Perversiones del ciudadano común 3: ‘Performance’

shutterstock_133884191Todos somos actores de nosotros mismos cada vez que hay un otro para contemplarnos, siempre que nos dibujamos desde una mirada ajena. Sin ni siquiera enterarnos muchas veces, porque a medida que crecemos nos vamos convirtiendo en expertos, tanteando y moldeando permanentemente la imagen que proyectamos hacia el exterior. Partiendo por algo tan básico como el maquillaje, o esos tacones con los que nos torturamos para ganar unos centímetros, o el coche en el que nos dejamos los ahorros para situarnos en un punto específico del mapa social.

Incluso en el sexo -supuestamente tierra fértil para el abandono y olvido de sí mismo-, por no decir donde más, caemos permanentemente en la tentación de la performance. Tendrán que saber perdonarme el anglicismo, pero es que la definición de Wikipedia es perfecta: “Una muestra escénica, muchas veces con un importante factor de improvisación, en la que la provocación o el asombro, así como el sentido de la estética, juegan un papel principal”.

¿No es el sexo acaso, muchas veces, una puesta en escena de nuestras habilidades y conocimientos? ¿No hacemos lo que hacemos para despertar en nuestro compañero su afecto, su interés o su asombro? Los hombres saben mucho de eso, no en vano los principales motivos de consulta con un especialista son por eyaculación precoz e impotencia, que muchas veces son dos caras de una misma moneda, el precio que se cobra el ansia por cumplir. ¿Con qué? La lista es larga. Y las definiciones, si bien personales, están muy lejos de ser libres o tan siquiera propias.

Un gemido para ‘apurar la causa’.

Una preferencia autoimpuesta por una postura que nos resulta más favorecedora.

Unos ojos q se cierran para esconder el hastío de un acto sexual reducido a una concatenación de embestidas interminables.

Un desgano revestido de entusiasmo. Un “tengo ganas” piadoso, uno porque da pereza discutir, otro porque “ya va tocando”…

 shutterstock_90568693.jpgTengo una amiga que estuvo saliendo con un chico de esos ‘neo-hippies’, cuya idea del paraíso en la tierra es comer bayas silvestres y estar en permanente comunión con la madre naturaleza. El chico practicaba el sexo tántrico, y bastaba que mi amiga hiciera ese comentario para despertar las envidias de cuánto ser pensante la rodeara en ese momento. Claro, los mitos en torno a esa práctica ponían a salivar a todos sus oyentes: polvos eternos en los que la mujer puede tener un orgasmo tras otro, sin el temido “me voy a correr” a destiempo. Una forma de amar bella y profunda, que sólo podría producir amantes igualmente bellos y profundos, en contacto consigo mismos y con el palpitar de la existencia, no sujetos al cumplimiento de determinados parámetros o metas. Una experiencia extática, prometedora, suculenta. La libertad de dos almas comulgando a través del tacto y el fluir de las energías frente al amor constreñido y maquetado –con su final predecible- del común de los mortales.

Pues el romance no terminó precisamente en éxtasis, sino que en eyaculación involuntaria. En una de las sesiones al galán se le fue la concentración y –horror de los horrores- se corrió copiosamente, tras una maratón de caricias, juegos y coito. Y entonces rompió a llorar con amargura, y cuando mi amiga trató de consolarlo le salió con que la culpa era de ella y le acusó de “robarle las energías”. Por lo mismo, concluyó, no le hacía bien verla, así que mejor lo dejaban. Mi amiga, claro, hizo lo único que podía hacer, que fue mandarlo al carajo y flipar. O flipar y mandarlo al carajo, en este caso el orden de los factores no altera el producto. El ‘producto’ se alteró solito, con un buen par de tetas. Más o menos como todos, por más que en su etiqueta dijera “gourmet” del sexo. Al parecer, a veces lo especial es aceptar que no lo somos tanto, incluso un buen misionero nos puede dejar marcando ocupado. Para mí, que no lo practico con frecuencia, ha llegado a ser toda una experiencia…

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2 pensamientos en “Perversiones del ciudadano común 3: ‘Performance’

  1. Totalmente de acuerdo en todo lo que dices. Todos somos expertos en fingir, pero lo peor no es eso, lo peor es que nos engañamos a nosotros mismos siendo una caricatura de lo que en realidad somos. A los hombres nos han idiotizado con la idea de que tenemos que ser máquinas sexuales al servicio de la mujer. Como ella lo quiera, de la forma que quiera y al ritmo que quiera. Si no le gusta el coito pues la lengua, y si no le gusta pues las caricias. A las mujeres las han enseñado a inhibir sus instintos y ser sofisticadas, pues si hacen lo que les gusta quizá las tomen por frescas (por no decir otras palabras). Al final, ni el hombre es en la cama quién es en realidad, ni la mujer hace lo que quiere. Conozco a muchos hombres que lo que desean en realidad en algunas ocasiones es follar con risas y a lo salvaje y dejarse de romanticismo, pero si lo hacen se sienten mal. Y muchas mujeres que se reprimen y no abren la boca por miedo a lo que pensarán o por el otro gran mito: “el otro, sea hombre o mujer, tiene que saber lo que necesito en cada momento”. Es un tema complicado el que propones. Yo solo propongo menos pensar, menos apariencia y sobre todo, para darnos cuenta de lo ridículos que somos, más sexo, mucho más sexo.

    • Amigo mío, te ha salido un manifiesto en toda ley!!! 🙂 Y además me viene de perlas tu aporte, ya que cuando publiqué el post me di cuenta de que me faltó una referencia más específica acerca de las ‘performances’ femeninas… Yo misma, que me considero liberada y todo eso, a veces me he cortado de decir lo que quiero porque me da “cosa”, y alguna vez me he descubierto pensando “uy, pero cómo no se da cuenta de que ahora mismo quiero tal y no quiero cual”… Aunque por otra parte el tema es un poco más complicadillo que eso, ya que existe una diferencia, a veces no tan fácil de ver, entre expresar lo que se desea y andar mandoneando a la otra persona. En fin, que estoy contigo, menos pensar y más follar, aunque para llegar a ese punto tengamos que pasar por un proceso auto-consciente!

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