Mi segundo relato erótico (II)

Carne de diván (II)

shutterstock_88020070¿Pasaron segundos, minutos? Era incapaz de saberlo. Él seguía ahí, inmóvil y esperando, como espera el depredador que vigila el más mínimo movimiento de su presa. Ella podía sentir su aliento, su olor a guerra, su ansia de sangre. Tragó saliva y se obligó a hablar, sintiendo que algo inquietante y espeso tomaba posesión de su cuerpo, dispuesto a colonizarlo para siempre. “A partir de aquí no hay vuelta atrás”, pensó.

– Perdona, no… no te entiendo.
– Sí, si me entiendes. Sácate la camiseta.
– Ricardo, quiero irme a mi casa.
– No, no lo quieres. Quieres estar aquí. Quieres que unos brazos te contengan. No es la solución a nada, pero yo también lo estoy deseando. ¿No te justaba jugar, ponerme miraditas y poses? Pues ahora te toca enfrentar las consecuencias de tus actos.
– Tú flipas. Yo me voy.
– ¡Cállate y siéntate!
– ¿Perdón?
– Lo que oyes.

Sabía que estaba entrando en terreno desconocido, aunque en realidad casi todo le resultaba desconocido cuando se trataba de relacionarse con los demás. Las escasas experiencias sexuales que podía recordar habían sido tristes y monótonas, y aunque era consciente que tenía que haber algo más, al intentar imaginarlo sólo encontraba sombras y caminos cerrados. Su lucidez, sin embargo, alcanzaba las cumbres más altas a la hora de contemplar la ausencia, el “menos” permanente en el que se había convertido su existencia. Ahora, la falta de entrenamiento cuando se trataba de captar los distintos tonos y sutilezas amatorias no le impidió darse cuenta con una claridad casi absoluta de que aquel era el momento de tomar una decisión, y que además iba de cabeza a tomarla por omisión. Estaba a escasos instantes de perder su vía de escape. “Es ahora”, se dijo. O se ponía de pie y se iba o… Unos cuantos segundos más, un guiño o un movimiento traicionero de su cuerpo y ya no podría alegar inocencia.

– No sé cómo hacerlo. Tengo miedo.
– Miedo. Qué delicia.

¿Era posible? Con sólo escuchar sus palabras sintió que algo enorme y pesado la penetraba y la partía en dos. Entonces lo entendió. Eso nunca más iba a volver a unirse,  ella ya era otra, una iniciada. No habría cura, nada volvería a calmarle el ansia. “Ni aunque me lo tragara entero, cada órgano, cada trozo de él entrando por mi boca”, se dijo. “Ni aunque lo encerrara pasa siempre en una jaula y sólo yo jugara con su cuerpo”. Ambos pensamientos, breves pero nítidos, la sobresaltaron, pero más la sorprendió la ingravidez de su sobresalto, lo fácil que lo aceptaba. De alguna manera había vuelto a nacer, y tenía hambre.

– Eres un remolino de emociones ahora mismo, una obra de arte. Podría contemplarte por horas, pero tengo otros planes más interesantes. Sácame la corbata. Y ni se te ocurra decirme que no.
– No
– Joder, te va la marcha parece. ¿Con ganas de jugar, Laura?
– ¿Me vas a obligar?
– Hey, qué perversa. ¿Eso quieres?
– ¿Tú qué quieres?
– Que no me contestes una pregunta con otra pregunta.
– Ricardo, no sé. Quiero irme, quiero quedarme…
– Yo te voy a ayudar. Ahí está la puerta. Tienes exactamente 15 segundos para salir por ella. Ese es el único contrato que te voy a ofrecer. Te vas, te olvidas. Te quedas, aceptas.
– ¿Qué acepto?
– Todo. Lo que surja. Lo que se me antoje. Lo que se te antoje. 10 segundos.
– No quiero que me veas desnuda.
– No digas gilipolleces. Cinco.
– Lo digo en serio. O si no me voy.
– Vaya, lo siento muchísimo
– ¿Por qué?
– Porque eso dejó de ser una opción hace exactamente dos segundos. Así que ahora me vas a sacar la corbata del cuello y te vas a callar de una puta vez. Y después  de eso me la vas a dar y te vas a desnudar lentamente delante de mí, porque quiero ver las historias que cuenta tu cuerpo. ¿He sido lo suficientemente claro o necesitas otro tipo de instrucciones?
– ¿Podemos parar cuando yo lo desee? ¿No deberíamos tener una palabra?
– ¿Tú qué crees? ¿Qué esto es una novelita sadomaso? Nadie te va a dar con un palo aquí, quédate tranquila y deja de intentar controlarlo todo. No todas las cosas se paran cuando uno quiere, a veces siguen su propio curso.
– ¿Entonces no me vas a pegar ni nada de eso?
– Dos años de terapia y aún a veces me sorprendes.
– No te lo estoy pidiendo. Sólo estoy preguntando.
– Laura.
– ¿Sí?
– La corbata. Pensaba vendarte los ojos, pero ahora me planteo seriamente la opción de amordazarte, a ver si así te callas.
– No, por favor. No lo hagas.
– Ah, por cierto, me olvidé de decirte algo.
– ¿Qué cosa?
– Las botas. Esas te las puedes dejar puestas.

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