El amor en los tiempos del látex (VI)

– Después de tu partida dejamos de tener sexo con Joaquín –comenzó Marta encendiendo un cigarrillo. Es curioso, porque estábamos más unidos que nunca. El dolor nos volvió uno. Dormíamos desnudos, con los cuerpos pegados, abrazando el mismo vacío. Ni siquiera nos dejaste una nota, Cris.
– Os vi.
– ¿Cómo?
– Que os vi, saliendo de esa clínica, y por favor no me digas que no sabes de qué hablo. Navidad de 2009. Supuestamente estabais en el pueblo, visitando a tu padre, pero no. Durante meses intenté convencerme de que había sido un error, o al menos algo que podía pasar por alto. Pero me fue comiendo por dentro.
– No era una decisión que te correspondiera tomar. Era mi cuerpo.
– Joaquín también estaba allí.
– Era su esperma…
– ¡Oh, por Dios!
– Cris, yo sé que visto así suena horrible, pero nadie hizo nada con la intención de herirte. No habríamos podido soportar que te opusieras. Nos habría destruido.
– ¿No lo entiendes? No puedo verlo de ninguna otra manera. Vosotros me marcasteis la posición. Desde esa primera conversación que tuvisteis sin mí, en la que os nació el temor de que yo podría querer algo distinto. Ese fue el germen.

Marta no contestó. Sentada en el borde de la cama, su expresión era un anticipo de la derrota. “Tiene los pies tristes, nunca lo había notado”, pensó Cristina, fijando la mirada en la moqueta durante algunos segundos. Cuando volvió a hablar lo hizo tan bajo que a Marta le costó entenderla.

– Yo también tenía derecho. También era mío.
– ¿Lo habrías querido?
– ¿Sabes qué? Hasta el día de hoy no lo sé. No pude llegar al punto de saberlo. Me apartasteis para después volver a colocarme en el cuadro, como si no fuera a notar que algo se había roto y que lo habíais pegado con cola. Y era yo. Yo era el trozo que se había roto. Las cosas no funcionan así.
– Cris…
– No he terminado –cortó con sequedad-. Hasta estar con vosotros siempre había sentido que un sexo espectacular era sinónimo de una relación sana. Que no podía ser de otra manera. Pero también me quitasteis eso. Porque con vosotros tuve un sexo de puta madre, el mejor de mi vida, todo comunicación… ¿pero y fuera de la cama? Ni siquiera sabíamos eso los unos de los otros, qué futuro queríamos. Y fueron más de cinco años viviendo juntos.
– Hablas de “vosotros” como si fuéramos una unidad indivisible, pero ¿qué hay de ti? Apenas pusiste un pie en el hotel te follaste a Joaquín en el baño, y sin embargo a mí me sacas en cara cosas que pasaron hace años, en las que él también participó.
– No tenía intención de terminar hablando de estos temas. De hecho, no tenía intención de terminar hablando de nada esta noche- contestó Cristina con tono neutro, sin tener claro si interpretar ella misma su última frase como una invitación o como un cierre.

Marta se puso lentamente de pie y se dirigió a la salida. Al volver traía a Joaquín de la mano.

– Jan se fue a dormir, el muy canalla. Qué, ¿seguimos con la fiesta? -, preguntó él nada más entrar.
– Cristina nos vio salir de la clínica. Lo sabe. Ya lo sabía.
La sonrisa de Joaquín se esfumó. Cristina fue testigo de su salto, que si bien duró unos instantes lo llevó muy lejos. ¡Había tanto que escarbar y Joaquín era tan débil, tan conmovedoramente débil!
– Fue idea mía. Yo le pedí a Marta que no te dijera nada. Yo no lo quise tener.

Imagen silueta mujerNinguno de los tres se planteó entrar en festividades eróticas después de lo que habían hablado. Las palabras dichas se le sabían ido quedando pegadas al cuerpo como una lluvia fina pero persistente, y el silencio que al final lo coronó todo se esparció entre ellos como aire helado. Jan se había quedado dormido en unos de los sofás de la salita de estar y ahí lo dejaron. Sólo había una cama. Cuando se metieron en ella Cristina eligió el rincón, y se acurrucó dándoles la espalda. Marta se pegó suavemente a su cuerpo abrazándola por detrás. “Tienes que perdonarnos, Cris”, musitó Marta en su oreja. “Lo que teníamos no lo tenía nadie”.

Era cierto, al menos para Cristina. Aunque hubieran podido contar a gritos la verdadera naturaleza de su relación, seguiría habiendo algo que sólo ellos habían compartido, más allá de la complicidad que les daba ocultarse a casi todos. Entendió entonces su sentimiento de orfandad de los últimos años, entendió –y el descubrimiento fue como un desgarro en el estómago- que aunque siempre se había sentido apartada, nunca conocería la pertenencia más que por la sombra que le había dejado su relación con Marta y Joaquín. Cansada de todo, se entregó a su herida reabriéndose, y al hacerlo todo su cuerpo comenzó a relajarse.

Atenta a sus reacciones, Marta le pasó un brazo por el costado, poniéndole la mano sobre el vientre. Cristina tembló levemente al sentir su contacto e, inclinando la cabeza hacia su hombro izquierdo, le ofreció la curvatura de su cuello como si se tratase de una tregua. Marta aspiró suavemente el aroma del perdón y comenzó a pasarle las yemas de los dedos por el pelo.

– Nunca más te vamos a dejar fuera, de nada- susurró. Nunca más habrá secretos.
– ¿Tu padre…? – preguntó Cristina de pronto, soltando el pensamiento como un hipo.
– Ese sí que nos ha dejado fuera, del testamento y de todo- intervino Joaquín desde su orilla-. Pero no nos importa. Porque nos tenemos a nosotros, ¿no?
– Sí, nos tenemos a nosotros- contestó Cristina girándose hacia ambos. Entonces posó con suavidad sus labios en los de Marta, sintiendo que encontraba un rincón cálido y perdido de su infancia después de haber hecho un largo viaje a la intemperie.

corazones trioSe despertaron abrazados como en los viejos tiempos. Al salir de la habitación, se encontraron con Jan, vestido sólo con una toalla en la cintura, que los esperaba para desayunar. El hotel no había escatimado en manjares, y todos tenían un apetito voraz.

– ¿Habéis dormido bien?- preguntó Jan con una sonrisa cómplice en la cara.
– Fantásticamente- contestó Cristina sentándose-. ¿Alguien quiere un cruasán?

Comieron entre risas y bromas, con la luz de la mañana entrando por los enormes ventanales que Jan se había encargado de desnudar antes de que los demás se levantaran. Compartieron la comida de sus platos, se rozaron brazos y piernas, intercambiaron miradas significativas y gestos cómplices. Cuando había desaparecido hasta la última miga, Jan echó el cuerpo hacia atrás y con una gran sonrisa de satisfacción se dirigió a Cristina.

– ¿Entonces, te vienes con nosotros?

Como si hubiera pulsado un interruptor, se hizo el silencio. Cristina enfrentó su mirada a las de sus acompañantes y pudo notar como cada uno leía en sus ojos una cosa distinta. ¡Dios, quería ir con ellos, cómo lo quería!

– Dime una cosa Jan – preguntó con un deje de melancolía en la voz-. ¿Te gustaría tener hijos algún día?
– ¿Hijos?- respondió él confundido-. ¿Quieres tener hijos?
– No se trata de eso, quiero saber qué quieres tú. Y Marta, y Joaquín. No puedo hacerlo de otra manera.
– Cristina, lo hemos dejado todo por ti-, suplicó Joaquín.
– Ya lo sé. Todos hemos dejado cosas. Pero ahora es el momento de compartir las que tenemos. Así que te vuelvo a preguntar – replicó Cristina fijando la mirada en Jan- ¿Te gustaría tener hijos algún día?

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12 pensamientos en “El amor en los tiempos del látex (VI)

  1. Y luego tienes la cara de decir que yo dejo las cosas a medias… al menos en mi relato no tengo que ir con un manual de uso…

    Se complica la trama… ¿Hace falta decir que con este relato me estoy relamiendo como el oso-gato goloso que soy?

    Me encanta.

    Como tú.

    Besos,
    Jack.

      • Relax, querida amiga. Que te he asustado sin querer. No, no está muy complicado, lo único que le pasa a este panda es que tiene la sensación de no saberlo todo -cosa que no le pasa a la autora, obviamente- e intuyo que hay mucha historia entre este trio convertido en cuarteto, como la boda forzada por el papi, y ahora la sorpresa de este embarazo interrumpido, que deja la duda de “¿qué diablos pintaba Marta en tal decision?”.

        No, el asunto no está confuso. Simplemente veo que hay “more than meets the eye” y eso me deja intrigado, tesoro.

        Más besotes, para que se te quite esa carita de susto,
        Jack, el oso patoso

    • Yo no puedo hacer eso Caro, tienes que hacerlo tú misma porque de lo contrario los que escribimos en blogs podríamos pasarnos la vida bombardeando a nuestros amiguitos con entradas a tutiplén… Tienes que ir a la columna de la izquierda, donde dice “sigue mi blog”, darle a seguir y ahí poner tu dire 🙂
      Abrazote!!!

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