El amor en los tiempos del látex (I)

sex shop juguetes

Tomar aire, subir la reja, abrir la puerta –dos vueltas, llave grande, llave pequeña-, desconectar la alarma, poner la calefacción, colgar el bolso y la chaqueta, encender el ordenador, expulsar aire…

En cuanto comenzaba el ritual su boca se llenaba de un sabor a monotonía y polvo que variaba sutilmente según el día de la semana: Los lunes venían con un regustillo a albarán, los martes a limpiacristales, los miércoles al cartón de las cajas del pedido… El sábado era el único día en el que sus tareas se limitaban a la atención de clientes (su primo finalmente había aceptado que ajustara las labores a la afluencia de público), y con el tiempo se había dado cuenta de que era el día que más odiaba de todos: imposible de fraccionar, inconquistable. Como su soledad.

Hace algunos años, ni tantos ni tan pocos, había ansiado los domingos. Ahora no ansiaba nada. Recibir el sueldo le producía una especie de calma, un sentimiento que alcanzaba a reconocer como bueno pero que no llegaba a producirle ni la sombra de ese arrebato que se veía en los rostros de algunos clientes cuando, por ejemplo, compraban un juguete. Ella misma había aprovechado en varias ocasiones su descuento de dependienta para adquirir cosas en la tienda, pero casi elegía siempre libros, o como mucho algún vibrador de los convencionales. A veces  se entretenía curioseando entre los artículos más bizarros, pero era una curiosidad tibia, casi larvática. No es que tuviera reparos morales, es que no le alcanzaba el entusiasmo. Y sin embargo podría haberse llevado lo que hubiera querido. No ganaba un gran sueldo, pero dinero no le faltaba: como no tenía hijos y su vida social era casi inexistente, sus gastos eran mínimos.

Su primo era tan cutre como el nombre que había decidido ponerle a la tienda –Sexymundo- pero no tenía más familia que él, y además era el único que le había ofrecido un trabajo cuando había regresado al pueblo. Y además sabiendo que no iba a brillar en el ejercicio de sus funciones. No destacaba por su don de gentes, y si bien hubo una época en el que se había considerado una persona sexual, hace tiempo que había perdido el interés en el intercambio de teléfonos y fluidos. Afortunadamente, a los clientes poco les importaba todo eso. Antes de Sexymundo nunca había existido un sex shop en el pueblo, y los fisgones tardaron poco en superar la incomodidad que les producía su expresión adusta para animarse a comprar algo más que lubricantes y condones.

Pero ese sábado la tienda había estado prácticamente desierta, sobre todo por la tarde. Estaban casi todos en sus casas o en las pocas peluquerías de la zona, preparándose para el matrimonio de Marta, la hija del alcalde. Cristina había hecho todo lo posible por no enterarse de los detalles, pero al final había resultado inevitable, después de todo se trataba del gran evento social de la temporada y todos hablaban de ello. Además, nadie en el pueblo sabía lo que había pasado entre ellas cuando compartieron piso en la ciudad, y mucho menos del papel que había jugado Joaquín –el novio- en toda la historia, así que no se cortaban en su presencia a la hora de celebrar la felicidad de la encantadora pareja.

De cualquier manera Cristina no quería recordarlo. Sólo quería que pasara rápido la última hora, cerrar la tienda y meterse a la cama con un té caliente y un Diazepam meciéndose entre sus venas.

– Perdona, ¿me recomendarías esto?

Se giró esperando ver al típico adolescente baboso con cara de no enterarse de nada, pero en vez de eso se encontró con un hombre adulto correctísimamente vestido de traje y con un enorme tatuaje de águila asomándose por el cuello. “Qué asco de tío. Seguro que estará acostumbrado a conseguir todo lo que se propone con esos ojos y esa sonrisa. Qué le den”, pensó en cuanto lo vio.

Le resultó desagradable de entrada probablemente por esa sonrisa que parecía decir “soy increíblemente guapo y lo sé”. El tío más guapo que había visto en años de hecho. Parecía un superhéroe sacado del universo de Marvel, un dios nórdico de espaldas anchas y brazos contundentes al que sólo le faltaba el martillo. O un hacha. No era del pueblo, así que probablemente estaba allí por la boda. Peor aún.

– Eh, te estoy hablando.
– Sí, ya te oí.
– ¿Y entonces?
– Y yo que sé. Es cuestión de gustos, ¿no?
– Claro, siempre es cuestión de gustos, pero algo me podrás contar sobre él. ¿Cómo funciona? ¿Tiene distintas velocidades? ¿Qué hace?
– Le das al botón y vibra. ¿Algo más?

Pensó que se iría, o que por lo menos le regalaría alguna mueca reprobatoria, pero nada. Parecía más intrigado que enfadado, aunque algo en sus ojos le hizo intuir que no se encontraba precisamente frente a un hombre que pudiera catalogarse como bonachón. Sostuvo su mirada durante unos segundos, sintiendo cómo su sangre se despertaba y empezaba a zumbar en oleadas suaves. Le pareció que su piel se volvía transparente y que él se enteraba de todo. Enrojeció.

– Me gustaría llevar un lubricante, un bote grande. De silicona eso sí, porque al agua se seca muy rápido. ¿Cuál es el mejor que tienes?
– No sé, no uso –contestó, y la invadió una necesidad urgente de que ese hombre desapareciera de su vista. Quería llorar, abrazarlo y abofetearlo, todo de golpe y sin saber por qué.
– ¿No uso? ¿Qué clase de respuesta es esa?- preguntó él, ahogando una carcajada.
– Te puedo decir el que más se vende, pero no tengo idea de si es el mejor. Es el del bote negro, en esa estantería. ¿Algo más? Tengo que hacer caja.
– No estoy muy seguro de atreverme a preguntar nada más. Dejas bastante que desear como vendedora, por no decir directamente que eres una borde.
– Perdona, yo a ti no te he insultado ni te he subido el tono.
– Ni falta que hace. Tu actitud lo dice todo. Y tu cuerpo
– ¿Qué dice qué?
– Lo sabes muy bien.

Se fue sin comprar nada, dejándola con la réplica atravesada en la garganta. Pasó media hora larga, en la que sólo entró una pareja de lesbianas maduras preguntando por la trilogía de las Cincuenta Sombras. ¿También ellas leían esa basura?”, exclamó para sí, malhumorada. Les dijo que los libros estaban agotados y que probablemente llegarían pronto, aunque sabía que eso no era cierto. Llevaba semanas sin incluirlos en el albarán de pedido, simplemente no podía soportar la idea de vender otro y contribuir, de la forma que fuera, a su difusión. Total, su primo sabía tanto del stock de la tienda como de física cuántica, así que podía permitirse pequeñas licencias como esa de tanto en tanto.

Los siguientes minutos los dedicó a limpiar los látigos en exposición, pero no por encima y con la bayeta como de costumbre. Lo hizo con dedicación y sin prisa, con movimientos casi amorosos, pasando un algodón empapado en quitaesmalte (el primer líquido que encontró) por cada mancha o zona pegajosa que iba apareciendo entre tiras y cerdas. Cuando no quedaban más látigos que limpiar volvió a mirar el reloj. Menos cinco ya. Sabía exactamente cuánto dinero había en la caja, ya que ese día sólo había vendido un disfraz de enfermera y tres paquetes de preservativos, así que decidió salir a fumarse un cigarrillo antes de apagar el ordenador y cerrar. Estaba agachada, buscando la cajetilla que se escondía en alguno de los rincones imposibles de su bolso, cuando escuchó las campanillas de la puerta. Sin incorporarse, soltó un desabrido y mecánico “estamos cerrando” y siguió hurgando entre sus cosas.

– ¿Estamos? Aquí no hay nadie más que tú.

Nunca lo había visto antes de ese día, y sin embargo su voz le sonó poderosamente conocida. Se incorporó con un brinco nervioso y se giró, sabiendo perfectamente lo que se iba a encontrar al frente. La violenta sensación al verlo, una especie de alegría comprimida e incómoda, se le inyectó entre las piernas, y los músculos de la pelvis se le contrajeron sorprendidos.

– Ya, bueno, estoy cerrando. Puedes volver el lunes. En la semana estamos hasta las ocho y media.
– No lo creo.
– ¿Cómo dices?
– Eso de irme. Que no lo creo.
– No tienes nada que hacer aquí. Como te dije, estoy cerrando.
– En primer lugar quería disculparme. Te he llamado borde y no me has dado esa confianza. Eso no estuvo bien.
– Vaya. Gracias.
– Espera, que no he terminado. Porque si bien corresponde que me disculpe por llamarte borde no quita que te hayas portado como tal.
– Pues lo estás haciendo de nuevo. Menuda disculpa.
– O como una maleducada, si prefieres que sea más fino. Y estarás de acuerdo conmigo en que esa no es manera de tratar a un cliente. Tendrías que ser más amable.
– ¿O si no qué? ¿Me vas a poner una hoja de reclamación por mirarte feo? -, le replicó con un tono nada amable.
– Está claro que eso no te asusta, o no irías por la vida tratando a la gente con tanto… esmero. No, iba a decir que comienzas a parecerme un desafío. ¿Cuánto tendría que esperar para verte una sonrisa? Aunque sólo sea para comprobar que tienes otra cara, y que no te levantas y te acuestas todos los días con esa de culo que te has puesto hoy. Ten cuidado, o se te va a quedar pegada para siempre.
– Ahora eres tú el maleducado, así que te pido que te vayas. Además tengo que cerrar, ya es tarde.
– ¿O si no qué? ¿Me vas a poner una hoja de reclamación por atrasar 10 minutos tu hora de cierre?

Se lo dijo con una sonrisa canalla, en tono de broma, pero con esa espesura que tienen las bromas de los que están acostumbrados a ganar. Volvió a sentirse irritada por la descarada exhibición de sus encantos, por ese aplomo sin mácula que parecía no costarle esfuerzo. Debía tener alguna fisura, cualquiera. Desconcertada, decidió probar con un cambio de giro y jugársela con la carta del sufrimiento femenino, a ver si así conseguía desarmarlo, o al menos incomodarlo, con eso.

– ¿Sabes qué? Tienes razón. Te pido que me disculpes. No estoy teniendo un buen día, para nada-, dijo con voz suave, dejando escapar un suspiro perceptible pero no demasiado evidente.
– Eso puede cambiar. Siempre puede cambiar, depende de tí- contestó él, sin que la más mínima sombra de compasión se asomara en sus ojos. Parecía más bien divertido.
– Uff, no estoy como para que me suelten el discurso del vaso medio lleno, hoy no. Precisamente hoy no. Pero tampoco quiero aburrirte con mis dramas. Quiero decir, apenas te conozco y tampoco se trata de largarse a hablar con cualquiera.
– Te lo agradezco. Hay desahogos mucho más interesantes que hablar.

¿Te lo agradezco? ¿Qué coño se había imaginado el gringo de los cojones? Tuvo que echar mano a toda su disciplina interna para revestir su irritación de indiferencia. Una sonrisa levemente sicópata se le quedó pegada en la cara.

– ¿Ya sabes lo que te vas a llevar?- le preguntó
– Oh, lo he pensado bien y no creo que necesite llevarme nada en este sitio.
– ¿Me estás tomando el pelo?
– Por supuesto que no. Aquí hay artículos muy interesantes, eso no lo discuto. De hecho, ya tengo fichados algunos. Sólo que no voy a llevármelos, ya que pienso utilizarlos sin sacarlos de esta tienda.

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13 pensamientos en “El amor en los tiempos del látex (I)

  1. Me lo he leído, y siento la boca llena de besos con sabor a tí y los dedos impregnados de tu perfume más secreto. Luego me lo vuelvo a leer, a ver de que me lleno, y me explayo más. La ducha fría no me la quita nadie.

    Cada día estás más guapa, digooo, escribes mejor.

  2. Sientante, amiga mía, que va a ser una prolija entrada esta. Te responderé a tu comentario al final. Ten paciencia…

    Sospecho que tu musa me ha espiado y luego se ha ido contigo la muy liberal. Lo digo porque llevo días siendo Cristina, aunque más borde y menos turgente, y una amiga haciendo las veces de cliente pero sin tatuaje. Por eso la historia me ha resultado muy cercana y familiar.

    No te perdono, sin embargo, tu manía de dejarme con la miel en los labios xon tus coitus interruptus literarios.

  3. Continúo. Mi movil te tiene celos y no me deja escribir como Odin manda.

    Te tengo que perdonar el “no me dejes asi, golfaaaaa!!!” (metaforicamente hablando) porque yo hice algo parecido con la Steele gala. Por cierto: que mala baba tienes, tesoro. Cómo le arreas a las 50 sombras infames esas. Muy finamente, si, pero menuda coz en los bajos fondos, amigaaaaa…

  4. Vamos, que la dependienta es de armas tomar y al cliente le va la marcha. Curiosón me quedo por ver por dónde sales ahora.

    Ah. Mi comentario subido de tono. Se debe a mi insufrible lirismo carpetovetónico que mora por mis venas. C’est la vie. Si parezo más subido de tono es porque te he imaginado llegando a casa, cansada, y me ha salido mi lado osito panda. Soy así de inesperado.

    No, no ha sido subido de tono mi comentario. Eso te lo garantizo. 😉

    La subida de tono me la reservo para un momento imposible. Cual? Te dejo con la duda y con…

    Un montón de besos fuertes,
    Jack, tu amigo que sube y baja.

  5. Pingback: SOS relatos eróticos | Ava y el sexo

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