El amor en los tiempos del látex (V)

Bath salt. Judy van der Velden. http://www.flickr.com/photos/judy-van-der-velden/8138047928/ (CC).– ¿Estás bien?

Sobresaltada, dio un pequeño respingo. No lo había sentido entrar. De espaldas a la puerta, estaba arrojando puñados de sales aromáticas en el enorme jacuzzi que presidía el cuarto de baño, totalmente atrapada en la descarnada -y a ratos absurda- batalla que sostenían sus pensamientos. Soltó el último de ellos, el que tenía más a mano.

– Son Marta y Joaquín, ¿sabes? Siempre habrá un punto impenetrable en ellos.
– No te equivoques Cristina, las personas cambian. Y Marta y Joaquín son personas, ¿no?

En lugar de contestar, abrió el frasco de aceite perfumado y vertió un chorro en el agua. Jan aprovechó la pausa para continuar hablando.

– Pero si hay algo que nunca cambió fue lo que sentían por ti. Nunca. Y yo… bueno, siempre me pareció que les faltaba algo, no estaban completos. Así que yo tampoco podía estarlo.
– ¿Fue tuya entonces la idea de ir a buscarme? –preguntó ella, incapaz de decidir si eso le gustaba o le producía tristeza.
– En parte. Joaquín fue el primero en hablar de ello, pero tenía miedo a tu rechazo. Yo creo que trataba de convencerse de que todo saldría mal para después no sentirse tan desilusionado. Marta en cambio se mostró más optimista. ¿Vas a rechazarnos Cristina?

Mientras hablaba él se había ido acercando hacia ella, hasta quedar pegado a su cuerpo. Ella no se movió. Jan le colocó las manos en las caderas con cautela y cogiendo la camiseta por los bordes comenzó a subirla, sin dejar de mirarla los ojos. Ella sostuvo su mirada y levantó los brazos.

Quitarle los pantalones le tomó un poco más de trabajo, ya que los vaqueros que llevaba eran bastante ajustados y sólo pudo bajarlos hasta la mitad del camino. Cristina intentó colaborar sacudiendo las piernas, pero terminó enredándose entre los brazos de Jan y los dos fueron a dar al suelo. Aprovechando la cercanía de sus bocas comenzaron a besarse con hambre, entre carcajadas y chillidos, haciendo tal escándalo que Joaquín asomó la cabeza.

– Vaya dos, ¿habéis empezado sin mí? Gringo cabrón, deja algo para los demás.
Be my guest –le contestó él poniéndose de pie sin hacerse problema. Yo estoy bien por ahora.
– Pero te quedas, ¿no?
– Claro. Si a Cristina no le importa.
– A Cristina no le importa- contestó la aludida entrando en el agua-. Pero antes me gustaría veros un rato. Para terminar de relajarme.

pareja_sexualidadMarta y Joaquín siempre habían sido -juntos- una fuerza de la naturaleza, un espectáculo que al primer contacto escupía colores incandescentes al frente a su mirada. Tal vez por eso nunca había terminado de sentirse partícipe, porque siempre le parecía que no estaba dentro del cuadro del todo, que de alguna manera profanaba un territorio cuya esencia reclamaba su dualidad. Algo se pervertía sutilmente con su presencia, que por muy activa que fuese -por ejemplo cuando le tocaba elegir o estar en control- no dejaba de ser la de una espectadora. Eso, al principio, no le ocurría estando con alguno de los dos por separado, pero con el tiempo el gran ojo observador del tercero ausente, ya fuera Marta o Joaquín, no dejó espacio para más, y lo que era una sensación vaga terminó transformándose en una incomodidad persistente. De ahí al miedo a ser despojada de todo sólo había existido un paso. Entre Joaquín y Jan, en cambio, existía una belleza más delicada y menos salvaje, que a Cristina le recordó a un mar en calma rozando la orilla con sus labios de sal. Algo en ellos invitaba a la inclusión. Cerró los ojos y se sumergió, llevándose a las perfumadas profundidades del jacuzzi la imagen de esos dos hombres tocando sus cuerpos desnudos y uniendo sus bocas para satisfacerla.

Seguía amando a Joaquín. Nada se había debilitado en ese sentimiento que se había negado de incontables maneras a desaparecer. Como gran triunfo, había conseguido despojarlo de visibilidad a lo largo de los años, pero no de sustancia, y supo entonces que siempre había estado allí, alimentándose de sus entresijos como una garrapata silenciosa. También supo que podría llegar a amar al gringo, porque más allá de sus enigmas y su laconismo había algo bondadoso en él.

Cuando se cansó de aguantar la respiración y resurgió de entre las aguas pudo ver a Jan paseando las puntas de sus dedos por la polla erecta de Joaquín. Cristina les hizo un gesto con las manos, invitándoles a acompañarla. Jan negó con la cabeza y se sentó en la taza del váter, echando el cuerpo hacia atrás. También él tenía una erección considerable, pero se limitó a acariciarse con parsimonia desde su improvisado punto de observación.

– De verdad que me apetece mirar.
– Mira entonces. Habrá tiempo para todo, no nos corre prisa- le contestó Joaquín uniéndose a Cristina.

Ella lo recibió con un beso húmedo, y la ausencia del gringo entre sus labios se coló por su garganta como un sabor más de los que le regalaba la boca de Joaquín, ligeramente amargo. Estuvieron así un rato, dejando que sus lenguas se buscaran entre jadeos y burbujas, hasta que ella se volteó para apagar el jacuzzi. El botón estaba sumergido, así que para alcanzarlo tuvo que acercar el pecho al agua y levantar el culo, dejando sus nalgas al descubierto. Joaquín soltó un silbido.

– Ya veo que estuvisteis jugando a los latigazos. Bonitas marcas las que te dejó Jan ahí. Pero bueno, no son profundas, así que no hay nada de qué preocuparse. En un par de días casi no las notarás.
– A Jan le va la marcha- contestó ella con una risita-. También tuvo lo suyo.
– Sí, ya me lo imagino.
– A mí también me va- continuó Cristina, girándose hacia Jan con una expresión de coquetería suplicante-. Y pocas veces se tiene una oportunidad como ésta. ¿Seguro que no te animas? Me encantaría sentir cómo me compartís.
– Créeme, ganas no me faltan, pero… es complicado de explicar. Digamos que creo que ésta no es la ocasión. Que os toca a vosotros. Además, no tenemos lubricante- resumió Jan con practicidad.
– Ya- concedió ella sin volver a mirarlo-. Como prefieras.

Dispuesta a dedicarle toda su atención a Joaquín, le indicó que se pusiera de pie al tiempo que ella se arrodillaba. Sacó la lengua y comenzó a lamerle la punta con movimientos pausados, hasta que sintió una humedad espesa y salada descender por su garganta, mezclada con un ligero gustillo a jabón y rosas. Como si con ello se le hubiera desactivado algún tipo de mecanismo que la sujetara, abrió la boca y se metió dentro todo lo que le cupo, teniendo cuidado de no rozar el grueso miembro con los dientes. Los movimientos se fueron acompasando y se hicieron más intensos. Joaquín soltó un gemido que  le llegó envuelto en el denso silencio de Jan. Más que excitada se sentía alerta, como si coronando todo el cúmulo de sensaciones que la habitaban estuviera la extrañeza que le generaba adquirir la sustancia de lo observado, producto de un complejo proceso de alquimia interna que no era capaz de desmontar, aunque sí lo era de darse cuenta de que sólo se producía gracias a la sigilosa presencia del gringo en el cuarto de baño. Antes de que sus pensamientos la sacaran por completo de la situación, Joaquín la alzó por los hombros  y la colocó mirando hacia la pared con los brazos en alto.

– Inclínate un poco nena, que ya no aguanto más.

Ella le obedeció y él la penetró con un movimiento certero, agarrándola con fuerza del pelo con la mano derecha. Tras unas cuantas embestidas profundas le soltó el pelo y le pasó la mano por delante, aprovechando la resbaladiza piel de su vientre para descender en un trayecto impecable hasta la entrada de su vagina. Al sentir el roce de sus dedos alrededor del clítoris Cristina cayó en una espiral aterciopelada que, pese a marcarle un camino claro, parecía contener el infinito. Perdió la noción del tiempo. Los escalofríos comenzaron a acumularse en su columna, y ya se preguntaba cuánto más podría aguantar cuando Joaquín la abrazó con  fuerza y liberó un bramido que pareció traspasar las baldosas de la habitación.

Cuando salieron del agua los esperaba Jan con dos toallas blancas de esas que parecían no haber sido utilizadas nunca. Al acercar la suya al cuerpo de Cristina la rozó sin querer y ella se estremeció soltando un ruidito irreconocible. Jan le regaló una mirada larga.

– La Cris no se ha corrido. Nunca ha sabido mentir con eso. Y yo no sé qué me pasó, pero me quedé muerto, tío. En serio, qué falta de solidaridad la tuya-, rezongó Joaquín.

Cristina se volvió hacia la pared ya que no le apetecía ser testigo de otra negativa. Además, si bien lo que Joaquín decía era cierto, no se sentía precisamente insatisfecha, y la situación podía solucionarse más tarde de alguna otra manera. “No necesito de la caridad del gringo, y mucho menos de su polla posiblemente homosexual”, se dijo, intentando con ese pensamiento infantil adelantarse a otra decepción.

Pero contrario a lo esperado, él se puso de pie con un movimiento enérgico y cogió el frasco de aceite y dos toallas más, que dejó sobre el piso. Adivinando sus intenciones, Joaquín extendió las toallas y colocó a Cristina a gatas en una de ellas, poniéndose él al frente en una posición similar. La estaba besando cuando Jan le vertió sobre la espalda un generoso chorro de aceite, que fue dirigido hacia la entrada de su ano con un movimiento certero. Ella comenzó a masturbarse aprovechando los regueros de aceite que le habían quedado alrededor de los labios. Concentrada en la tarea, lo sintió entrar como un cuchillo partiendo mantequilla.

Cada embate del gringo le agarraba la garganta como un puño candente, para repartirse después por todo su cuerpo en ondas de vértigo. Se dejó ir, borracha de su propia sustancia, abandonando cualquier control sobre la situación. Esperaba un orgasmo majestuoso, pero en cambio de encontró con un cúmulo de pequeñas explosiones, cada una con su textura propia, que se sucedieron en coletazos superpuestos que parecían no terminar. Después todo quedó en calma.

– ¿Y Marta? – preguntó Cristina rompiendo el silencio.
– Estará poniéndose cómoda. Ya sabes lo coquetas que sois las chicas.

Como si la hubieran convocado con sus palabras, Marta entró justo en ese momento y Cristina no pudo evitar fijar la mirada en las cuidadas uñas de sus pies, lágrimas ovaladas de un rojo furioso vertidas cual ofrendas sobre sus blancos y perfectos dedos. Llevaba un elegante camisón de seda negra, corto y ceñido al cuerpo, y se había quitado los adornos del pelo, que se derramaba libre sobre sus hombros y espalda.

– Estaba esperando que terminarais. ¿Os importa que tengamos un momento a solas Cris y yo? Podéis buscaros la vida por vuestra cuenta, no será la primera vez.
– ¿Qué pasa amor? ¿Te pusiste tímida de golpe? – le preguntó Joaquín con risa, pero sin poder evitar un deje de decepción en la voz.
– Piano piano querido. ¿Vienes Cristina?

La siguió, aunque hubiera preferido quedarse tumbada, disfrutando de los últimos coletazos de su orgasmo fragmentario. No sabía por dónde le iba a salir Marta aunque lo sospechaba, así que no las llevaba todas consigo. “Chicas –se dijo antes de cerrar la puerta de la habitación-. Esa necesidad que tienen de conversarlo todo”.

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12 pensamientos en “El amor en los tiempos del látex (V)

  1. Una vez más me dejas pensativo y con curiosidad. Y lo que se traen ellas entre manos no es lo que me da vueltas en la cabeza.

    Una gran escena muy bien narrada, por cierto. Dile a tu ego que consulte su agenda, por cierto 😉

      • La eterna cuestión de “¿dónde termina la voz narrativa y comienza Ava?” Ese enigma es lo que me trae de cabeza. Soy de ideas fijas, ya sabes.

        Lo de tu ego. Como mis soplidos hacen que te hinches, me preguntaba si tu ego estaría libre para charlar con el mío.

        Que ganas de soplar que tengo.

        ¿Ahora sí?

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