Deliciosos imprevistos (o sobre el maravilloso poder curativo del sexo)

“Está vastamente demostrado que la oxitocina segregada por el hipotálamo después del orgasmo –o cuando la madre amamanta a su hijo– tiene un profundo efecto calmante, y no hace falta muchas estadísticas para ilustrar que tanto hombres como mujeres en ocasiones recurren a la masturbación para tranquilizarse”.

(Pere Estupinyà. S=EX². La ciencia del sexo).

sol

Fue un verano caluroso, muy caluroso, de esos difíciles de describir sin caer en un cliché: humedad a tutiplén; noches eternas e inclementes; cada pensamiento y movimiento ralentizado, como si se existiera en un universo paralelo donde se acabó el aire para respirar y sólo queda el aliento pegajoso de un gigante de gelatina.

Hablo de Barcelona, hace no mucho tiempo atrás, una ciudad maravillosa pero difícil de amar en temporada estival, sobre todo si estás visitando a un amigo que no tiene aire acondicionado. Y más difícil aún si al poco de llegar un enjambre de hambrientos mosquitos-tigre decide que tus piernas son el más delicioso festín que pueda haber sobre la faz de la tierra.

No sé mucho de insectos, pero según me explicaron, la picadura de un mosquito tigre es mucho más molesta, dolorosa y persistente que la de un mosquito sin ‘pedigrí’. Ahora, lo que sí sé es que tenía las piernas irreconocibles, deformadas por decenas de picaduras gigantes, hinchadas y enrojecidas, y que cuando fui a la farmacia a buscar “una cremita” el del mostrador flipó. Y no fue por mis ojeras precisamente.

Llevaría ya 3 ó 4 noches luchando contra la desesperación, la mala leche y las ganas de tirarme por un puente o chutarme heroína cuando mi amigo (a quien voy a llamar Thomas, porque sí) me propuso un paseo por alguno de los pueblecillos costeros de la zona. La idea era ir “a la suerte de la olla”, coger el primer tren que se nos ocurriera y bajarnos donde nos diera el pálpito, a ver qué nos ofrecía la vida. Y partimos, yo con escasa fe en las propiedades terapéuticas de un paseo por la playa y él con la mochila llena de… paciencia. Y es que para qué andamos con cosas, la irritación y la frustración son dos sentimientos que me pueden volver bastante tocapelotas.

La noche nos pilló paseando por un pueblecillo tranquilo. La jornada, llena de largas caminatas, conversaciones y delicias gastronómicas, había estado de lujo, pero inevitablemente había llegado ese momento del día que tanto aborrecía… Cuando empezaba a sentir el calor en las piernas, como si mis picaduras despertaran a la vida y su misión última fuera recordarme que estaban allí para joderme la existencia. Sin poder evitarlo, me daba cada tanto unos rápidos arañazos culposos, intentando que Thomas no lo notara, para que no me echara la paternal bronca de nuevo (me había rascado como una enajenada mental un par de días atrás, en un momento de máxima desesperación, aumentando considerablemente las proporciones del desastre).

– ¿Puedo hacer algo para que te olvides de tus piernas?
– Bfff, lo dudo.
– En serio, cualquier cosa. Lo que sea para que te relajes unos minutos
– Puedes intentarlo, pero no creo que haya algo que…

No alcancé a terminar la frase porque me cogió con fuerza del pelo y me arrastró hacia sí, clavándome la lengua en el fondo de la boca con todo el poderío del invasor. Tras un beso largo y abrasador, sin soltarme el pelo ni permitirme enderezar la cabeza, abrió el botón de mi pantalón con la mano que tenía libre y hundió sus dedos en mi interior, empapado y abierto. Con el placer lamiendo mi columna solté un grito, y entonces quitó la mano para taparme la boca, mientras me miraba con los ojos cargados de juego.

– Shhhhh.

Seguimos paseando y conversando, con nuestro mejor aire de inocencia. Cuando llegábamos a una calle en la que no se veían luces encendidas en las casas o gente caminando volvía a cogerme del pelo y me arrastraba un par de metros, para después masturbarme por unos instantes, apretarme los pezones o arrodillarme en una escalera para que le comiera la polla. Pasado un rato largo encontramos una casa en la que parecía no haber nadie, con una tapia muy bajita que daba a un patio exterior en el que había unos arbustos de lo más convenientes. Saltamos la tapia entre susurros y risas ahogadas, y una vez al otro lado Thomas me dio otro beso pastoso y acalorado y me giró el cuerpo para quedar a espaldas mías. No recuerdo si yo me bajé los pantalones o fue él, pero sí recuerdo que, pese a que la posición no era la más cómoda, estuvo delicioso, y tan intenso que terminé poseída por un mar de explosiones interiores, con el cuerpo empapado y lágrimas corriendo por mi cara. Ahh, ese maravilloso look mapache que queda después de algunos buenos polvos…

– ¿Estás bien?
– ¿Estás de coña? Ha sido fantástico (la expresión de preocupación que comenzaba a asomar en el rostro de mi amigo cambió automáticamente a una de guasa).
– Qué bueno. ¿Alguna molestia? ¿En las piernas tal vez?
– Ninguna. Absolutísimamente ninguna…

PD: Este relato ha sido patrocinado por Durex.
(No, es mentira, pero por si las moscas guarde siempre un preservativo en algún bolsillo -de preferencia holgado- o en el bolso, si lleva. En serio, nunca se sabe…)

Anuncios

18 pensamientos en “Deliciosos imprevistos (o sobre el maravilloso poder curativo del sexo)

  1. Dudo. ¿Escribo lo que pienso o lo que siento? Lo segundo: daría con gusto a las llamas mi mejor poema por verte con tu “look mapache”.

    Me ha gustado mucho este relato.

    Perdona mi laconismo pero es mejor así, porque la fiebre me nubla el seso un poco. Mejor ser comedido a ignorado.

    un besazo
    Jack

      • Desatado soy tan peligroso como mi avatar, aunque mucho más mimoso. Pero eso prefiero dejarlo para otras situaciones.

        De nada… me pareció más apropiado que decir “¡quien pudiera quitarte los picores a besos!”. Y a base de lo que no son besos, obviamente.

        Ahora en Barcelona no hace mucha calor… just sayin’… 😉

  2. Obivamente, muchos nos ofreceríamos a darte “medicina” a granel, pero ahora me preocupa otra cosa: ¿estoy realmente mal si, en lugar de pensar en “balsamizarte”, empiezo a interesarme más por el transfondo creativo de éste y otros relatos tuyos?

  3. ¿En serio te pregunto si te picaban las piernas? ¿En serio? ¿Le quedaban dudas? Nada como dejarse deambular por la incertidumbre de lo cotidiano, sin duda! Felicidades aventurera Ava, si sigues perdiendote por playas y pueblos desconocidos quizá te tropiezas conmigo en una bici, quién sabe….

  4. Anoche, mientras regresaba a casa dando un paseo y las nubes amenazaban con un diluvio (amablemente se contuvieron hasta que este panda se metió en su caseta), me picó un pedazo de abejorro (con nocturnidad, alevosía y aguijón), y me acordé de este post y de tí, querida amiga, y me ilusioné pensando “¿me han picado? ahora me f*****?”. ¡Ay, que alegría para mi cuerpo osuno?

    No fue el caso, desafortunadamente.

    Pero, sentado en la cama y pensando en esta entrada y en la que me tocaba hoy, he de admitir que me quedé dormido abrazado a Ava Maof y Valérie Tasso.

    Gros bisous, ma belle, plein de mimis, ma chérie
    Jack.

    • Vaya… cuánto dan de sí mis post, que me sonrojo…
      Y eso de compartir cama con Valérie Tasso… todo un honor!!! Ella sí que sabe 😉
      Un abrazo gordo. Eres el visitante estrella de esa casa, jejeje.

      • Hala… Te ilusiona compartir cama con Valerie… ¡Y para mí un botijo!

        😉 Tú y ella sí que sabeis, guapísima.
        Un besote.
        J.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s