Mi segundo relato erótico VI

Carne de diván VI

bondage

Sólo cuando estuvo completamente en su poder se dio cuenta de que no sabía nada de él. No tenía la más mínima información de la que asirse en medio de la noche que la envolvía, sólo conocía los escasos datos –gastados ya de tanto repaso- que habían rasguñado sus sentidos: Sus facciones taurinas, la morena suficiencia de su cuerpo, la pausa que acariciaba sus gestos. También su olor, que ella imaginaba parecido a las profundidades del océano, y el sonido hipnótico de su voz. Pero nada más. Se dio cuenta de que nunca hablaba de sí mismo, y aunque intuía que la discreción debía ser una práctica habitual entre los de su profesión, no pudo dejar de sospechar cierto artificio en el meticuloso hermetismo del hombre que la tenía a su merced. Por primera vez se preguntó qué edad tendría. ¿Estaría casado? ¿Con hijos? ¿Habría tenido un infancia feliz? ¿Qué desayunaría todos los días? ¿Y si fuera un pervertido?

Después de amordazarla le había puesto un cojín bajo las rodillas y la había devuelto a la posición original, así que estaba relativamente cómoda, aunque la sensación de haberse convertido en un trozo de carne expuesto en una charcutería le impedía relajarse. No podía verlo, pero sentía sus pasos bordeándole la silueta, deteniéndose cada tanto junto a ella, observándola.

– Mira Laura, ahora vamos a hacer algo muy sencillo. Yo te voy a hacer unas preguntas y tú me vas a responder, sin darle muchas vueltas. Como no es la primera vez que lo hacemos así, no tendremos problemas. Ahora, hay dos cosas que debes tener en cuenta: Las preguntas no se parecerán mucho a las que te suelo hacer durante las sesiones, pero tienes absolutamente prohibido no contestar.  Y lo otro, te informo que esta sesión está siendo grabada.

¿Grabada? ¿Será hijo de puta? Resistió con dificultad la tentación de transmitir su protesta con el cuerpo, de cualquier manera no podía hacer nada para impedirlo y en ese momento sentía que la única vía de rebelión de la que disponía era la inmovilidad más absoluta. Por insignificante que pareciera ese resquicio, aún le daba cierta idea de dominio sobre los movimientos de él.

– Me imagino lo que estarás pensando, pero no tienes nada de qué preocuparte. No voy a hacerme pajas con tu video ni pienso invitar a mis amigos a verlo un sábado por la noche. Es para tu propio uso y disfrute. Pero también para que hagas los deberes. Porque habrá deberes. Algunos más placenteros que otros, claro.

Otra pausa calculada. Se sentía mareada. Ya no era capaz de distinguir desde que parte de la habitación le hablaba, no había espacio a su alrededor, sólo voz y negrura.

– Te miro y pienso “qué me diría si pudiera hablar”. Probablemente me mirarías con esa cara de mártir intelectual que tanto te gusta poner y me dirías algo así como “Ahá… ¿algo más?” Pues sí, algo más, algo que llevo un rato pensado cómo resolver. Como te habrás dado cuenta, no estás en condiciones de responder a mis preguntas hablando, y temo que lo de moverte tampoco lo tienes muy fácil, así que tendrás que comunicarte de otra manera. Se me ocurrió que podías apretar una vez los puños para decir que no y dos veces para decir que sí. Ah, y no vale mentir. Cada vez que me parezca que estás mintiendo… bueno, digamos que te ayudaré a abrirte de otras maneras.

SumisiónNo quería seguir escuchándolo. Quería irse de ahí, o que se la follara salvajemente sobre el escritorio, cualquier cosa menos seguir indefensa y atada, con esa incertidumbre que le mordía el vientre. Además, empezaba a notar cierta tensión en el cuello y los hombros y se preguntó cuánto más podría aguantar. Se removió un poco.

– Si estás incómoda puedes levantar la cabeza. Ya la volveré a poner yo en el suelo si lo considero necesario. Eso sí, no te eches demasiado para atrás ni apoyes el culo en los talones. Ah, y las rodillas no las muevas.

Se irguió un poco en cuanto comprendió lo que le estaba diciendo y sintió su sangre descender hasta los muslos, rápida y caliente.

– ¿Laura, estás lista?

Apretó dos veces los puños

– ¿Te has masturbado alguna vez pensando en mí?

No respondió de inmediato, pero no tanto porque le diera vergüenza reconocer algo que a estas alturas el parecía saber muy bien –por la seguridad de su tono se daba cuenta de que no le estaba haciendo realmente una pregunta– sino porque al escucharlo no pudo evitar ser atrapada por la caótica representación mental de las últimas sesiones masturbatorias a las que lo había “invitado”. Sólo dibujándolo a él al otro lado de sus párpados había logrado desprenderse por segundos de la percepción de que su cuerpo era como un templo sagrado en ruinas, una divinidad estéril de imposible trascendencia. Imaginándolo a él cada célula que despertaba se iba convirtiendo en tierra fresca, en cemento reconstituyente. Salió de sus recuerdos cuando sintió que él le apoyaba un dedo en la entrada del culo. Estaba húmedo y pegajoso.

– No me hagas repetir la pregunta, por favor.

Volvió a apretar los puños dos veces. Él dejó pasar unos segundos antes de continuar. Al hacerlo hundió levemente el dedo.

– ¿Te gusta lo que te estoy haciendo?-, preguntó, enterrando un poco más. Ella pensó en un dedo de niño hundiéndose en una tarta de cumpleaños y arqueó la espalda.

– ¿Laura?

Volvió a contestar que sí con las manos, sintiendo que de las terminaciones nerviosas de su ano salía música. “¡Dios mío!”, le gimió a la bola que acampaba en su boca. Nunca nadie la había tocado así.

– ¿Era esto lo que estabas buscando cuando viniste?- le susurró al oído, clavando el dedo hasta el final.

¿Lo era? Tuvo que reconocer en ese momento que ya al llegar no estaba esperando una sesión convencional, pero ni en sus más debocadas fantasías hubiera podido invocar lo que le estaba ocurriendo. Por no hablar de lo que todavía podía pasar. ¿Qué estaba buscando realmente? ¿Un polvo y ya? ¿Matar algún demonio? ¿Qué alguien, de una buena vez, la hiciera sentir sucia y mala y descontrolada?

No pudo seguir pensando. Él retiró el dedo y sin darle ningún aviso lo reemplazó por otro objeto más grande y duro, que hundió hasta el fondo sin piedad, con un movimientos brusco y preciso. Fue mayor la sorpresa que el dolor.

– Lo que te he puesto es una maravilla que se consigue en muy pocos sitios. Es un butt plug pero al mismo tiempo es un vibrador con mando a distancia, que tiene distintas velocidades e intensidades. Una verdadera joya. Voy a ponerlo en modo suave, para que te vayas acostumbrando a él pero intenta no agotar mi paciencia con tus dilaciones. ¿Era esto lo que estabas buscando cuando viniste?

No pudo cerrar los puños porque la descarga le subió por el recto hasta la columna para cogerle todo el cuerpo, atrapándola en un zumbido voraz que tensionó sus extremidades. Pese a la violencia con la que fue arrojada a esa explosión de lucidez nívea, le dio tiempo a sentirse trasladada a un lugar en el que nada podía hacerle daño.

– Perdona, me equivoqué de botón. Ya lo bajo

Apretó los puños dos veces, sintiendo que todas las respuestas trascendentes que tanto había buscado se acumulaban en ellos. Le pesaba la cabeza, pero era una pesadez agradable, una invitación. Pasaron un par de minutos antes de que él volviera a hablar, y ella los aprovechó para dejarse lamer todo el cuerpo por esas oleadas de sensaciones secundarias que hasta entonces nunca había tenido. Se sorprendió experimentando algo parecido al agradecimiento por la pausa que le había regalado su… ¿captor?

– Bien, ahora quiero que pienses en cómo te sientes en este instante. Inerme, expuesta, abierta. ¿Te gusta sentirte así, Laura?

BondageOtro sí. Tal vez gustar no era la palabra más indicada para una situación que le producía ganas de llorar como una niña y un insoportable dolor de estómago, pero estaba segura de que una parte de ella moriría si él se detenía en ese momento.

– En lo más profundo de ti, en alguno de esos rincones que escondes… ¿deseas que te haga daño?

“Hazme lo que quieras –se gritó-, lo que quieras pero házmelo ya. Húndeme otro cacharro de esos hasta la garganta, abrázame, entiérrame la cabeza en el suelo, arráncame los brazos a mordiscos, qué más da. No sé qué quiero gilipollas, no sé qué coño me pasa”.

– Nena, no hay respuestas buenas o malas. Sólo no me mientas. No te mientas- le dijo él acariciándole con delicadeza la espalda.

Esta vez se olvidó de las manos y asintió con la cabeza. La tela que cubría sus ojos recogió dos lágrimas espesas que ella se alegró de poder ocultar.

– Laura, ¿te ocurrió algo cuando niña, alguien te hizo algo?

La pregunta le supo a pantano. Un verde mohoso entró por sus oídos y fosas nasales, tapándolo todo. Sintió que atravesaba un túnel de silencio, en el que estaba sola. Al otro lado un aparato para el culo comenzó a vibrar con furia.

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8 pensamientos en “Mi segundo relato erótico VI

  1. Ava, ME – EN-CAN-TA!!
    Escribes genial, con un estilazo y la historia… uiuuuhhmmm dios mio! Sugerente, sexy, y me encanta el dibujo que estás haciendo de los personajes.
    Hacía días que tenía marcadas las entradas para leerlas, y ahora estoy enganchada!! Esperando impaciente la siguiente entrega!! 😉
    Genial, nena, Genial!!

    • Uy, muchísimas gracias!!! Me he inflado como un globo con tus comentarios, jejeje…
      La verdad, recién estoy descubriendo mis talentos erótico-narrativos, y la experiencia está resultando de lo más entretenida. Confieso que me resulta bastante más fácil parir un relato de estos que un post de los de la vieja escuela (mi vieja escuela, se entiende, jeje), sobre todo porque no me tiro cuatro horas pensando temas para deleitar a mi exigente audiencia. Pero bueno, cuando termine esta serie volveré por un tiempillo a los hábitos del pasado, ya que me da un pelín de susto entusiasmar demasiado con esto de los relatos y que después a nadie le importe tres carajos lo que pienso sobre el sexo y la existencia humana 😀
      Probablemente termine alternando ambas cosas, al fin y al cabo las dos me resultan muy satisfactorias, y… para eso es mi blog!!!
      Y el vuestro, claro…
      Un abrazo apretadísimo!

      (Y por cierto, justo ayer me acordé de tí porque estaba leyendo el último número de The Vanille Magazine y venía un reportaje sobre Francesco Tortorella con imágenes de algunos de sus carteles… Y yo descojonada al ver el de la chica de los cabellos negros, pensando “pero si esa chica es Contessa Pandora!” Bueno, claro q no eres tú, pero al mismo tiempo lo eres, y absolutamente ninguna otra… ya me entiendes!)

      • Ay Ava, yo te animaría a que no lo dejaras!!! A quién le tiene que importar es a tí, tu escribe para ti y disfrútalo.
        Yo estaré desando leerte 🙂

        Un besazo para ti también!!

        ( si.. Francesco se empeño en hacerme un retrato… y yo le dije: ” Pues, así.. en una pose mía natural” jajaja y ya ves.. jajaj 😉

        • Jeje, no, no lo dejo, que ya me picó el bichito!!!
          Y sí, ese es el mejor consejo, escribir para mí… aunque como lectora soy bastante tocapelotas, jeje!
          Un abrazo enorme. Me voy porque tengo un relato que escribir..

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