El amor en los tiempos del látex (IV)

imagen boda floresCuando llegó a la iglesia ya habían empezado a acumularse los primeros invitados en la entrada. No eran demasiados para los que se podían esperar en la boda de la hija del alcalde, pero aún así no pudo evitar sentirse extraña con sus vaqueros gastados y su camiseta de algodón abriéndose paso entre largos vestidos de fiesta, trajes lustrosos y tacones de infarto. La nave, salpicada de arreglos florales en blanco y lila, estaba decorada con exquisitez y evidente derroche. Se preguntó qué clase de insania temporal podría haber afectado a dos personas como Marta y Joaquín para estar dispuestos a prestarse a semejante farsa. Todo le pareció absurdo y empezó a sentirse asqueada y profundamente arrepentida de haberse dejado arrastrar por Jan hasta allí. Estaba a punto de escabullirse cuando alguien le tocó el hombro.

– Bienvenida, Cristina. Yo sabía que Jan lograría convencerte de que te unieras a nosotros esta noche. Sin duda es un chico con muchas habilidades-, le dijo Joaquín al oído en voz baja.

Ella no pudo evitar un estremecimiento al oír su voz, que le culebreó deliciosamente por la espalda durante unos instantes. Antes de girarse cerró los ojos, para atesorar ese sonido que en realidad nunca se había ido de ella. Se sintió más despierta que nunca y extrañamente calmada, como si de pronto hubiera vuelto a pisar un terreno familiar. Al mirarlo se dio cuenta que tampoco había cambiado mucho de aspecto: seguía siendo el mismo tío alto, desgarbado y moreno que había sabido acariciarle el cuerpo y el alma con esos maravillosos dedos de pianista. “¡Qué remedio! –pensó-. Vamos a ello”.

– Sólo estoy acá para cerrar las cosas de una buena vez por todas. Algo que vosotros hicisteis hace mucho, por lo que veo- contestó Cristina a modo de saludo.
– Yo no estaría tan seguro.
– ¿Ah, no? Pues a mí esta boda me parece sumamente simbólica.
– Esta boda es una farsa. El padre de Marta está muy enfermo y le ha dicho que quiere verla casada antes de morir, incluso llegó a insinuar algo acerca de su testamento. Pero en el fondo el viejo sabe cómo es su hija. Nunca ha querido reconocerlo, pero lo sabe. Lo que sí, no quiere que lo sepan otros.
– Aún así no lo entiendo.
– Nos pilló volando bajo. Fue justo después de una crisis, cuando creíamos que se iba. Al final, tampoco tiene tanta importancia. Las cosas no cambian realmente para nosotros.
– No, claro.
– ¿Cómo has estado, Cris?
– ¿Todavía tienes el piso frente al parque? – murmuró ella después de una pausa larga.
– Sí. Todo está igual que cuando te fuiste.
– ¿De verdad? ¿Con las hamacas colgando en el balcón?
– Sí. La tuya no la ocupa nadie.
– Ya.
– Extraño ver películas contigo nena. Tenías una cualidad casi infantil, un entusiasmo brillando en la mirada que no he vuelto a ver en otra persona. Siempre encontré fascinante observar el proceso que se gestaba en ti cuando estabas frente a una pantalla.
– Joaquín, no sé qué estoy haciendo aquí.
– Ese siempre fue tu problema, cuestionarse las cosas de más y disfrutar de menos. Qué importan las razones. Estás aquí y ya. Haz algo con ello.
– Felicidades.
– ¿Cómo?
– Por tu boda. Supongo que a eso he venido. A desearte toda la felicidad de mundo.

– ¿Y a mí? ¿También me deseas felicidad?

No fue Joaquín quien había formulado esa última pregunta, sino Marta, que había entrado en el edificio momentos antes sin que ninguno de los dos la notara. “Dios –alcanzó a pensar Cristina-. Está tan hermosa como siempre. O más”.

Imagen flores blancas

Cristina no sabía mucho de vestidos, pero alcanzaba a darse cuenta que el de Marta era espectacular y que le marcaba perfectamente esas curvas generosas que tanto recordaba. Tanto el vestido como los rubios y rizados cabellos de la novia estaban decorados con pequeñas florecitas blancas y moradas, a juego con los colores del lugar. Toda la seguridad que sintió frente a Joaquín se le esfumó en segundos. De pronto le pareció estar soñando, a tal punto se le antojó la presencia de Marta irreal: Una belleza del Renacimiento vestida de blanco furioso y con una sonrisa angelical en la cara. Cristina solía pensar que ofrecían un interesante contraste las dos, Marta como la perfecta y nívea madona y ella con su aspecto de adolescente eterna, su cuerpo fibroso y delgado y su pelo negro cortado a lo garçon.

Detrás de la novia, un grupo de invitados la seguía a cierta distancia, descolocados ante tamaña violación del orden natural de los acontecimientos. Ni siquiera se preocuparon de disimular los murmullos, que se podían oír claramente:

– “¿Pero el novio no debería haber estado esperando en la puerta?”
– “¿Qué hace Martita entrando antes de que toquen la marcha nupcial?”
– “¿Y esa quién es?”
– “¿Está en vaqueros? ¡Qué desubicada!”
– “¿No es la de la tienda que está frente al súper, la de los juguetes?”

Marta, sin perder la sonrisa y sin hacer caso a nada ni a nadie, se acercó a Joaquín y lo besó en los labios. “Jan me avisó. Le dije al chófer que volara”, le soltó en voz baja. A continuación, se giró hacia Cristina y extendiéndole los brazos dijo fuerte y claro:

– Ni un solo día he dejado de pensar en ti. No sabes cuánto he ansiado volver a verte.

Cristina no necesitó más. Embriagada de derrota decidió que no valía la pena resistir, que era una guerra inútil porque siempre tendría al enemigo habitando dentro. Abrazó a Marta, dejando que la pesada soledad que llevaba adherida a la piel como costrones invisibles se disolviera en el embriagador perfume que exhalaba el cuerpo de la novia.

– ¿Por qué te fuiste así Cristina?
– No podía más. Pensé que podía ser feliz, pero me estaba destruyendo.
– Nos perdimos en el camino, tú y nosotros, pero porque no sabíamos cómo hacerlo. Ahora intentamos no engañarnos, afrontar nuestros miedos y compartirlos de forma honesta. Aceptar que los celos son reales y que hay que lidiar con ellos, no esconderlos. Y aceptar también que nuestra forma de amar requiere generosidad. Mucha más generosidad de la que tuvimos. Jan nos ha ayudado mucho, ya verás.
– ¿Jan está con vosotros?
– Sí. Y contigo… si quieres.
– Pero os vais a casar.
– Como dice la Biblia, una palabra tuya bastará para salvarme-, le dijo Marta soltando una pequeña carcajada.
– ¿En serio? ¿Me estás diciendo que si te lo pido no te casas?-, preguntó Cristina sin una sombra de risa en la cara.
– No nos falta nada más que tú.
– Si os casáis no será lo mismo. No puedo participar en una mentira así, lo sabes, pero tampoco puedes pedirme que os detenga. Es demasiada responsabilidad.

Marta no alcanzó a contestar. Su padre la cogió bruscamente de un brazo, con una energía inesperada en un hombre de su condición física, mientras los invitados –ahora sí un buen grupo- soltaban un murmullo al unísono ante este nuevo giro de los acontecimientos.

– ¿Se puede saber qué está pasando?- preguntó el alcalde con aspereza a su hija.
– Creo que lo sabes papá. Lo intenté, pero ya no va a ser posible.
– No me puedes hacer esto. Piensa en los invitados. En la fiesta. ¡Joaquín, di algo, coño!
– Lo siento Manolo, pero estoy con tu hija en esto-, respondió el novio.
– Papá, te amo- dijo Marta poniendo suavemente la mano derecha sobre el hombro de su padre-. Pero no por eso voy a sacrificar mi felicidad. Hasta hace unos pocos minutos habría sido capaz de llevar a cabo esta puesta en escena, porque mi felicidad no estaba completa de todos modos. Pero ahora Cristina ha vuelto, algo que no creía posible, así que ya no puedo hacerlo. Espero que algún día me perdones.
– Hija, por favor, piensa lo que haces. ¿Acaso no estás enamorada de Joaquín?
– Claro que sí. Porque a su lado he aprendido que el amor no es restrictivo, que siempre puede transformarse en algo más grande. Precisamente porque lo amo es que estoy dispuesta a poner nuestra felicidad por encima de cualquier cosa, así que ahórrate tus chantajes, no van a servir de nada. Hemos esperado mucho este día los dos.

El silencio en la nave era absoluto cuando el grupo abandonó el edificio. Marta encabezaba la marcha, seguida de Joaquín y Cristina. Cerrando la procesión iba Jan, como si quisiera proteger a la integrante más reciente de cualquier perturbación ambiental que pudiera alterar su partida.

Cuando salieron a la calle una agradable brisa acarició los brazos desnudos de Cristina. Con el aire de la noche empezó a disiparse esa sensación de opresión que le había escalado por los hombros y el cuello dentro de la iglesia. Respiró con profundidad unas cuantas veces y sintió cómo se le llenaban los pulmones de libertad. Cuando abrió los ojos vio a los demás esperándola dentro del coche, una limusina absolutamente desproporcionada que ponía en evidencia el gusto del viejo alcalde por la exhibición un tanto anacrónica de su poder y su riqueza. Al ver abrirse ante sí el inevitable camino de su propio altar existencial, desprovisto de inútiles oropeles, Cristina se permitió unos segundos más de quietud, no para poner en duda su decisión, sino que para disfrutar de ese aroma único que desprende la felicidad aún no vivida, pero que comienza a despuntar. “Por eso la felicidad no dura. Porque huele a amanecer”, alcanzó a pensar mientras caminaba, pero antes de que el pensamiento la ensombreciera la alegre voz de Marta la sacó de sus cavilaciones.

– Chicos, tenemos que celebrar este reencuentro. ¿Qué os parece la suite presidencial? Ya está pagada de todos modos. De cualquier manera, mañana será otro día.

– Una idea fantástica- la secundó Joaquín, al tiempo que se giraba para dar instrucciones al chófer.

El gringo con el tatuaje del águila, Marta y Joaquín, la suite presidencial… Todo lo que la esperaba entre esas cuatro paredes se volvió de pronto sólido, tomándola por dentro como un gran puño comprimiendo sus entrañas. Terminó de meter el cuerpo en el vehículo y cerró la puerta intentando serenarse, hasta sentir como esa solidez se licuaba, incorporándose poco a poco a su torrente sanguíneo. Sonrió entonces por primera vez en mucho rato y se acomodó sobre el mullido asiento de piel, procurando que los demás no notaran la deliciosa turbación que comenzaba a esponjarse entre sus piernas. “Ah, por ese palpitar… lo que no haría”, se dijo enanchando la sonrisa. Lentamente bajó la ventanilla del coche, invitando a la noche a entrar en ella con todas sus sorpresas.

Anuncios

6 pensamientos en “El amor en los tiempos del látex (IV)

    • En broma. Si hubieras jugado con un osito hubieras reido más.

      En serio. Cada día te admiro más. Por lo que escribes y cómo lo haces.

      Un besito de tu amigo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s