Mi segundo relato erótico (V)

Carne de diván (V)

shutterstock_124902728_cuerdasLe duró poco la sonrisa. Pese al impacto de haber sido descubierta in fraganti, chapoteando en las primitivas aguas de su paraíso post orgásmico, no tardó mucho en darse cuenta de que él traía algo en las manos, aunque no pudo distinguir qué. Un paquete, un bolso arrugado tal vez. La inquietud le subió como una burbuja gigante por la garganta. Se puso de pie.
– ¿Qué llevas ahí? Dijiste que no ibas a pegarme.
– No voy a pegarte. Voy a atarte.

La saliva le supo a harina. Apenas podía tragar.

– ¿A atarme?
– Sí. Aunque la idea de mostrarte algunos de los infinitos matices eróticos que tiene el dolor me resulte tentadora, creo que tus puertas de entrada al placer, al menos de momento, están en otro lado.
– ¿Por ejemplo?
– Te lo he repetido muchas veces. Tienes que entregarte. Perder el control.
– ¿Y esto sería como una sesión práctica?
– Exactamente. Además de gratis, claro.
– ¿Tratas así a todas tus pacientes?
– Me parece que va siendo hora de cerrar esa boquita.
– ¿Dónde está mi ropa?
– Sí. Definitivamente va siendo hora…

Pero en lugar de eso la besó, y en ese beso largo y enfebrecido le contó uno o dos secretos que empezaron a tomar forma dentro de ella y a irradiar un calor que hasta entonces nunca había sentido. Después se puso detrás y le pasó suavemente las yemas de los dedos por la espalda, subiendo desde su nacimiento hasta la nuca en un único movimiento, lento y fluido. Sin detenerse, lee rodeó el cuello con ambas manos para seguir bajando por su pecho. Acarició unos instantes su ombligo y entonces, sin darle tiempo a reaccionar, cogió bruscamente sus muñecas y las echó hacia atrás, aprisionándolas entre sus dedos.

– Quédate así, sin mover un pelo.

Cogió una cuerda gruesa y de tacto suave y comenzó a atarla con una calma que a ella se le antojó perversa. Aunque no apretaba demasiado, podía sentir sus muñecas palpitar desconcertadas. Se preguntó si alguna vez había reparado realmente en ellas hasta ese momento. “Qué gracioso. Tengo las muñecas acojonadas” – se dijo. “Soy la paciente de las muñecas acojonadas”.

– Laura
– Sí
– Agáchate y junta los tobillos.
– ¿Qué me agache? ¿Cómo?
– Ja ja, vaya pregunta. Acercando tu cuerpo al suelo.
– No, me refiero…
– ¿Sí?
– No sé, tengo las manos atadas, es raro. Me voy a caer.
– No, no te vas a caer. No te estoy diciendo que te tires de un acantilado, sólo que te agaches. Aunque si lo necesitas, primero toma una buena bocanada de aire.
– Ricardo, no te burles de mí.
– No lo hago. No puedes ni imaginarte lo en serio que te tomo. Lo que no quiere decir que no me divierta.
– Mmmm. ¿Y entonces?

Desprovista de toda amabilidad, su voz le llegó como el eco de la llama de una vela apagándose.

– Para abajo, ahora. Con las rodillas y la frente apoyadas en el suelo.

Lo había leído en un par de novelas de esas que estaban tan de moda, pero el cosquilleo gris que había logrado despertarle la lectura de esas escenas no se comparaba a esa mezcla intensa de humillación y excitación que le reventó en el cuerpo cuando escuchó sus palabras. ¿Con las rodillas y la frente? ¿No se estaba pasando un poco? Sin embargo, no se atrevió a desobedecer y se puso en la posición indicada, aunque tuvo que hacer un esfuerzo para no perder el equilibrio. El corazón no le latía, le ondulaba en el pecho buscando con desesperación una salida. Él le quitó las botas con cuidado y comenzó a atar sus tobillos, dándose más prisa esta vez. Cuando hubo terminado volvió a pasarle los dedos por la espalda, pero esta vez de arriba abajo, hasta llegar a su hendidura. Se detuvo unos segundos y comenzó a trazar delicados círculos alrededor de la apertura del ano, sin llegar a tocarlo, aunque ella se sintió inmediatamente penetrada por un ardor líquido que se deshizo en los interiores de su cuerpo. Comenzó a retorcerse sin ser capaz de detener sus movimientos, como si el cerebro recibiera la información a destiempo, cuando ya no había nada que pudiera hacer. El dedo de él rozaba ya peligrosamente las carnes hambrientas de su interior, y ella sintió que si seguía podía tragárselo entero por detrás. “Así que también tenía culo”, alcanzó a pensar, antes de abandonarse del todo en las mareas que la reclamaban. Le pareció que su cuerpo intentaba separarse en dos mitades maduras, que habían estado preparándose largo tiempo para ello, y un sonido rasposo e irreconocible empezó a salir de su garganta. Entonces él detuvo sus caricias y se puso de pie.

shutterstock_131143289_corbata– No hay necesidad de correr. Tenemos mucho tiempo-, le susurró mientras se alejaba.
– Pues yo tengo que volver pronto a casa- le contestó con velocidad herida. Sentía ganas de abofetearlo por haberla dejado así. Sin embargo no se atrevió a mirarlo, pero cuando volvió a acercarse giró un poco el cuello con dificultad y pudo distinguir que traía una cinta de tela en una mano, ancha y gruesa, y en la otra una especie de correa pequeña con una bola de plástico al centro.

– Te aseguro, querida, que tu conversación me parece fascinante, pero durante las próximas horas te prefiero ciega y muda.

No alcanzó a protestar. Él la cogió de los hombros y la elevó por detrás. Después, simplemente, se apagó la luz.

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