manera, y al mismo tiempo librarse ella de esa sensación de ahogo que se le va acercando a la garganta. Aún sin moverse de su sitio, emite un gemido tímido, inclinando levemente el cuerpo, como si le hubieran dado un golpe suave en el estómago. Lo siente acercarse, pero no llega a rozarla. Su voz la saca del remolino que había empezado a reclamarla.

– Respira. Lentamente.

Al oírlo recobra parte de su serenidad. Como no quiere regalarle el espectáculo de su agitación, decide concentrarse en sus propias divagaciones. “Así que se le pone dura pensando en dominarme. Le parece una obra de arte, dijo, o algo así. Aunque sólo sea… ¿durante unos instantes? ¿Y los otros instantes qué?”. Por momentos piensa que esa frase es una tabla de salvación, pero en seguida se da cuenta de que en ella no caben los dos. O mejor dicho, lo que tiene es una promesa de salvación que sólo se ofrece bajo la forma de dos tablas separadas.

Nuevamente siente que él hace algo detrás de ella, y el ascensor reanuda su movimiento. Casi de inmediato se detiene y se abren sus puertas. La imagen que se ofrece a sus ojos la hace sentir como un trozo de carnada a punto de ser engullida por dos enormes piernas metálicas que apenas pueden disimular su hambre, y echa el cuerpo hacia atrás en lugar de salir al pasillo.

– ¿Ocurre algo? – Junto con la pregunta él le da un suave empujón. A ella le desagrada el gesto.

– Sí, la verdad que sí, aunque no sé si es el momento…

– Dímelo.

– Quisiera saber si esto también será así cuando estemos en la calle, o en mi casa, o donde sea. Si pretendes que me saque las tetas delante de desconocidos para probar mi obediencia o chorradas de esas, y,  en caso de que esta relación vaya algún día hacia alguna parte, si podré comportarme de forma normal cuando vayamos juntos de visita a ver a mi tía Eduvigis, por ejemplo.

– No sabía que tuvieras una tía Eduvigis- Él apenas puede contener la carcajada. A ella, por su parte, no se le escapa la falta de reacción de él ante el uso de la palabra “relación”.

– Ya sabes a qué me refiero, tonto. Es una forma de decir. Lo que quiero saber es si podré seguir siendo yo misma. Actuar libremente, tomar iniciativas. ¿Podré comerte la polla simplemente porque me apetece o tendré que esperar a que me des permiso? No sé, eso de regalar toda tu voluntad de un plumazo y para siempre… ni me convence ni me parece tan valioso. Creo que tiene más peso esa voluntad q nace del querer interno y se regala una y otra vez, que se renueva en cada entrega, y no una voluntad de cartón que vale para todo, nacida al calor de un pacto cutre.

– ¿Voluntad de cartón nacida al calor de un pacto cutre? Dios mío, ¿pero tú escuchas las cosas que dices? ¿De cuál estás fumando?

– Sólo a veces

– ¿Sólo a veces qué? ¿Sólo a veces te escuchas? ¿O sólo a veces fumas de la buena?

Ella no responde y él deja que la sonrisa se le deshaga lentamente en los labios, aunque a ella le parece que conserva una parte entre los dientes. Se acerca entonces y la arrincona contra la puerta de entrada plantándole delante la incuestionable evidencia de su cuerpo despierto. Con la mano derecha le coge el mentón, con un movimiento no exento de fuerza, y le acerca la boca al oído, aunque no baja el tono de voz al hablar.

– Nada deseo más que tú sigas siendo tú y estar ahí para verlo. No quiero coartarte sino todo lo contrario. Quiero ser testigo de cómo te… expandes. Me gusta tu mala leche, tu tozudez, tu gusto por los juegos y los desafíos. Pero aquí, y escúchame bien, aquí en mi casa se hace lo que yo digo. Aquí eres para mí.

– ¿Y afuera?

– Afuera me tienes a tus pies, como siempre ha sido-.  Y antes de abrir la puerta añade, como si quisiera aligerar su última frase-: Confío, además, en que fuera de estas cuatro paredes esas cualidades que te definen sigan estallando en toda su belleza, más que nunca incluso. Como una sinfonía interpretada sólo para mí. Porque seré el único capaz de saber todo lo que esa expresión de tu libertad significa.

– Víctor…

– ¿Sí?

– ¿Sigues enamorado de mí?

(Atribución de crédito para la primera imagen: Jack.Q / Shutterstock.com)

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28 pensamientos en “Antes de que empiece mañana

  1. Cómo no continúe me temo Ava que tendrás a una muchedumbre furiosa persiguiéndote eternamente reclamando las ideas que revolotean en tu cabeza jajjaaja
    Conclusión, me ha encantado 😉

    • Ajajaja, cómo me haces reir!!!
      Sólo por eso tendréis continuación del relato 😉
      Bueno, tal vez me estoy pasando un poco. Confieso que fue darle a publicar y se me empezaron a ocurrir unos diálogos de lo más estimulantes entre Víctor y Cecilia. Y es que para que andamos con cosas, cuando los personajes se apoderan de mí ni el Chapulín Colorado ni yo misma podemos defenderme!

  2. Me encantó el desarrollo del relato, el final es excelente. Al final de todo, la amistad es lo que menos cuenta una deformación enmascarada de la atracción que está implícita entre los protagonistas…

    Buenísima tu prosa, Saludos,

    Aquileana 😉

  3. Mi estimada Ava,
    He recomendado la lectura de este relato tuyo a una amiga que comparte algunas inquietudes contigo.
    Un beso, mi querida amiga.

    Pd: otro más.

  4. Pingback: SOS relatos eróticos | Ava y el sexo

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