El amor en los tiempos del látex (III)

imagen látigo– Vaya vaya- dijo él sin demostrar el más mínimo desconcierto-. ¿No podrías haber elegido un látigo más pequeño? Parece un instrumento para domar bestias.
– Impone bastante por su tamaño, pero no pesa mucho, así que no es de los peores. Además, si vamos a hacer esto, hagámoslo bien. Digamos que me has despertado viejos recuerdos.
– Y los que aún faltan…
– A ver si sabes usarlo- lo desafió Cristina.
– No te preocupes, sabré pillarle el punto. Entonces qué, ¿eres una spankee? ¿Eso quieres? ¿Qué te azote el culo?
– Para empezar. Después quiero que sigas con el resto de mi cuerpo. Ya me entiendes, espalda, piernas, tetas. Las zonas que molan.
– ¿Intensidad? Porque veo que no estoy hablando con una aficionada.
– Media. Y digamos que antes era una persona bastante… experimental.
– ¿Y qué pasó?
– Dejé de sentirme motivada.

Mientras hablaban ella lo cogió de la mano y lo llevó a la entrada del almacén, donde su primo había instalado una barra fija para hacer flexiones de brazos en sus ratos de ocio, cuando aún atendía la tienda. Dos juegos de esposas (“¡a tomar por culo el presupuesto!”, pensó), unas aprisionando sus brazos y otras fijando el primer juego a la barra, fueron el improvisado anclaje que ideó su visitante en cuanto se hizo cargo de la situación. Ella se dejó, aliviada de que le hubiera adivinado la intención sin necesidad de más palabras. Se sentía casi vacía, incapaz de seguir exponiéndose frente a él de cualquier otra manera que no fuera con la docilidad de su carne. Probablemente él nunca hubiera podido adivinar la batalla que acababa de librar dentro de sí, los ardientes escombros que se habían removido y la enorme –y exigente- carga de sinceridad que había implicado un acto en apariencia tan simple como la elección de un juguete. No, no tenía cómo saber…

¡Plas!

En cuando sintió el primer mordisco –nuevamente él sabía lo que hacía: el chasquido besó su piel repartiendo la proporción exacta y perfecta de dolor en cada lado- ella cerró los ojos, para sumergirse en una oscuridad que la abrazó como una manta en medio del invierno. Proveniente de muy lejos, pero al mismo tiempo de su interior, el sonido de las hebras al disputar su trayecto con el aire fue adquiriendo una belleza casi musical, estallando en ella con alegría sedienta. “La horrible alegría de despertar, de saberse vivo”, pensó, gimiendo por primera vez. Realmente el gringo le había cogido el puntillo: Ni demasiado fuerte como para volverse intolerable ni demasiado “vainilla” como para quedarse frustrada. Aunque a decir verdad, la tarde ya había superado con mucho sus expectativas.

– ¿Quieres que pare?
– Ya te dije lo que quería- le contestó con voz ronca.
– Perfecto. Sólo me estaba asegurando.

Le dio una decena de latigazos más en el culo, esta vez bastante más despiadados que los anteriores, y ella recordó por qué la mayoría de la gente no comulgaba con el dolor a la hora de buscarle una vertiente erótica: porque dolía. Claro que había más, pero eso no dejaba de estar ahí, coronándolo todo.

Cuando estaba a punto de gritar porque la sensación se volvía insoportable, él se detuvo, le abrió las piernas y le dio varios golpes suaves en el clítoris con la palma de la mano, seguidos de uno rápido y despiadado que la pilló desprevenida por su intensidad. Más que el destello seco del martirio que habían soportado sus nalgas, sintió como si le hubiera explotado entre las piernas un panal hirviente de abejas, e hilillos húmedos comenzaron a descender por la parte interna de sus muslos. Él continuó con latigazos en la espalda, incrementando gradualmente la fuerza de sus golpes, y cuando ella volvió a sentir que había alcanzado el límite de lo soportable el repitió la fórmula anterior, aunque ésta vez usó las puntas superiores del látigo para golpear su clítoris, dándole tres golpes fuertes en lugar de uno. “Por favor, no más”, suplicó ella, sintiendo que perdía la batalla contra las abejas furiosas que removían su sangre palpitante, y entonces él le atravesó los dos pezones de un solo movimiento, certero y terrible, y dejó el juguete en el suelo, dándole unos segundos de descanso.

– Suéltame.
– Todavía no. Hay algo que quiero probar.

imagen látigo 2Poniéndose de rodillas frente a su cuerpo cautivo le besó los vellos del pubis y ella se retorció, estremeciéndose en la mezcla de placer presente y anticipado. Como si hubiera sido una invitación, él le abrió suavemente los labios con las manos y comenzó a lamer su entrada con gula contenida, hundiendo cada tanto la lengua todo lo que podía en su interior. Con cada embestida crecía en ella la sensación de inevitabilidad, y pequeños estremecimientos agitaban la parte baja de su vientre y espalda para subir por su columna, convertidos en éxtasis caliente y líquido. No hizo falta mucho más. Al darse cuenta, él aumentó la potencia de sus succiones y movimientos, hasta que sintió el orgasmo salado y acuoso de ella derramarse en su boca.

Una vez liberada de su prisión temporal, Cristina se tumbó en el suelo y se quedó allí un par de minutos para terminar de desmigajar su disfrute. Cuando abrió los ojos él se había ido. Confundida, se incorporó y se quedó de pie, sin saber qué hacer, hasta que oyó su voz proveniente de la zona de los expositores:

– Estoy aquí, eligiendo mi juguete.

Había olvidado que era su turno de darle placer. En ese momento se dio cuenta de que lo había olvidado casi todo de hecho, incluso las capas que tenía que ponerse para ser la Cristina de los últimos tiempos, como si ese fuera el precio que se le había exigido pagar a cambio de recordar que su cuerpo estaba vivo. El breve camino que recorrió hasta donde él estaba le hizo pensar en los primeros pasos de un hombre en la luna.

– ¿Ya lo tienes?
– Sí, desde un principio sabía cuál elegiría. Sólo quería asegurarme de coger el modelo adecuado.
La sorpresa la hizo arquear las cejas.
– ¿En serio? ¿Un strap-on?
– Dijimos que no íbamos a juzgar.
– Oh, no juzgo. De hecho, celebro tu versatilidad.
– Me alegra oír eso. Aunque mucho me temo que tendremos que añadir otro producto a la lista de pérdidas de esta tienda.
– Mmm… ¿lubricante?
– Chica lista.
– De silicona, ¿no? Porque al agua se seca…
– Exacto. Dicen que hay uno que se vende mucho, el del bote negro. Me lo recomendó una vendedora que conocí hoy, una chica adorable.
– ¿En serio? Pensé que habías dicho que era una borde.
–  No sé de dónde sacas semejante barbaridad. imagen silueta

Cabalgar al gringo fue como montarse en una de las atracciones de la feria del pueblo, algo liberador y revolucionario a un nivel más allá de lo corpóreo. Él había tenido la gentileza de escoger un arnés con dos dildos, uno para penetrarlo a él y otro más pequeño para darle placer a ella mientras se movía. Se corrió un par de veces más en el proceso, en dos orgasmos que fueron como dos zarpazos, y cuando el roce del juguete se le volvió difícil de tolerar se quitó el arnés y continuó manejándolo con la mano, aumentando la profundidad de sus penetraciones. Con cada nueva embestida el gringo rugía, las manos clavadas en la moqueta, los omóplatos buscándose y la espalda arqueada. Ella aprovechó su mano libre para acariciar los contornos de su águila en movimiento, y él comenzó a masturbarse con furia. El chorro que emergió altivo de su interior se estrelló contra un ejemplar de “Las edades de Lulú” que una clienta había dejado fuera de sitio por la mañana. Cristina sonrió. Otro libro que debería estar en el exilio. Y su primo que seguía sin enterarse el pobre, qué desfasado…

Sólo cuando él la besó, ella se dio cuenta de que hasta entonces no lo había hecho. Sabía a galletas de miel y a placer regurgitado, y ella tragó profundo para atesorar ese resabio a refugio que le regalaban sus labios. El beso fue largo y codicioso. Después se vistieron en silencio.

– Estuvo exquisito, Cristina. Realmente exquisito. Espero que te queden energías porque hoy nos vamos de celebración.
– Espera un minuto. Yo no te he dicho mi nombre. ¿Cómo lo sabes?

El silencio, cargado de respuestas posibles, la golpeó como una bofetada seca. Él no apartó los ojos de ella ni perdió la sonrisa.

– Vine a buscarte para llevarte a la boda. Te están esperando.
– ¿Me están esperando? ¿Quiénes?
– Marta, Joaquín… bueno, y yo. Te estamos esperando.
– ¿Marta y Joaquín? ¿Tú qué sabes de ellos? ¿Quién coño eres?
– Me llamo Jan. Aunque otra forma de verlo sería decir que soy la nueva Cristina.
– No entiendo. Me vas a explicar ahora mismo o…
– Sí, si entiendes. ¿Nos vamos?

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14 pensamientos en “El amor en los tiempos del látex (III)

  1. ¿Y nos dejas así? Madre mía… Esto si que está siendo una deliciosa tortura erótica Ava jajajaja
    Me encanta, me tienes atrapada completamente ^^
    Espero impaciente la cuarta parte 🙂

    • Uy, uy, uy, que me inflo como un sapito!!! Jejeje…
      No promero cuarta parte tan rápida como la tercera, ya que estaré unos días desconectadilla, pero de que llegará, llegará!
      Un abrazote 😉

  2. Si no fuera porque eres tú y no eres otra.
    Si no fuera porque ella escribe de otra manera.
    Si no fuera porque estais las dos en Madrid y no puedo interrogaros para salir de dudas.
    Si no fuera por otras cosas…

    Sospecharía que te conozco personalmente, porque me recuerdas mucho a alguien a través de este relato concreto.

    Y al cuerno con mis lecciones de crítica literaria.

  3. Ains….. Realmente odio las historias por entregas.
    Mira que me he resistido unos días y al final he probado hoy pensando que esta podía ser la última… aunque sabía positivamente que no lo era y me iba a quedar con las ganas! Si es que no me he podido resistiiiiiiiiiir!!!

    • Amigo, lo siento muchísimo… para la próxima, fíjate si el número romano va acompañado de un “y” (y III). Eso significa que es el último capi de la serie 🙂
      Y ya me gustaría a mí “alimentaros” más seguido, pero no sabes cuánta faena dan cuatro paginitas de nada!!!
      Un abrazote, anyway…

      • Pues claro, si ya lo sabía!! No se trataba de hacerte un reproche sino más bien un halago.
        Si es que me has dejado con la miel… iba a decir en los labios pero no es ese el sitio… 🙂

        • No me sentí reprochada pero aún así lo siento, porque te entiendo… yo misma no soy nada amiga de las esperas en estas lides!!!
          De cualquier manera creo que estos días tendré más tiempo libre, así que intentaré sacar a volar lo antes posible a mi abejita laboriosa, que aún queda mucha miel que poner en… la colmena! 😉

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