Mi primer intento de relato erótico…

shutterstock_45683377Se masturbaba con furia, como si quisiera gastarse hasta desaparecer, hasta arrancarse esa costra que nunca dejaba de dolerle, y dejar así de ansiar su olor triste y sus brazos sin carne, o al menos dejar de odiarse por hacerlo.

Empezó la noche que él se fue, y desde entonces le resultaba cada vez más difícil parar. Bastaba que las lágrimas asomaran a sus ojos para que el dolor se escurriera hacia abajo convertido en urgencia, la urgencia de su sexo vibrando como un panel lleno de abejas enfurecidas.

Se sacaba la ropa a tirones como si se acabara el tiempo, aunque sabía que tiempo era lo único que le quedaba, y tendida en la cama se hundía en la embriaguez de sus propios efluvios, en el sabor acuoso de su soledad. Nada más le importaba, ni sus pezones furiosos y erectos ni la piel que luchaba por desprenderse de su cuerpo; tendida frente a sí misma era toda apertura, tajo, herida. Una herida enorme, sangrante y triunfal que se tragaba todo lo demás.

Gritaba, mucho antes de llegar al clímax, porque no eran las manos de él las que la tocaban, porque no podía dejar de ansiar tocarse y al mismo tiempo arrancarse los dedos a mordiscos. Y así, hundiendo toda su desesperación en la hambrienta pulpa de sus labios, lograba conseguir unos instantes de calor para su cuerpo huérfano, un poco de descanso antes del final. Pero pasados los latigazos del orgasmo todo volvía a empezar, noche tras noche…

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