Incesto en letras pequeñas

imagen incestoÉste es un post que, desde que empecé con esto, siempre pensé que llegaría la hora de escribir. Pero no es fácil. Y no lo digo porque me resulte difícil expresarme al respecto, sino por ese otro que somos para los demás, ya que estoy segura de que si el 100% de las personas que leyeran este blog me fueran desconocidas, no le hubiera dado ni el 10% de las vueltas que le di.

Lo primero que me pregunté al plantearme hablar sobre mi relación con el incesto -y lo que me he preguntado todas las veces posteriores- es qué utilidad podía tener hacer “pública” una experiencia tan personal, más allá del mero contenido narrativo del asunto. Porque no es algo que necesite compartir con el mundo, hace mucho que hice mis paces con el tema y me lo saqué de las entrañas, y de cualquier manera no quería que se convirtiera en simple papilla para alimentar el morbo con el que muchas veces se leen estas historias.

Pero entonces me di cuenta de que sí podía aportar algo con mi historia y que valía la pena animarme a contarla. O más bien a contar que es lo que saco de ella.

Yo he sido víctima de incesto. En más de una ocasión, si bien ese tipo de recuerdos son bastante difusos y no podría decir si fueron cinco o 30. Otros no lo son, como el sentimiento de culpa, el color de las paredes, la cara de Súper Ratón que me guiñaba un ojo desde un viejo póster mal colgado en una esquina de esa habitación horrible y un sinfín de sensaciones y detalles que no vienen al caso.

El tema es que eso no me ha impedido disfrutar de una sexualidad sana, o al menos sentirla de esa manera, y ello sin necesidad de pasar por las manos de un profesional o ser rescatada de mi pasado oscuro por un la versión masculina de Anastasia Steele (la de Cincuenta Sombras, para los afortunados incautos) en rollo galán redentor. Y es eso, en el fondo, lo que quiero contar. Que un incesto puede ser vivido de muchas maneras, y que el hoyo negro y la desviación (en el sentido más amplio de la palabra) no son las únicas puertas que pueden abrirse ante quien lo sufre. No digo que no sea difícil, aterrador e indescriptible, no me malentendáis. Digo que no necesariamente es una condena y que uno no tiene por qué convertirse en un perturbado por haber vivido experiencias tan perturbadoras. O sea, lo que menos quiero es minimizar el asunto. Está claro que hay personas que viven situaciones de las que resultaría prácticamente imposible salir sin ayuda, después de todo yo siempre dormí segura y protegida en mi propia cama y no hablo por nadie más que por mí. Pero aún así voy a atreverme a ir más allá, y a afirmar que quienes hemos sufrido abusos sexuales también tenemos todo el derecho de sacarnos el cartel con la carita triste de encima desde el preciso momento en que eso deje de ser una necesidad.

Ahora, lo de “sexualidad sana” como expresión no me termina de cerrar del todo. Sano es un adjetivo complicado en relación al sexo, primero porque no tengo conocimiento suficientes en la materia como para aventurar una definición acertada (la palabra me queda grande), y segundo porque no estoy segura de que exista tal cosa en todo caso. Mejor digamos que disfruto de una sexualidad placentera, aunque es probable que me haya metido primero con esa palabra chunga porque quería señalar que nunca he sentido que una parte de mí tenga alguna tara o esté enferma por lo vivido. Admito que puede haber aumentado la dificultad para llegar a ese punto de satisfacción del que os hablaba, porque mi camino no partía de cero sino que de menos no sé cuánto, pero en el intertanto nunca me he sentido como una víctima ni he deseado ser victimizada. Carezco de explicaciones o posturas morales al respecto, y estoy lejísimos de decir que sea lo que deba sentirse, simplemente es lo que siento yo.

Además, no tengo manera de saber cuáles de mis comportamientos pueden haberse visto afectados o ser consecuencia de una entrada tan temprana y retorcida en la sexualidad. ¿Habría tardado menos en tener mi primer orgasmo de no haber sido así? ¿Habría sido tal vez una perfecta esposa y madre de familia que tiene sexo vainilla una vez al mes y le alcanza? ¿Habría llegado al mismo punto de autoconocimiento en el que me encuentro con un camino menos escarpado? ¿Tendría la sexualidad la misma gravidez en mi vida?

Son preguntas de respuesta imposible, así que no vale la pena esforzarse con ellas. No sé si llegaría al punto de decir que “si pudiera cambiar mi pasado no movería ni una coma” -después de todo mi niña interna ha necesitado muchos abrazos para poder jugar despreocupada- pero sí sé que ni me tortura ni me pesa. Claro que no hay recetas, pero el ponerse de cabeza a buscar las que le funcionan a uno ya es ganar la mitad de la batalla (¡y no, en este caso no es cliché!). Es indispensable, eso sí, tener ganas de dar la pelea, porque como vía de protección resulta muy tentador ponerle un candado a la sexualidad y pasarle por el lado de puntillas mientras se gasta la vida. Ahora, no sé si realmente esa habría sido una opción para mí. Si me propusieran uno de esos ejercicios o juegos de asociación de palabras y me dijeran “sexo”, probablemente lo primero que se me vendría a la cabeza sería “exquisito”, o algo por el estilo. Me gusta pensar que ese entusiasmo es “marca de la casa”, y que al menos su germen ya lo llevaba dentro antes de empezar a llenar las páginas de mi libro sexual.

¡Abrazos para todos!

(PD: Se aceptan comentarios. No condolencias).

S=EX². La ciencia del sexo

Hace rato que tenía ganas de escribir este post. Se me había ido quedando en el tintero, y aunque soy consciente de que no es precisamente “noticia de actualidad”, eso nunca ha sido tema para mí a la hora de decidir sobre qué hablar en este blog. La idea es que prime el interés. Y en este caso hablamos de un libro muy, muy interesante.

Ya os he dado la lata antes con la fascinación que siento por Pere Estupinyà, quien se describe a sí mismo en su web como “escritor y divulgador científico”, así que no me voy a repetir. Tampoco quiero repetir la información que ya ofrecen los muchísimos artículos sobre “S=EX². La ciencia del sexo” y que podéis encontrar en Internet, principalmente citas y comentarios de algunos de los parajes más interesantes del libro junto con una enumeración de los temas tratados. Que son muchos.

Sin embargo, son necesarias unas pinceladas básicas, así que me quedo con que nos encontramos ante un texto que al mismo tiempo disecciona como permite una visión “holística” del tema que se trae entre manos, el sexo, para lo cual se sirve de diversos frentes de aproximación (comandados por un batallón de “logías: biología, sociología, neurología, sociología, fisiología…) y de una combinación perfecta entre sentido del humor, liviandad, rigurosidad y cercanía. O sea, un libro que puede devorarse a un ritmo digno de una novela de suspense, tan entretenido como informativo, y que está plagado de anécdotas, datos curiosos, hallazgos sorprendentes y alguna que otra confesión personal del autor, siempre ávido de saber (al punto de convertirse en el primer hombre en someterse a una Imagen por Resonancia Magnética Funcional mientras experimentaba un orgasmo. Todo sea por la ciencia…).

Ahora, llegados a este punto, de lo que realmente quiero hablar no es del libro en sí –insisto, información hay de sobra- sino de mi experiencia particular leyéndolo. Y después de leerlo, claro.

Para empezar, me lo tragué en verano, así que lo asocio a arena y playa, relajo y desnudez. Es un libro que me sabe a mojito, a mañanas largas, al tacto único del sol besando la piel de un cuerpo en reposo. Un libro degustado, repasado y comentado.

Y ahí tenemos otro tema, es un libro que da muuucho tema de conversación. Porque lo que cuenta está tan bien contado que uno se queda con los datos casi sin enterarse, sin esfuerzo, y con ello se tiene un pozo enorme de saber al cual echar mano cuando se desea deslumbrar –o escandalizar, actividad también de lo más edificante y divertida- al interlocutor que se tenga delante.

Pero bueno, además de enriquecer habilidades sociales, esas cosillas que se van quedando, esos datos y reflexiones, esos resultados científicos y anécdotas pueden poner a funcionar la sesera de otra manera. O sea, ayudarnos a prestar más atención. A observar con distintos ojos –incluso a la manera de “gafas intercambiables”- las conductas de los demás y las propias y dotarnos así de más y mejores herramientas para llevar a cabo nuestro viaje por las sombras del ser humano.

En este contexto, uno de los efectos más interesantes que tuvo el libro sobre mí fue, por explicarlo de una manera simple, una atenuación de un cierto sentimiento de “culpa sexual” que puede surgir en diversas situaciones. Es como si al comprender determinados mecanismos (o al comprender que son compartidos con gran parte de la humanidad, no sé realmente cuál será la opción válida) el Pepe Grillo interno suavizara sus juicios de alguna manera, o más bien como si su voz se reencauzara hacia mejores destinos.

Si a estas alturas os estáis preguntando “madre mía, ¿de qué está hablando esta chica?”, voy a recurrir a una antigua costumbre de terminar con un par de anécdotas ejemplificadoras, ya que cuando no alcanzan las palabras… bien valen más palabras que dibujen imágenes! 😉

Caso 1: Cuando el conocimiento provee calma

Hace poco quedé con un ex. Uno de esos que dejan huella, si bien más que por mérito propio por la forma en que se me dio vuelta el mundo con la experiencia vivida, porque me hizo cuestionarme cosas que consideraba verdades como templos y porque en el breve trayecto que compartimos y en todo el dolor posterior de la pérdida pude aprender muchísimo sobre mí misma… La cosa es que supuestamente se trataba de un encuentro trascendente, y todos sabemos que la trascendencia es muy amiga de crear situaciones embarazosas o liarla, así que aunque me sentía bastante en paz con el mundo no terminaba de confiar del todo en mí y mis reacciones imprevisibles. Pero al llegar al lugar de la cita y encontrarme con ese festín de señales corporales con el que me recibió me relajé de forma automática. El hombre que me había pulverizado el corazón era un manojo de nervios que exhudaba “información útil” por doquier, porque más allá de los gestos más evidentes percibí detalles más sutiles que antes se me habrían escapado. Y así, con la atención ampliada, pude atravesar un poco mejor la opacidad de ese semidiós caído del altar que casi llegó a quebrarme con su hermetismo. Dicen que la información es poder, pero para mí fue calma, toda la que necesitaba para vivir mis procesos y terminar de entender… Porque al fin y al cabo lo que tenía ante mí era un ser humano como cualquier otro, con sus debilidades y sus heridas. Y de esos está lleno el mundo.

Caso 2: Cuando el conocimiento nos hace conscientes

En esta historia el lenguaje corporal vuelve a jugar un rol importante, aunque ahora estamos hablando de mi lenguaje corporal. Inconsciente, más no inocente.

Había ido a visitar a una amiga y mientras ella estaba arriba amamantando a su bebé yo me quedé conversando con su novio en el patio del chalé que comparten. El novio es guapo y me cae genial, lo cual no significa que me haya planteado tener algo con él, ni siquiera a nivel de fantasía. O sea, hablamos de la pareja de una amiga, así que no me permitiría ni coquetear inocentemente con él. O eso creía yo…

Pues ahí estaba, en medio de una conversación sobre motores, cuando me descubrí mordiéndome el labio inferior y apuntando con mi rodilla directamente hacia… ¡bueno, ya sabéis!  A lo que suma el que segundos antes había estado jugueteando con un mechón de pelo y me había pasado distraídamente un dedo por la clavícula, todos ellos signos cantados de descarado cortejo no verbal.

En fin, que teniendo la película clara pude enmendar mis pecaminosos actos y volver al camino de las buenas amigas que respetan al macho provedor ajeno “de pensamiento, palabra y obra”, particularmente si la ‘hembra-amiga’ se encuentra realizando actividades de la envergadura de alimentar a la prole. Porque vamos a ver, un mínimo de respeto, ¿no? O sea, que aunque me guste pensar que muchos límites están para romperse, no soy de las que suelen ir por ahí en rollo depredadora dando zarpazos a novios ajenos… (estaría ovulando ese día, jeje).

imagen spankingCaso 3: Cuando el conocimiento nos libera

Entre muchas otras cosas me gusta el spanking, y alguna vez me da por buscar videos relacionados con el tema. El problema es que para dar con alguno bien hecho o que me resulte placentero hay que pasar por mucha mierda (y casi no digo esto de forma figurada). Lo que me atrae es el erotismo que hay en el dolor, el punto compartido con el placer el final del túnel, no el ansia de un ser humano por hacer sufrir a otro. Por eso cuando me encuentro con alguna grabación que sobrepasa lo que considero tolerable, mi reacción suele ser de rechazo. No considero tolerable un culo hecho un Cristo, surcado de heridas y moratones, y mucho menos una grabación que me hace dudar sobre si la chica que aparece en ella está ahí porque quiere o porque es víctima de alguna mafia que la obliga a gemir mientras es violada y torturada. Pero la cosa es que, aún cerrando rápidamente la tapa del portátil, algunas veces se alcanza a producir un brinco “ahí abajo”, esa puesta en marcha del mecanismo de la excitación que se manifiesta como una pequeña boca despertando al hambre. Una sensación fugaz, pero que puede generar mucha incomodidad. Porque claro, es casi inevitable pensar si no habrá algo malo, algo podrido en uno, para que –aunque sea por breves segundos- se caliente con algo así…

Bueno, pues una de las cosas que explica el buen amigo Pere en su libro es –en mis palabras- que la excitación es una reacción del cuerpo, mientras que el deseo es de la cabeza. Y no necesariamente van de la mano. Que algo nos excite no significa que lo deseemos (ni mucho menos que lo encontremos bueno), y viceversa. Esta diferencia suele estar bastante clara en caso de los chicos, ya que los signos de la excitación se identifican con facilidad, pero no en el de las chicas, lo que puede resultar siendo un caldo de cultivo ideal para la culpa. Por decirlo más claro: Las mujeres a veces no saben que están excitadas (vaaale, por no dármelas de la más chupi diré que no sabemos… Aunque agregando que conocerme a mí misma es una de mis actividades favoritas, en ningún caso una tarea eludida).

Saber reconocer los signos de excitación del propio cuerpo permite precisamente separarlos de lo que es el deseo, y entender que somos tan responsables de los primeros como de tener un espasmo. Otro tema, claro está, es lo que hagamos con ello. No vale pasarse horas viendo videos con niños y después alegar que uno no tuvo nada que ver con la propia excitación. Pero la cosa es que podemos excitarnos con algo sin que nos guste. Y esto, si bien puede parecer un descubrimiento pequeño, creo que no lo es. Ya me gustaría poder hacer un viaje en el tiempo y decirle a una niña que una vez existió que no tiene por qué preocuparse, que el haberse puesto tan rara con esa escena que vio por casualidad en la tele, de un padre golpeando con saña a su hija con un cinturón, no la convierte en una pervertida o una enferma. Lo dicho… just another human being!

WordPress Family Award

Llevaba muchos días sin asomarme por estos lados, lo sé. Al parecer los relatos eróticos por capítulos me absorben un poco el seso, y después me cuesta bastante volver a arrancar en modo “primera persona”. Y en eso estaba, estrujándome el cerebruto para ver de qué hablaros, cuando una nominación salvadora acabó con mi calvario.

wordpress family awardLa cosa es que he sido nominada a un premio llamado ‘WordPress Family Award’ (Premio de la Familia WordPress) y -al igual como hice cuando me nominaron para el Liebster Award el pasado mes de septiembre- en lugar de contaros yo de qué se trata os voy a copiar las palabras de quien me nominó: Paolo Cesare, autor de Nadie nos entiende.

“Este premio fue creado por bloggers para reconocer el esfuerzo, la influencia y la importancia de otros bloggers, que merecen una mención para seguir con la difusión de sus pensamientos y sentimientos por la red. Esta comunidad se asemeja, en muchos casos, a una familia (y me consta, tras haber desaparecido dos meses y ser recibido como ‘el hijo pródigo’)”.

Las reglas son:

– El logo del premio debe verse en el blog.

– Debes enlazar a la persona que te nominó.

– Debes nominar a otras diez personas que hayan tenido un impacto en tu experiencia en WordPress.

– Tienes que notificar las diez nominaciones.

Como esta nominación y el Liebster Award no son lo mismo (aunque se parecen bastante) creo que corresponde que elija a 10 blogueros distintos a los que nominé en septiembre. Así que he aquí mi nueva lista:

Sexología en redes sociales. Un blog fascinante, delicado, serio, educativo, lúdico y lúcido. Gente con cerebro y tripas que llama las cosas por su nombre, imperdible.

Literatura y masturbación mental: ¡Cómo escribe la jodía! Personajes con capas, historias cargaditas, exquisitez y sutileza… para ponerse como una moto!

Soy.LaParka: Poesía erótica y de la buena. Una aguja en un pajar, vamos!

Where is my mind? Una ama adorable con desparpajo y buenas letras.

Soñando con maletas. Manuela y su blog tienen ese “algo” a la vez calentito y real que no se puede conseguir a propósito…

Vivelsexo. Deliciosamente simple, a la vez que compleja. Letras para identificarse.

De fresas y champagne. Sin pretensiones y con pulpa. Relatos descarados y sabrositos.

La noche no tan negra como el hombre. Historias con imágenes y dibujos con palabras. Pasaje directo al estómago emocional.

Después del sexo. Entretenido, ameno, profundo, reflexivo y muy humano.

Cuentos de León Amador. Relatos que huyen del cliché, pinceladas logradas y muy personales.

Habría incluido en esta lista al blog de Jack Chatterley, Confesiones Clandestinas, por varias razones -entre ellas que es mi “groupie” más entusiasta, jeje- pero no pude dejar de notar que cuando se le nominó al Liebster Award se saltó descaradamente la parte más importante, la de nominar a otros blogueros y permitir así que más gente los conozca. So, mi estimado Jack… te quedas como pseudo-nominado!

Otra cosita: No puedo dejar de decir que me dejo varios blogs fascinantes en el tintero, aunque peque de la más absoluta falta de originalidad. En muchos casos, los saqué de la lista simplemente porque hace mucho que no postean, pero aún así no puedo evitar este minuto de silencio por los que se me quedaron fuera…

Finalmente, quiero agradecer a Paolo por pensar en mi blog y por la frase brutal que me dedica en la nominación 🙂 Os recomiendo sumergiros en sus reflexiones y devaneos de ‘lúcido incomprendido’, ideal para leer una tardecita de frío junto a una chimenea… (por si os da pereza volve hasta arriba, acá va de nuevo el link: nadienosentiende.wordpress.com)

Ah, y a vosotros, quienes me leéis, vaya un abrazo enorme y mi mejor sonrisa en esta madrugada invernal. ¡Sin duda sois mi mejor premio!

El amor en los tiempos del látex (y VII): Epílogo

fotografía antigua pareja– ¿Lo trajiste todo?
– Sí, todo.
– Bien. Déjalo encima de la cama.

Cristina suelta la mochila con cuidado sobre el elegante edredón de un blanco inmaculado y se dirige hacia la ventana. Da una mirada larga y esboza una media sonrisa, como si los paisajes que yacen al otro lado del grueso cristal escondieran en sus rincones las vidas que no vivió. Jan le pasa una mano por la cintura y con la otra le ofrece una copa de vino.

– Te estaba esperando. Has tardado.
– Ya. Hace tiempo que no veía a mi primo. Tenía ganas de conversar hoy. Además nos ha hecho un descuento bastante generoso.
– Bueno, tú también fuiste muy generosa con él cuando estuvo en Suecia.
– Me emocionó su visita. Después de todo, es la única familia que tengo.
– ¿Y yo?
– Tú eres… mi hogar – le contesta Cristina arrugando la nariz. No le gusta ponerse cursi, pero la palabra se le desliza entre los labios como si fuera aire. Él la abraza desde atrás.
– ¿Estás bien?
– Sí. La verdad es que todavía se me hace un poco raro que hayas elegido el pueblo para este viaje, y para qué hablar del hotel… Pero bueno, también es cierto que a estas alturas ya debería estar acostumbrada a tus rarezas.
– Pensé que nos podría venir bien. Últimamente…
– ¿Últimamente qué?

El silencio vuelve a instalarse entre ambos como un invitado no deseado. Cristina intenta un par de frases que terminan muriendo dentro de ella, dando zarpazos inofensivos. Separa con cuidado su cuerpo del de Jan y deja su copa sobre una de las mesitas de noche. Sin dejar de mirarlo se desabrocha los botones delanteros del vestido, que cae al suelo como un fruto maduro. Se quita el sujetador y se acerca a él, esta vez de frente.

– Aún te deseo.
– Y yo a ti. Y te amo. No he dejado de hacerlo desde que nos fuimos juntos. Pero a veces pienso…
– ¿Qué?
– No sé Cris. ¿Nunca te has preguntado lo que habría pasado de habernos quedado?
– Probablemente no tendríamos esa enorme fotografía que tenemos sobre la chimenea. Probablemente no tendríamos chimenea. ¿Pero serían nuestras fotos y recuerdos mejores? ¿Tenemos cómo saberlo? ¿Tiene algún sentido preguntarse eso?
– No. Supongo que no.

Como si en sus palabras encontrara una razón para continuar, ella se baja las bragas de un solo movimiento. Al incorporarse, Jan no parece el mismo. Tiene algo distinto en la mirada, tal vez el eco de un ansia que Cristina creía perdida. Sin dejar de mirarla, él se quita la camiseta y los pantalones y se acerca. Le roza los pechos con la punta de los dedos. Ella cierra los ojos y se entrega a las sensaciones circulares que, desde sus pezones, se van expandiendo por todo su cuerpo. Los roces se vuelven más intensos, Jan aprieta y exprime. Ella inclina la cabeza hacia atrás y suelta un suspiro prolongado. Todo comienza a oscurecerse, el silencio la lame en suaves oleadas. “Ojalá pudiera ser así para siempre”, piensa. “Ojalá esto fuera todo”.

Con tirones suaves la lleva hasta la cama. Ahí la tumba de un empujón, y jadeando sobre ella la penetra sin más preámbulo. Como si la burbuja insonorizada que la envolvía se rompiese de un pinchazo, Cristina cae de golpe en la marea ruidosa de sus embestidas. Sorprendida, le clava las uñas en la espalda. Él suelta un gruñido y baja el ritmo para besarla. Tiene la saliva espesa y caliente. Ella se endurece por dentro al sentirlo bajar por su garganta, y se le tensan los músculos del vientre. Los movimientos se intensifican nuevamente. Jan se retuerce y aprieta los dientes, la mirada de Cristina se clava en las venas de su cuello. Él brama una palabra incomprensible y levanta la pelvis en un movimiento brusco, cogiéndose la polla con una mano. Fuera de ella se derrama en chorros copiosos sobre su vientre, emitiendo quejidos entrecortados.

mujer - vientreCristina se queda tumbada. Con el dedo índice de la mano derecha dibuja trazos sobre su piel, para terminar con movimientos circulares alrededor de su ombligo.

– Antes no he sido del todo sincera contigo-, dice ella de pronto, chupándose el dedo con aire distraído.
– ¿En qué sentido?
– Al salir de la tienda de mi primo me encontré con Marta. Ha vuelto a vivir al pueblo.
– ¿La invitaste al hotel?- pregunta Jan con voz espesa.

Cristina, alcanzando a rasguñar todo lo que se esconde debajo del envoltorio de esa pregunta, deja pasar unos instantes antes de responder.
– No, no va a venir. Lo ha dejado con Joaquín, hace años, y ya no se hablan. Me pidió que te enviara sus saludos.
– ¿Cómo está?
– Cambiada. Ahora está casada con un viejo muy serio y aburrido que hace negocios con su padre, y tienen dos hijos feísimos. ¿Pero sabes qué? La vi feliz. Como si algo se hubiera aliviado dentro de ella.
– La vida puede ser incomprensible a veces- zanja él, filosófico.

Ella se gira para coger un cigarrillo del bolso. Después de encenderlo le da una calada larga. Expulsa el aire sin prisa.

– Jan, ahora mismo no sé si quiero el divorcio o que abramos esa mochila y tengamos el aniversario que habíamos planeado.
– Siempre habrá tiempo para divorciarse amor, mañana será otro día. Así que como puedes ver, voto por la mochila. Y ya que estamos en el punto en el que dimos inicio a nuestra relación, propongo el stap-on para comenzar. Aunque si quieres el primer turno siempre podemos empezar la fiesta con tu amigo el látigo. Prometo que te va a acariciar como nunca lo ha hecho. ¿Qué me dices?
– Estaba por elegir la opción del divorcio, pero si lo pones así… no suena tan mal después de todo.

El amor en los tiempos del látex (VI)

– Después de tu partida dejamos de tener sexo con Joaquín –comenzó Marta encendiendo un cigarrillo. Es curioso, porque estábamos más unidos que nunca. El dolor nos volvió uno. Dormíamos desnudos, con los cuerpos pegados, abrazando el mismo vacío. Ni siquiera nos dejaste una nota, Cris.
– Os vi.
– ¿Cómo?
– Que os vi, saliendo de esa clínica, y por favor no me digas que no sabes de qué hablo. Navidad de 2009. Supuestamente estabais en el pueblo, visitando a tu padre, pero no. Durante meses intenté convencerme de que había sido un error, o al menos algo que podía pasar por alto. Pero me fue comiendo por dentro.
– No era una decisión que te correspondiera tomar. Era mi cuerpo.
– Joaquín también estaba allí.
– Era su esperma…
– ¡Oh, por Dios!
– Cris, yo sé que visto así suena horrible, pero nadie hizo nada con la intención de herirte. No habríamos podido soportar que te opusieras. Nos habría destruido.
– ¿No lo entiendes? No puedo verlo de ninguna otra manera. Vosotros me marcasteis la posición. Desde esa primera conversación que tuvisteis sin mí, en la que os nació el temor de que yo podría querer algo distinto. Ese fue el germen.

Marta no contestó. Sentada en el borde de la cama, su expresión era un anticipo de la derrota. “Tiene los pies tristes, nunca lo había notado”, pensó Cristina, fijando la mirada en la moqueta durante algunos segundos. Cuando volvió a hablar lo hizo tan bajo que a Marta le costó entenderla.

– Yo también tenía derecho. También era mío.
– ¿Lo habrías querido?
– ¿Sabes qué? Hasta el día de hoy no lo sé. No pude llegar al punto de saberlo. Me apartasteis para después volver a colocarme en el cuadro, como si no fuera a notar que algo se había roto y que lo habíais pegado con cola. Y era yo. Yo era el trozo que se había roto. Las cosas no funcionan así.
– Cris…
– No he terminado –cortó con sequedad-. Hasta estar con vosotros siempre había sentido que un sexo espectacular era sinónimo de una relación sana. Que no podía ser de otra manera. Pero también me quitasteis eso. Porque con vosotros tuve un sexo de puta madre, el mejor de mi vida, todo comunicación… ¿pero y fuera de la cama? Ni siquiera sabíamos eso los unos de los otros, qué futuro queríamos. Y fueron más de cinco años viviendo juntos.
– Hablas de “vosotros” como si fuéramos una unidad indivisible, pero ¿qué hay de ti? Apenas pusiste un pie en el hotel te follaste a Joaquín en el baño, y sin embargo a mí me sacas en cara cosas que pasaron hace años, en las que él también participó.
– No tenía intención de terminar hablando de estos temas. De hecho, no tenía intención de terminar hablando de nada esta noche- contestó Cristina con tono neutro, sin tener claro si interpretar ella misma su última frase como una invitación o como un cierre.

Marta se puso lentamente de pie y se dirigió a la salida. Al volver traía a Joaquín de la mano.

– Jan se fue a dormir, el muy canalla. Qué, ¿seguimos con la fiesta? -, preguntó él nada más entrar.
– Cristina nos vio salir de la clínica. Lo sabe. Ya lo sabía.
La sonrisa de Joaquín se esfumó. Cristina fue testigo de su salto, que si bien duró unos instantes lo llevó muy lejos. ¡Había tanto que escarbar y Joaquín era tan débil, tan conmovedoramente débil!
– Fue idea mía. Yo le pedí a Marta que no te dijera nada. Yo no lo quise tener.

Imagen silueta mujerNinguno de los tres se planteó entrar en festividades eróticas después de lo que habían hablado. Las palabras dichas se le sabían ido quedando pegadas al cuerpo como una lluvia fina pero persistente, y el silencio que al final lo coronó todo se esparció entre ellos como aire helado. Jan se había quedado dormido en unos de los sofás de la salita de estar y ahí lo dejaron. Sólo había una cama. Cuando se metieron en ella Cristina eligió el rincón, y se acurrucó dándoles la espalda. Marta se pegó suavemente a su cuerpo abrazándola por detrás. “Tienes que perdonarnos, Cris”, musitó Marta en su oreja. “Lo que teníamos no lo tenía nadie”.

Era cierto, al menos para Cristina. Aunque hubieran podido contar a gritos la verdadera naturaleza de su relación, seguiría habiendo algo que sólo ellos habían compartido, más allá de la complicidad que les daba ocultarse a casi todos. Entendió entonces su sentimiento de orfandad de los últimos años, entendió –y el descubrimiento fue como un desgarro en el estómago- que aunque siempre se había sentido apartada, nunca conocería la pertenencia más que por la sombra que le había dejado su relación con Marta y Joaquín. Cansada de todo, se entregó a su herida reabriéndose, y al hacerlo todo su cuerpo comenzó a relajarse.

Atenta a sus reacciones, Marta le pasó un brazo por el costado, poniéndole la mano sobre el vientre. Cristina tembló levemente al sentir su contacto e, inclinando la cabeza hacia su hombro izquierdo, le ofreció la curvatura de su cuello como si se tratase de una tregua. Marta aspiró suavemente el aroma del perdón y comenzó a pasarle las yemas de los dedos por el pelo.

– Nunca más te vamos a dejar fuera, de nada- susurró. Nunca más habrá secretos.
– ¿Tu padre…? – preguntó Cristina de pronto, soltando el pensamiento como un hipo.
– Ese sí que nos ha dejado fuera, del testamento y de todo- intervino Joaquín desde su orilla-. Pero no nos importa. Porque nos tenemos a nosotros, ¿no?
– Sí, nos tenemos a nosotros- contestó Cristina girándose hacia ambos. Entonces posó con suavidad sus labios en los de Marta, sintiendo que encontraba un rincón cálido y perdido de su infancia después de haber hecho un largo viaje a la intemperie.

corazones trioSe despertaron abrazados como en los viejos tiempos. Al salir de la habitación, se encontraron con Jan, vestido sólo con una toalla en la cintura, que los esperaba para desayunar. El hotel no había escatimado en manjares, y todos tenían un apetito voraz.

– ¿Habéis dormido bien?- preguntó Jan con una sonrisa cómplice en la cara.
– Fantásticamente- contestó Cristina sentándose-. ¿Alguien quiere un cruasán?

Comieron entre risas y bromas, con la luz de la mañana entrando por los enormes ventanales que Jan se había encargado de desnudar antes de que los demás se levantaran. Compartieron la comida de sus platos, se rozaron brazos y piernas, intercambiaron miradas significativas y gestos cómplices. Cuando había desaparecido hasta la última miga, Jan echó el cuerpo hacia atrás y con una gran sonrisa de satisfacción se dirigió a Cristina.

– ¿Entonces, te vienes con nosotros?

Como si hubiera pulsado un interruptor, se hizo el silencio. Cristina enfrentó su mirada a las de sus acompañantes y pudo notar como cada uno leía en sus ojos una cosa distinta. ¡Dios, quería ir con ellos, cómo lo quería!

– Dime una cosa Jan – preguntó con un deje de melancolía en la voz-. ¿Te gustaría tener hijos algún día?
– ¿Hijos?- respondió él confundido-. ¿Quieres tener hijos?
– No se trata de eso, quiero saber qué quieres tú. Y Marta, y Joaquín. No puedo hacerlo de otra manera.
– Cristina, lo hemos dejado todo por ti-, suplicó Joaquín.
– Ya lo sé. Todos hemos dejado cosas. Pero ahora es el momento de compartir las que tenemos. Así que te vuelvo a preguntar – replicó Cristina fijando la mirada en Jan- ¿Te gustaría tener hijos algún día?

El amor en los tiempos del látex (V)

Bath salt. Judy van der Velden. http://www.flickr.com/photos/judy-van-der-velden/8138047928/ (CC).– ¿Estás bien?

Sobresaltada, dio un pequeño respingo. No lo había sentido entrar. De espaldas a la puerta, estaba arrojando puñados de sales aromáticas en el enorme jacuzzi que presidía el cuarto de baño, totalmente atrapada en la descarnada -y a ratos absurda- batalla que sostenían sus pensamientos. Soltó el último de ellos, el que tenía más a mano.

– Son Marta y Joaquín, ¿sabes? Siempre habrá un punto impenetrable en ellos.
– No te equivoques Cristina, las personas cambian. Y Marta y Joaquín son personas, ¿no?

En lugar de contestar, abrió el frasco de aceite perfumado y vertió un chorro en el agua. Jan aprovechó la pausa para continuar hablando.

– Pero si hay algo que nunca cambió fue lo que sentían por ti. Nunca. Y yo… bueno, siempre me pareció que les faltaba algo, no estaban completos. Así que yo tampoco podía estarlo.
– ¿Fue tuya entonces la idea de ir a buscarme? –preguntó ella, incapaz de decidir si eso le gustaba o le producía tristeza.
– En parte. Joaquín fue el primero en hablar de ello, pero tenía miedo a tu rechazo. Yo creo que trataba de convencerse de que todo saldría mal para después no sentirse tan desilusionado. Marta en cambio se mostró más optimista. ¿Vas a rechazarnos Cristina?

Mientras hablaba él se había ido acercando hacia ella, hasta quedar pegado a su cuerpo. Ella no se movió. Jan le colocó las manos en las caderas con cautela y cogiendo la camiseta por los bordes comenzó a subirla, sin dejar de mirarla los ojos. Ella sostuvo su mirada y levantó los brazos.

Quitarle los pantalones le tomó un poco más de trabajo, ya que los vaqueros que llevaba eran bastante ajustados y sólo pudo bajarlos hasta la mitad del camino. Cristina intentó colaborar sacudiendo las piernas, pero terminó enredándose entre los brazos de Jan y los dos fueron a dar al suelo. Aprovechando la cercanía de sus bocas comenzaron a besarse con hambre, entre carcajadas y chillidos, haciendo tal escándalo que Joaquín asomó la cabeza.

– Vaya dos, ¿habéis empezado sin mí? Gringo cabrón, deja algo para los demás.
Be my guest –le contestó él poniéndose de pie sin hacerse problema. Yo estoy bien por ahora.
– Pero te quedas, ¿no?
– Claro. Si a Cristina no le importa.
– A Cristina no le importa- contestó la aludida entrando en el agua-. Pero antes me gustaría veros un rato. Para terminar de relajarme.

pareja_sexualidadMarta y Joaquín siempre habían sido -juntos- una fuerza de la naturaleza, un espectáculo que al primer contacto escupía colores incandescentes al frente a su mirada. Tal vez por eso nunca había terminado de sentirse partícipe, porque siempre le parecía que no estaba dentro del cuadro del todo, que de alguna manera profanaba un territorio cuya esencia reclamaba su dualidad. Algo se pervertía sutilmente con su presencia, que por muy activa que fuese -por ejemplo cuando le tocaba elegir o estar en control- no dejaba de ser la de una espectadora. Eso, al principio, no le ocurría estando con alguno de los dos por separado, pero con el tiempo el gran ojo observador del tercero ausente, ya fuera Marta o Joaquín, no dejó espacio para más, y lo que era una sensación vaga terminó transformándose en una incomodidad persistente. De ahí al miedo a ser despojada de todo sólo había existido un paso. Entre Joaquín y Jan, en cambio, existía una belleza más delicada y menos salvaje, que a Cristina le recordó a un mar en calma rozando la orilla con sus labios de sal. Algo en ellos invitaba a la inclusión. Cerró los ojos y se sumergió, llevándose a las perfumadas profundidades del jacuzzi la imagen de esos dos hombres tocando sus cuerpos desnudos y uniendo sus bocas para satisfacerla.

Seguía amando a Joaquín. Nada se había debilitado en ese sentimiento que se había negado de incontables maneras a desaparecer. Como gran triunfo, había conseguido despojarlo de visibilidad a lo largo de los años, pero no de sustancia, y supo entonces que siempre había estado allí, alimentándose de sus entresijos como una garrapata silenciosa. También supo que podría llegar a amar al gringo, porque más allá de sus enigmas y su laconismo había algo bondadoso en él.

Cuando se cansó de aguantar la respiración y resurgió de entre las aguas pudo ver a Jan paseando las puntas de sus dedos por la polla erecta de Joaquín. Cristina les hizo un gesto con las manos, invitándoles a acompañarla. Jan negó con la cabeza y se sentó en la taza del váter, echando el cuerpo hacia atrás. También él tenía una erección considerable, pero se limitó a acariciarse con parsimonia desde su improvisado punto de observación.

– De verdad que me apetece mirar.
– Mira entonces. Habrá tiempo para todo, no nos corre prisa- le contestó Joaquín uniéndose a Cristina.

Ella lo recibió con un beso húmedo, y la ausencia del gringo entre sus labios se coló por su garganta como un sabor más de los que le regalaba la boca de Joaquín, ligeramente amargo. Estuvieron así un rato, dejando que sus lenguas se buscaran entre jadeos y burbujas, hasta que ella se volteó para apagar el jacuzzi. El botón estaba sumergido, así que para alcanzarlo tuvo que acercar el pecho al agua y levantar el culo, dejando sus nalgas al descubierto. Joaquín soltó un silbido.

– Ya veo que estuvisteis jugando a los latigazos. Bonitas marcas las que te dejó Jan ahí. Pero bueno, no son profundas, así que no hay nada de qué preocuparse. En un par de días casi no las notarás.
– A Jan le va la marcha- contestó ella con una risita-. También tuvo lo suyo.
– Sí, ya me lo imagino.
– A mí también me va- continuó Cristina, girándose hacia Jan con una expresión de coquetería suplicante-. Y pocas veces se tiene una oportunidad como ésta. ¿Seguro que no te animas? Me encantaría sentir cómo me compartís.
– Créeme, ganas no me faltan, pero… es complicado de explicar. Digamos que creo que ésta no es la ocasión. Que os toca a vosotros. Además, no tenemos lubricante- resumió Jan con practicidad.
– Ya- concedió ella sin volver a mirarlo-. Como prefieras.

Dispuesta a dedicarle toda su atención a Joaquín, le indicó que se pusiera de pie al tiempo que ella se arrodillaba. Sacó la lengua y comenzó a lamerle la punta con movimientos pausados, hasta que sintió una humedad espesa y salada descender por su garganta, mezclada con un ligero gustillo a jabón y rosas. Como si con ello se le hubiera desactivado algún tipo de mecanismo que la sujetara, abrió la boca y se metió dentro todo lo que le cupo, teniendo cuidado de no rozar el grueso miembro con los dientes. Los movimientos se fueron acompasando y se hicieron más intensos. Joaquín soltó un gemido que  le llegó envuelto en el denso silencio de Jan. Más que excitada se sentía alerta, como si coronando todo el cúmulo de sensaciones que la habitaban estuviera la extrañeza que le generaba adquirir la sustancia de lo observado, producto de un complejo proceso de alquimia interna que no era capaz de desmontar, aunque sí lo era de darse cuenta de que sólo se producía gracias a la sigilosa presencia del gringo en el cuarto de baño. Antes de que sus pensamientos la sacaran por completo de la situación, Joaquín la alzó por los hombros  y la colocó mirando hacia la pared con los brazos en alto.

– Inclínate un poco nena, que ya no aguanto más.

Ella le obedeció y él la penetró con un movimiento certero, agarrándola con fuerza del pelo con la mano derecha. Tras unas cuantas embestidas profundas le soltó el pelo y le pasó la mano por delante, aprovechando la resbaladiza piel de su vientre para descender en un trayecto impecable hasta la entrada de su vagina. Al sentir el roce de sus dedos alrededor del clítoris Cristina cayó en una espiral aterciopelada que, pese a marcarle un camino claro, parecía contener el infinito. Perdió la noción del tiempo. Los escalofríos comenzaron a acumularse en su columna, y ya se preguntaba cuánto más podría aguantar cuando Joaquín la abrazó con  fuerza y liberó un bramido que pareció traspasar las baldosas de la habitación.

Cuando salieron del agua los esperaba Jan con dos toallas blancas de esas que parecían no haber sido utilizadas nunca. Al acercar la suya al cuerpo de Cristina la rozó sin querer y ella se estremeció soltando un ruidito irreconocible. Jan le regaló una mirada larga.

– La Cris no se ha corrido. Nunca ha sabido mentir con eso. Y yo no sé qué me pasó, pero me quedé muerto, tío. En serio, qué falta de solidaridad la tuya-, rezongó Joaquín.

Cristina se volvió hacia la pared ya que no le apetecía ser testigo de otra negativa. Además, si bien lo que Joaquín decía era cierto, no se sentía precisamente insatisfecha, y la situación podía solucionarse más tarde de alguna otra manera. “No necesito de la caridad del gringo, y mucho menos de su polla posiblemente homosexual”, se dijo, intentando con ese pensamiento infantil adelantarse a otra decepción.

Pero contrario a lo esperado, él se puso de pie con un movimiento enérgico y cogió el frasco de aceite y dos toallas más, que dejó sobre el piso. Adivinando sus intenciones, Joaquín extendió las toallas y colocó a Cristina a gatas en una de ellas, poniéndose él al frente en una posición similar. La estaba besando cuando Jan le vertió sobre la espalda un generoso chorro de aceite, que fue dirigido hacia la entrada de su ano con un movimiento certero. Ella comenzó a masturbarse aprovechando los regueros de aceite que le habían quedado alrededor de los labios. Concentrada en la tarea, lo sintió entrar como un cuchillo partiendo mantequilla.

Cada embate del gringo le agarraba la garganta como un puño candente, para repartirse después por todo su cuerpo en ondas de vértigo. Se dejó ir, borracha de su propia sustancia, abandonando cualquier control sobre la situación. Esperaba un orgasmo majestuoso, pero en cambio de encontró con un cúmulo de pequeñas explosiones, cada una con su textura propia, que se sucedieron en coletazos superpuestos que parecían no terminar. Después todo quedó en calma.

– ¿Y Marta? – preguntó Cristina rompiendo el silencio.
– Estará poniéndose cómoda. Ya sabes lo coquetas que sois las chicas.

Como si la hubieran convocado con sus palabras, Marta entró justo en ese momento y Cristina no pudo evitar fijar la mirada en las cuidadas uñas de sus pies, lágrimas ovaladas de un rojo furioso vertidas cual ofrendas sobre sus blancos y perfectos dedos. Llevaba un elegante camisón de seda negra, corto y ceñido al cuerpo, y se había quitado los adornos del pelo, que se derramaba libre sobre sus hombros y espalda.

– Estaba esperando que terminarais. ¿Os importa que tengamos un momento a solas Cris y yo? Podéis buscaros la vida por vuestra cuenta, no será la primera vez.
– ¿Qué pasa amor? ¿Te pusiste tímida de golpe? – le preguntó Joaquín con risa, pero sin poder evitar un deje de decepción en la voz.
– Piano piano querido. ¿Vienes Cristina?

La siguió, aunque hubiera preferido quedarse tumbada, disfrutando de los últimos coletazos de su orgasmo fragmentario. No sabía por dónde le iba a salir Marta aunque lo sospechaba, así que no las llevaba todas consigo. “Chicas –se dijo antes de cerrar la puerta de la habitación-. Esa necesidad que tienen de conversarlo todo”.

El amor en los tiempos del látex (IV)

imagen boda floresCuando llegó a la iglesia ya habían empezado a acumularse los primeros invitados en la entrada. No eran demasiados para los que se podían esperar en la boda de la hija del alcalde, pero aún así no pudo evitar sentirse extraña con sus vaqueros gastados y su camiseta de algodón abriéndose paso entre largos vestidos de fiesta, trajes lustrosos y tacones de infarto. La nave, salpicada de arreglos florales en blanco y lila, estaba decorada con exquisitez y evidente derroche. Se preguntó qué clase de insania temporal podría haber afectado a dos personas como Marta y Joaquín para estar dispuestos a prestarse a semejante farsa. Todo le pareció absurdo y empezó a sentirse asqueada y profundamente arrepentida de haberse dejado arrastrar por Jan hasta allí. Estaba a punto de escabullirse cuando alguien le tocó el hombro.

– Bienvenida, Cristina. Yo sabía que Jan lograría convencerte de que te unieras a nosotros esta noche. Sin duda es un chico con muchas habilidades-, le dijo Joaquín al oído en voz baja.

Ella no pudo evitar un estremecimiento al oír su voz, que le culebreó deliciosamente por la espalda durante unos instantes. Antes de girarse cerró los ojos, para atesorar ese sonido que en realidad nunca se había ido de ella. Se sintió más despierta que nunca y extrañamente calmada, como si de pronto hubiera vuelto a pisar un terreno familiar. Al mirarlo se dio cuenta que tampoco había cambiado mucho de aspecto: seguía siendo el mismo tío alto, desgarbado y moreno que había sabido acariciarle el cuerpo y el alma con esos maravillosos dedos de pianista. “¡Qué remedio! –pensó-. Vamos a ello”.

– Sólo estoy acá para cerrar las cosas de una buena vez por todas. Algo que vosotros hicisteis hace mucho, por lo que veo- contestó Cristina a modo de saludo.
– Yo no estaría tan seguro.
– ¿Ah, no? Pues a mí esta boda me parece sumamente simbólica.
– Esta boda es una farsa. El padre de Marta está muy enfermo y le ha dicho que quiere verla casada antes de morir, incluso llegó a insinuar algo acerca de su testamento. Pero en el fondo el viejo sabe cómo es su hija. Nunca ha querido reconocerlo, pero lo sabe. Lo que sí, no quiere que lo sepan otros.
– Aún así no lo entiendo.
– Nos pilló volando bajo. Fue justo después de una crisis, cuando creíamos que se iba. Al final, tampoco tiene tanta importancia. Las cosas no cambian realmente para nosotros.
– No, claro.
– ¿Cómo has estado, Cris?
– ¿Todavía tienes el piso frente al parque? – murmuró ella después de una pausa larga.
– Sí. Todo está igual que cuando te fuiste.
– ¿De verdad? ¿Con las hamacas colgando en el balcón?
– Sí. La tuya no la ocupa nadie.
– Ya.
– Extraño ver películas contigo nena. Tenías una cualidad casi infantil, un entusiasmo brillando en la mirada que no he vuelto a ver en otra persona. Siempre encontré fascinante observar el proceso que se gestaba en ti cuando estabas frente a una pantalla.
– Joaquín, no sé qué estoy haciendo aquí.
– Ese siempre fue tu problema, cuestionarse las cosas de más y disfrutar de menos. Qué importan las razones. Estás aquí y ya. Haz algo con ello.
– Felicidades.
– ¿Cómo?
– Por tu boda. Supongo que a eso he venido. A desearte toda la felicidad de mundo.

– ¿Y a mí? ¿También me deseas felicidad?

No fue Joaquín quien había formulado esa última pregunta, sino Marta, que había entrado en el edificio momentos antes sin que ninguno de los dos la notara. “Dios –alcanzó a pensar Cristina-. Está tan hermosa como siempre. O más”.

Imagen flores blancas

Cristina no sabía mucho de vestidos, pero alcanzaba a darse cuenta que el de Marta era espectacular y que le marcaba perfectamente esas curvas generosas que tanto recordaba. Tanto el vestido como los rubios y rizados cabellos de la novia estaban decorados con pequeñas florecitas blancas y moradas, a juego con los colores del lugar. Toda la seguridad que sintió frente a Joaquín se le esfumó en segundos. De pronto le pareció estar soñando, a tal punto se le antojó la presencia de Marta irreal: Una belleza del Renacimiento vestida de blanco furioso y con una sonrisa angelical en la cara. Cristina solía pensar que ofrecían un interesante contraste las dos, Marta como la perfecta y nívea madona y ella con su aspecto de adolescente eterna, su cuerpo fibroso y delgado y su pelo negro cortado a lo garçon.

Detrás de la novia, un grupo de invitados la seguía a cierta distancia, descolocados ante tamaña violación del orden natural de los acontecimientos. Ni siquiera se preocuparon de disimular los murmullos, que se podían oír claramente:

– “¿Pero el novio no debería haber estado esperando en la puerta?”
– “¿Qué hace Martita entrando antes de que toquen la marcha nupcial?”
– “¿Y esa quién es?”
– “¿Está en vaqueros? ¡Qué desubicada!”
– “¿No es la de la tienda que está frente al súper, la de los juguetes?”

Marta, sin perder la sonrisa y sin hacer caso a nada ni a nadie, se acercó a Joaquín y lo besó en los labios. “Jan me avisó. Le dije al chófer que volara”, le soltó en voz baja. A continuación, se giró hacia Cristina y extendiéndole los brazos dijo fuerte y claro:

– Ni un solo día he dejado de pensar en ti. No sabes cuánto he ansiado volver a verte.

Cristina no necesitó más. Embriagada de derrota decidió que no valía la pena resistir, que era una guerra inútil porque siempre tendría al enemigo habitando dentro. Abrazó a Marta, dejando que la pesada soledad que llevaba adherida a la piel como costrones invisibles se disolviera en el embriagador perfume que exhalaba el cuerpo de la novia.

– ¿Por qué te fuiste así Cristina?
– No podía más. Pensé que podía ser feliz, pero me estaba destruyendo.
– Nos perdimos en el camino, tú y nosotros, pero porque no sabíamos cómo hacerlo. Ahora intentamos no engañarnos, afrontar nuestros miedos y compartirlos de forma honesta. Aceptar que los celos son reales y que hay que lidiar con ellos, no esconderlos. Y aceptar también que nuestra forma de amar requiere generosidad. Mucha más generosidad de la que tuvimos. Jan nos ha ayudado mucho, ya verás.
– ¿Jan está con vosotros?
– Sí. Y contigo… si quieres.
– Pero os vais a casar.
– Como dice la Biblia, una palabra tuya bastará para salvarme-, le dijo Marta soltando una pequeña carcajada.
– ¿En serio? ¿Me estás diciendo que si te lo pido no te casas?-, preguntó Cristina sin una sombra de risa en la cara.
– No nos falta nada más que tú.
– Si os casáis no será lo mismo. No puedo participar en una mentira así, lo sabes, pero tampoco puedes pedirme que os detenga. Es demasiada responsabilidad.

Marta no alcanzó a contestar. Su padre la cogió bruscamente de un brazo, con una energía inesperada en un hombre de su condición física, mientras los invitados –ahora sí un buen grupo- soltaban un murmullo al unísono ante este nuevo giro de los acontecimientos.

– ¿Se puede saber qué está pasando?- preguntó el alcalde con aspereza a su hija.
– Creo que lo sabes papá. Lo intenté, pero ya no va a ser posible.
– No me puedes hacer esto. Piensa en los invitados. En la fiesta. ¡Joaquín, di algo, coño!
– Lo siento Manolo, pero estoy con tu hija en esto-, respondió el novio.
– Papá, te amo- dijo Marta poniendo suavemente la mano derecha sobre el hombro de su padre-. Pero no por eso voy a sacrificar mi felicidad. Hasta hace unos pocos minutos habría sido capaz de llevar a cabo esta puesta en escena, porque mi felicidad no estaba completa de todos modos. Pero ahora Cristina ha vuelto, algo que no creía posible, así que ya no puedo hacerlo. Espero que algún día me perdones.
– Hija, por favor, piensa lo que haces. ¿Acaso no estás enamorada de Joaquín?
– Claro que sí. Porque a su lado he aprendido que el amor no es restrictivo, que siempre puede transformarse en algo más grande. Precisamente porque lo amo es que estoy dispuesta a poner nuestra felicidad por encima de cualquier cosa, así que ahórrate tus chantajes, no van a servir de nada. Hemos esperado mucho este día los dos.

El silencio en la nave era absoluto cuando el grupo abandonó el edificio. Marta encabezaba la marcha, seguida de Joaquín y Cristina. Cerrando la procesión iba Jan, como si quisiera proteger a la integrante más reciente de cualquier perturbación ambiental que pudiera alterar su partida.

Cuando salieron a la calle una agradable brisa acarició los brazos desnudos de Cristina. Con el aire de la noche empezó a disiparse esa sensación de opresión que le había escalado por los hombros y el cuello dentro de la iglesia. Respiró con profundidad unas cuantas veces y sintió cómo se le llenaban los pulmones de libertad. Cuando abrió los ojos vio a los demás esperándola dentro del coche, una limusina absolutamente desproporcionada que ponía en evidencia el gusto del viejo alcalde por la exhibición un tanto anacrónica de su poder y su riqueza. Al ver abrirse ante sí el inevitable camino de su propio altar existencial, desprovisto de inútiles oropeles, Cristina se permitió unos segundos más de quietud, no para poner en duda su decisión, sino que para disfrutar de ese aroma único que desprende la felicidad aún no vivida, pero que comienza a despuntar. “Por eso la felicidad no dura. Porque huele a amanecer”, alcanzó a pensar mientras caminaba, pero antes de que el pensamiento la ensombreciera la alegre voz de Marta la sacó de sus cavilaciones.

– Chicos, tenemos que celebrar este reencuentro. ¿Qué os parece la suite presidencial? Ya está pagada de todos modos. De cualquier manera, mañana será otro día.

– Una idea fantástica- la secundó Joaquín, al tiempo que se giraba para dar instrucciones al chófer.

El gringo con el tatuaje del águila, Marta y Joaquín, la suite presidencial… Todo lo que la esperaba entre esas cuatro paredes se volvió de pronto sólido, tomándola por dentro como un gran puño comprimiendo sus entrañas. Terminó de meter el cuerpo en el vehículo y cerró la puerta intentando serenarse, hasta sentir como esa solidez se licuaba, incorporándose poco a poco a su torrente sanguíneo. Sonrió entonces por primera vez en mucho rato y se acomodó sobre el mullido asiento de piel, procurando que los demás no notaran la deliciosa turbación que comenzaba a esponjarse entre sus piernas. “Ah, por ese palpitar… lo que no haría”, se dijo enanchando la sonrisa. Lentamente bajó la ventanilla del coche, invitando a la noche a entrar en ella con todas sus sorpresas.