Mi segundo relato erótico (III)

Carne de diván (III)

shutterstock_64387165Estaba desnuda en el centro de la habitación. No había sido capaz ni de sacarse los anillos, de hecho el simple acto de mantenerse en pie le estaba resultando toda una prueba iniciática. La había desvestido él, lentamente, evitando rozarle el cuerpo con los dedos, y en ese proceso de ir quitando capas sólo había quedado un centro blando y abierto, como un molusco gigante al que han despojado de su concha pero sigue furiosamente vivo, sintiendo la existencia atravesar cada una de sus hendiduras. Deseó llorar, gritar y desvanecerse al mismo tiempo, sin poder discernir si se sentía fascinada o aterrada ante lo que estaba ocurriendo. Deseó abrazarlo, morderlo, golpearlo, pasarle la lengua por cada centímetro de piel, y era tal el peso de su deseo que ya ni el aire le cupo, sólo el ansia que conquistaba su cuerpo. Se ahogaba.  Intentó evocar un pensamiento, un recuerdo cualquiera que la sacara de allí o le sirviera de escudo, pero no fue capaz ni de recordar su propio nombre. Nada, como si de pronto todo lo hubiera olvidado y tuviera que volver a dar forma al mundo nuevamente. Nada. No había nada más que su abertura palpitando frente a un hombre oscuro.

– Laura
– ¿Sí?
– ¿Estás bien? Estás temblando.
– Sí. Por favor no vayas a pensar que no puedo con esto.
– No se trata de una prueba. No es la idea que lo pases mal, aunque estaría bien que cruzaras ciertas puertas. Pero viéndote así, no sé si es una buena idea.
– ¿Así cómo? ¿A qué te refieres?
– Así toda hiperventilada. Al principio me dio morbo pero ahora como que me corta el rollo.
– Gilipollas.
– ¿Qué me has dicho?
– Cabrón, hijo de puta y gilipollas.

No se esperaba una reacción así de él. De hecho, se hubiera sorprendido menos si la hubiera dado una bofetada o la hubiera puesto entre las piernas para quitarse el cinturón y descargarse con su culo después de oír semejantes palabras, escupidas con rabia (un delicioso vacío de montaña rusa se escurrió rápidamente desde su estómago hasta sus nalgas en cuanto la imagen se dibujó delante de ella). Pero no. Ricardo se había quedado mudo y estático, y su mirada era tan indescifrable que en un momento no lo pudo soportar más y se dio la vuelta para no tener que seguir viéndolo. Cuando volvió a girarse él se había ido. Tuvo que hacer un esfuerzo para encajar la nueva situación. Hace algunos segundos su presencia lo abarcaba todo, ahora la fuerza de su ausencia la hacía sentir huérfana y ridícula.

Esperó unos minutos eternos, resistiéndose a pensar que ahí había acabado todo, pero su resistencia perdía fuerza frente a la creciente sensación de que ya no volvería a verlo cruzar la puerta. Un frío convulso empezó a lamerla por dentro y por fuera, dirigiendo su atención hacia sus ateridos pezones. Parecían dos bocas cerradas, enfurruñadas ante la falta de caricias. ¿Cómo los habría tocado él de no haberse ido? ¿Habría sido delicado, como un susurro depositado en el oído, o estremecedor como el rugido de un león? La imagen de sus manos obreras deslizándose por sus pechos le despertó una tristeza activa, una necesidad urgente de salir de allí y buscar un refugio en el que lamerse las heridas. “La exposición es en sí una herida, pero sólo duele cuando perdemos los ojos que nos contemplan”, pensó con amargura. Sí, tenía que vestirse y marcharse, antes de que sus pensamientos empezaran a comerse el poco calor que le quedaba en el cuerpo.

– ¡¡¡JODER, ESTE CABRÓN SE LLEVÓ MI ROPA!!!

Anuncios

Mi segundo relato erótico (II)

Carne de diván (II)

shutterstock_88020070¿Pasaron segundos, minutos? Era incapaz de saberlo. Él seguía ahí, inmóvil y esperando, como espera el depredador que vigila el más mínimo movimiento de su presa. Ella podía sentir su aliento, su olor a guerra, su ansia de sangre. Tragó saliva y se obligó a hablar, sintiendo que algo inquietante y espeso tomaba posesión de su cuerpo, dispuesto a colonizarlo para siempre. “A partir de aquí no hay vuelta atrás”, pensó.

– Perdona, no… no te entiendo.
– Sí, si me entiendes. Sácate la camiseta.
– Ricardo, quiero irme a mi casa.
– No, no lo quieres. Quieres estar aquí. Quieres que unos brazos te contengan. No es la solución a nada, pero yo también lo estoy deseando. ¿No te justaba jugar, ponerme miraditas y poses? Pues ahora te toca enfrentar las consecuencias de tus actos.
– Tú flipas. Yo me voy.
– ¡Cállate y siéntate!
– ¿Perdón?
– Lo que oyes.

Sabía que estaba entrando en terreno desconocido, aunque en realidad casi todo le resultaba desconocido cuando se trataba de relacionarse con los demás. Las escasas experiencias sexuales que podía recordar habían sido tristes y monótonas, y aunque era consciente que tenía que haber algo más, al intentar imaginarlo sólo encontraba sombras y caminos cerrados. Su lucidez, sin embargo, alcanzaba las cumbres más altas a la hora de contemplar la ausencia, el “menos” permanente en el que se había convertido su existencia. Ahora, la falta de entrenamiento cuando se trataba de captar los distintos tonos y sutilezas amatorias no le impidió darse cuenta con una claridad casi absoluta de que aquel era el momento de tomar una decisión, y que además iba de cabeza a tomarla por omisión. Estaba a escasos instantes de perder su vía de escape. “Es ahora”, se dijo. O se ponía de pie y se iba o… Unos cuantos segundos más, un guiño o un movimiento traicionero de su cuerpo y ya no podría alegar inocencia.

– No sé cómo hacerlo. Tengo miedo.
– Miedo. Qué delicia.

¿Era posible? Con sólo escuchar sus palabras sintió que algo enorme y pesado la penetraba y la partía en dos. Entonces lo entendió. Eso nunca más iba a volver a unirse,  ella ya era otra, una iniciada. No habría cura, nada volvería a calmarle el ansia. “Ni aunque me lo tragara entero, cada órgano, cada trozo de él entrando por mi boca”, se dijo. “Ni aunque lo encerrara pasa siempre en una jaula y sólo yo jugara con su cuerpo”. Ambos pensamientos, breves pero nítidos, la sobresaltaron, pero más la sorprendió la ingravidez de su sobresalto, lo fácil que lo aceptaba. De alguna manera había vuelto a nacer, y tenía hambre.

– Eres un remolino de emociones ahora mismo, una obra de arte. Podría contemplarte por horas, pero tengo otros planes más interesantes. Sácame la corbata. Y ni se te ocurra decirme que no.
– No
– Joder, te va la marcha parece. ¿Con ganas de jugar, Laura?
– ¿Me vas a obligar?
– Hey, qué perversa. ¿Eso quieres?
– ¿Tú qué quieres?
– Que no me contestes una pregunta con otra pregunta.
– Ricardo, no sé. Quiero irme, quiero quedarme…
– Yo te voy a ayudar. Ahí está la puerta. Tienes exactamente 15 segundos para salir por ella. Ese es el único contrato que te voy a ofrecer. Te vas, te olvidas. Te quedas, aceptas.
– ¿Qué acepto?
– Todo. Lo que surja. Lo que se me antoje. Lo que se te antoje. 10 segundos.
– No quiero que me veas desnuda.
– No digas gilipolleces. Cinco.
– Lo digo en serio. O si no me voy.
– Vaya, lo siento muchísimo
– ¿Por qué?
– Porque eso dejó de ser una opción hace exactamente dos segundos. Así que ahora me vas a sacar la corbata del cuello y te vas a callar de una puta vez. Y después  de eso me la vas a dar y te vas a desnudar lentamente delante de mí, porque quiero ver las historias que cuenta tu cuerpo. ¿He sido lo suficientemente claro o necesitas otro tipo de instrucciones?
– ¿Podemos parar cuando yo lo desee? ¿No deberíamos tener una palabra?
– ¿Tú qué crees? ¿Qué esto es una novelita sadomaso? Nadie te va a dar con un palo aquí, quédate tranquila y deja de intentar controlarlo todo. No todas las cosas se paran cuando uno quiere, a veces siguen su propio curso.
– ¿Entonces no me vas a pegar ni nada de eso?
– Dos años de terapia y aún a veces me sorprendes.
– No te lo estoy pidiendo. Sólo estoy preguntando.
– Laura.
– ¿Sí?
– La corbata. Pensaba vendarte los ojos, pero ahora me planteo seriamente la opción de amordazarte, a ver si así te callas.
– No, por favor. No lo hagas.
– Ah, por cierto, me olvidé de decirte algo.
– ¿Qué cosa?
– Las botas. Esas te las puedes dejar puestas.

Mi segundo relato erótico

Carne de diván (I)

shutterstock_88430962– ¿Por qué me citaste tan tarde?
– Porque quería ver si eres tan sosa de noche como de día. Ya veo que no.
– Extraña respuesta para un sicólogo. ¿Eso se supone que tiene que mejorar mi autoestima?
-No sé, dímelo tú. ¿Cómo te hace sentir mi respuesta?
– Vaya, lo mismo de siempre, no te gusta lo que te planteo y me sueltas una pregunta capciosa.
– A mí no me parece que sea lo mismo de siempre. ¿Por qué te pusiste maquillaje para venir hoy?
– ¿Maquillaje? ¿Yo?
– Sí, no es que te hayas pasado ni nada, pero nunca usas y se nota. Llevas polvos en la cara, máscara de pestañas y un poco de brillo en los labios. ¿Vas a quedar con alguien después de salir de la consulta o te has arreglado para mí?
– Ricardo, déjalo, que esto se está poniendo raro.  No está bien que me hayas citado a esta hora, ni que me digas esas cosas…
– Pero igual viniste, porque estás buscando algo. Y no eres indiferente a lo que te digo. Puedo verlo. Puedo olerlo.

Cerró los ojos intentando controlar el violento temblor que amenazaba con dominar su cuerpo. Cómo podía ser indiferente a lo que estaba oyendo si cada vez que tenía un momento libre pensaba en él y se llenaba de deseo hasta rozar lo insoportable. Soñaba con dejarse apretar por esos brazos poderosos hasta desvanecerse; con que le explotara el clítoris sin piedad con sus manos enormes y contenedoras, como si fuera un grano de uva madura buscando la destrucción. Cómo podía decirle que el frío se desvanecía frente a su poderío, a esos rasgos indígenas que le prometían la revelación de un misterio largamente ansiado. Había llegado a desearlo como la única cura posible, se había masturbado con hambre y desesperación, hasta tener que parar de dolor, evocando cada centímetro de su cuerpo grueso y oscuro. Y ahora él estaba ahí, como una densidad caliente que se expandía frente a sus ojos cerrados, y ella se sentía incapaz de contestar nada.

– Laura, te propongo una cosa. Perdona si te asusté, quería hacerte reaccionar, pero es sólo porque te tengo fe, porque sé que puedes salir de esa cáscara. Mira, vamos a hacer un juego, para seguir avanzando. Yo te digo una palabra y tú me contestas lo primero que se te venga a la mente.
– ¿Lo primero?
– Sí, sin pensarlo ni medio segundo. La idea es que no te cortes, que digas lo que salga y ya. Confías en mí, ¿verdad?
– Vale. Empieza. Estoy lista.
– Miedo
– Ahora
– Esperanza
– Mañana
– Logro
– Recompensa
– Desierto
– Yo
– Puerta
– Cerrada
– Obsesión
– Abandono
– Muerte
– Abandono
– Lugar seguro
– Aquíshutterstock_70813828_
– Pechos
– Pecas
– Cuerpo
– Dolor
– Amor
– Imposible
– Sexo
– …
– Sexo
– …
– Laura
– ¿Si?
– Quiero verte las pecas…

Guía lésbica para comer coños

Terminamos con este post la “trilogía”, esperando haber contribuido en algo a la profunda necesidad de conocimiento del ser humano. ¡Que los disfrutéis! Ava.

La habitación prohibida

El Orgullo Gay se acerca, y después de los dos post anteriores, de como comer pollas y como comer un coño no podía dejar pasar esta perlita escrita por una lesbiana, que sabe lo que se dice, para la revista Vice y simplifica en 3 simples pasos las claves de como comer un coño (los chicos 9 pasos y 3 anexos… no digo más). Espero que lo disfrutéis y si es en compañía mejor 😉

1) Tú eres la jefa

Cuando vi mi primera vagina, a parte de la mía, claro, flipé. En realidad, una vagina no es algo muy bonito, y ahí abajo pasan un montón de cosas. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo mental, personal y físico (como dolor de cervicales, quedarme dormida mientras lo hacía, matarme haciéndolo y querer llorar cuando ves que a la persona le está costando la vida correrse) para hacerlo como es debido…

Ver la entrada original 791 palabras más

Como comer un coño

Y seguimos con La Habitación Prohibida, esta vez para adentrarnos en las técnicas de un buen cunnilingus… Bueno, este post tiene un tono un poco más “rancio” y que me gusta menos, pero pensé que valía la pena compartirlo porque tiene cosas para no perderse. Como aquello de que “si dos manos caen súbitamente del cielo y empiezan a levantarte, significa que te han echado de la partida. Te dirá que nunca se corre con el sexo oral, pero lo que realmente pasa es que chupas por chupar. Dile, de buena forma, que lo entiendes y analízalo todo”. Pues sí…

La habitación prohibida

Si ayer os dejaba con una completa y graciosa guía para comer pollas, gentileza de la revista Vice, no iba a dejar de lado la réplica para los coños. A si que os dejo una guía destinada a que los chicos aprendan a comérnoslo bien, os recomiendo que la leáis, tiene una visión algo machista a veces, aunque creo que eso es para empatizar con el lector y que no se crea que es una clase de ciencias, pero seguro que os echáis unas risas y quien sabe, quizás alguien pueda aprender algo…

Y si pasas de la versión masculina puedes visitar el post de la Guía lésbica para comer coños, también de la revista Vice.

Sacado del archivo: Guía Vice para comer coños

1. NO TE ARRASTRES
No bajes al pilón al menos que ya estés abajo. Al contrario que una felación, un cunnilingus no…

Ver la entrada original 1.990 palabras más

Guía ‘Vice’ para comer pollas

Espectacular! No he encontrado, en mis innumerables paseos por la web, una guía de este tipo que cuente mejor los tejemanejes de una buena mamada, con tanta gracia y desparpajo…
Y por cierto, os recomiendo el blog. Siempre tiene cosillas interesantes 🙂

La habitación prohibida

Os dejo con una completa guía que ha elaborado Linda Gondelle, en la revista ‘Vice’, muy recomendable si no la conoceis, muy graciosa y con algún truquillo a tener en cuenta…

Hacer una felación de ensueño es un arte que no dominé hasta que tuve unos veinticinco años. Antes estaba muy perdida, normalmente iba borracha cuando lo hacía y a menudo me quedaba pensando por qué me salía mal. Tenía la ilusión, la concentración y la actitud necesaria pero también tenía la dentadura salida y bebía mucha mierda. En esa época iba al instituto. Entonces conocí a Yves, el típico novio que se tiene a esa edad, que es mayor que tú. Nació y creció en Montreal, estaba acostumbrado a que le hicieran unas mamadas de lujo. Desde entonces, he (cito textualmente) “meneado”, “dominado” y “paralizado” algunas de las mejores pollas de la costa de Mississippi. Ahora te contaré…

Ver la entrada original 2.141 palabras más

Mi primer rechazo lésbico

Verde erotico > Hiremio(Santa Olaya) Garcia Calveiro. http://www.artelista.com/obra/7034208966624258-verdeerotico.htmlHace poco me escribió una chica mexicana, a través del formulario de contacto, para (entre otras cosas) preguntarme “si alguna vez habrá por allí entre tus fantasías, vivencias e imaginación algo entre mujeres”. Y eso me hizo recordar una historia de aquellas que supuestamente no tuvieron mayor trascendencia, pero que cada tanto vienen y rasguñan una pequeña parte de nosotros, para recordarnos que de alguna manera siguen vivas, que por alguna razón se quedaron ahí, pendiendo de los caprichosos hilos de nuestro subconsciente.

Ocurrió en Madrid hace algunos años, de la manera en la que suelen salir mejor estas cosas: sin mayor planificación ni parafernalia. Yo andaba de fiestecilla con un colega que recientemente había terminado una larga relación de pareja y se encontraba en pleno proceso de centrifugado existencial y nos juntamos con mi amiga Manzanita, una chica de apariencia juiciosa y tranquila que en ese entonces era compañera mía de trabajo en una tienda de artículos de piel. Manzanita andaba con el Juanes, un chico colombiano que suplía su falta de altura y atributos físicos con un encanto y una seguridad arrolladores, y la novia canadiense de éste último, una chica pequeña y delgada que cumplía con todos o casi todos los elementos del estereotipo gringo: muy rubia, muy mona, con los ojos muy azules y la sangre lista para salir disparada hacia su cabeza al primer apuro, además de una cara permanente de no estarse enterando de nada.

La cosa es que, aburridos de bailar y aplanar las calles de la ciudad en busca de garitos, decidimos irnos todos a la casa del Juanes a terminar la partusa. Una vez allí, tras unos momentos de relax en el salón, copitas y algún que otro diálogo intrascendente, la pareja anfitriona desapareció de la escena. Pasado un rato razonable, y en vista de que la fiesta languidecía, enviamos a Manzanita a averiguar qué ocurría, mientras nosotros nos entreteníamos encendiendo motores en el sofá. Cuál no sería mi sorpresa al ver aparecer en el marco de la puerta a los pocos minutos a mi recatada amiga, la misma con la que había compartido interminables horas de sopor laboral sin haberla oído nunca soltar un taco, enfundada en una miniatura de satén negro y con una sonrisa de oreja a oreja. “Te tengo una invitación”, me dijo, y tomándome de la mano me llevó a la habitación del Juanes.

Bastante desconcertada, pero dispuesta a añadir nuevas experiencias a mi catálogo particular, la seguí. Sobre la cama me esperaban el Juanes y su novia, también en paños menores y ya comenzando el proceso de combustión. Al verme entrar el Juanes me tendió una mano a modo de convocatoria, y yo, aún confundida, me giré hacia mi amiga. “No te preocupes, yo sólo quiero mirar”, fue su respuesta, y con eso me terminé de pegar el ‘alcachofazo’, como decimos en mis tierras. Uno nunca deja de conocer a la gente.

Podría llenar un par de páginas con todo lo que sentí en ese momento –nunca me había visto en una situación así, nunca había hecho nada con una chica, la novedad me atraía pero a la vez me acojonaba, pensaba que no sería capaz de dar la talla, y mucho, muchísimo menos de hacer un cunnilingus, por mencionar algunas de las cosas que se me vinieron encima- pero en resumen diré que cogí todo eso y me lo metí al bolsillo, dispuesta a pasar por encima de todo lo que no fuera sensación pura y dura, lista para dejarme llevar y dar un salto de fe. No recuerdo que haya sido liviano –no soy de la generación del ‘todos con todos’, lo mío ha sido un proceso más bien personal– pero sí rápido. Al fin y al cabo, la mejor manera de tirarse a la piscina es de piquero, eso de meter la patita poco a poco suele terminar en deserción.

Total, que me acerqué a ellos, puse mi mano en el hombro de la chica, a la que sentí temblar, (¿Manzanita sigue aquí? Dios mío, qué corte. ¡Qué carajo hace aquí Manzanita!), y comencé a acariciarla lentamente, mientras el Juanes me besaba. Al poco rato se salió del encuadre, y con suavidad empujó nuestros cuerpos para ayudarlos a acercarse más. Empezamos a besarnos y entonces el desconcierto se inyectó en mi cuerpo como una revelación: Pequeño. Todo es más pequeño.

Más pequeño, más suave, distinto. Tanto que el acto comenzó a revestirse con la mística de lo inexplorado, la carga de lo nuevo. Estaba a punto de desprenderme como una fruta del árbol de lo consciente, de traspasar ese umbral en el que dejas de poseer la escena para entregarte a ella (Manzanita ya no era una luz fosforescente y perturbadora, era parte del paisaje, necesaria incluso. ¡Manzanita tenía que estar ahí!), cuando sentí que me sacaban del cuadro unas manos sobre mi pecho. No mis pechos, que eso habría sido otra historia…

Al abrir los ojos me encontré con una canadiense sofocada y a punto de llanto, meneando la cabeza y repitiendo “no puedo, no puedo”, mientras le regalaba a su novio unas conmovedoras miradas de “por favor no me dejes por no haber sido lo suficientemente lesbi para ti”. A mí también me dedicó un par de ellas, fugaces y a su pesar, que decían algo así como “Uf, no, qué asquito” y “perdona el mal rato”. Acto seguido desapareció para no volver.

Y bueno, hasta aquí llegó la historia, aunque en realidad no. Digamos que al no poder cumplir con una de las fantasías arquetípicas del género humano, decidí aprovechar lo que la vida sí me estaba dando y cumplir otra. Pero eso, amigos míos, es carne de otro post. Para terminar, sólo compartir que una parte de mí se sintió aliviada, otra decepcionada y la tercera –pero no la última- rechazada. Porque, al fin y al cabo, un rechazo es un rechazo, y si ocurre en la cama siempre deja una pequeña herida en el alma, por más matizada por las circunstancias que esté. Sé que no fue personal, y entendámonos, no es que ande traumatizada ni mucho menos, pero… ¿de qué otra manera pueden ser las cosas entre las sábanas además de personales?

¡Ah! Y este post está dedicado a Lulú, la chica mexicana que me mandó un mensaje y me inspiró para escribirlo. Mis agradecimientos para ella y para todos aquellos amigos –presenciales o virtuales- que con sus aportes, preguntas, sugerencias, comentarios y visitas enriquecen este blog.

El cuerpo de las mujeres (Il corpo delle donne)

El cuerpo de las mujeres_PantallazoEl cuerpo de las mujeres (Il corpo delle donne)
Documental
24:24 minutos.

Qué sería de mí y de este blog sin esos maravillosos amigos que cada tanto me aportan sus ideas, sugerencias, descubrimientos y links varios con los que logro nutrir de material a este alter ego loco que a veces me atormenta. En esta ocasión, los agradecimientos particulares son para mi amigo Thomas, que me dejó esta joyita que comparto más abajo.

No me quedaré a comentar el video porque hoy tengo prisa… Ya sabéis, Madrid vuelve a enfundarse sus banderas multicolores para celebrar el orgullo gay, y mis mejores amigos, que están a días de ‘darse el sí’, han elegido el desfile como escenario de su particular despedida de solteros… Así que provecho desde acá de decirles que los amo con toda el alma, y que no les deseo felicidad porque esa ya les sobra, pero sí mucho éxito en sus proyectos de chicos serios.

Y volviendo con el documental, tenedle un pelín de paciencia, que compensa. A mí al menos, al principio me pareció livianito, pero a los pocos minutos me di cuenta de que contiene reflexiones de esas que han escarbado y quitado capas antes de coger forma, ni obvias ni livianas, a lo que se suma una sucesión de vértigo de imágenes de soterrada violencia que culmina en una última estampa dantesca, tan potente que una desazón rebelde se me estampó en las entrañas, como un escupitajo de botox perforando la conciencia.

Antes del video os dejo con una cita, a modo de “tentempié” 🙂

“Si las caras no muestran más su vulnerabilidad, ¿dónde podemos encontrar las razones de la comprensión, la exigencia de sinceridad, la necesidad de respuesta sobre las cuales se funda la cohesión social? Entonces no hagamos el lifting a nuestra cara, sino a nuestras ideas, y así descubriremos que muchas ideas que han madurado en nosotros mientras veíamos cada día en la televisión el espectáculo de la belleza, de la juventud, de la sexualidad y de la perfección corpórea, en realidad sirven para esconder a nosotras y a los otros la calidad de nuestra personalidad. Tal vez esta es la parte de nosotras a la que no le hemos prestado atención, porque desde la infancia nos han enseñado que aparecer es más importante que ser, corriendo así el riesgo de morir desconocidas por nosotras mismas y por los demás”.

Ah, y por favor, no os perdáis al gilipollas del minuto 20.41 e indignaos conmigo, que cuando menos se merece un par de huevos podridos estrellados contra las ventanas de su casa… Uffff!!! (Como diría mi queridísima prima Aurora, a ese hay que hacerle un buen “bowling”!)

Y bueno, ya que sigo acá, os dejo una última cita:

“¿Se puede permitir que nos introduzcan debajo de una mesa de plexiglás? ¿Se puede hacer de patas de mesa, pasar el tiempo acurrucada ahí abajo manteniendo la superficialidad del juego sin que en alguna recóndita parte de nuestro cuerpo se produzca una herida? ¿Y nosotros que estamos al otro lado de la pantalla, qué sentimos? En la tele hay un hombre que está poniendo a una mujer debajo de una mesa…”

Mi primer intento de relato erótico…

shutterstock_45683377Se masturbaba con furia, como si quisiera gastarse hasta desaparecer, hasta arrancarse esa costra que nunca dejaba de dolerle, y dejar así de ansiar su olor triste y sus brazos sin carne, o al menos dejar de odiarse por hacerlo.

Empezó la noche que él se fue, y desde entonces le resultaba cada vez más difícil parar. Bastaba que las lágrimas asomaran a sus ojos para que el dolor se escurriera hacia abajo convertido en urgencia, la urgencia de su sexo vibrando como un panel lleno de abejas enfurecidas.

Se sacaba la ropa a tirones como si se acabara el tiempo, aunque sabía que tiempo era lo único que le quedaba, y tendida en la cama se hundía en la embriaguez de sus propios efluvios, en el sabor acuoso de su soledad. Nada más le importaba, ni sus pezones furiosos y erectos ni la piel que luchaba por desprenderse de su cuerpo; tendida frente a sí misma era toda apertura, tajo, herida. Una herida enorme, sangrante y triunfal que se tragaba todo lo demás.

Gritaba, mucho antes de llegar al clímax, porque no eran las manos de él las que la tocaban, porque no podía dejar de ansiar tocarse y al mismo tiempo arrancarse los dedos a mordiscos. Y así, hundiendo toda su desesperación en la hambrienta pulpa de sus labios, lograba conseguir unos instantes de calor para su cuerpo huérfano, un poco de descanso antes del final. Pero pasados los latigazos del orgasmo todo volvía a empezar, noche tras noche…