Los sabores del sexo

shutterstock_136219310Sabor a ostras que se van de fiesta
Vestidas de gala para el momento.
Sabor a esfínter dulce
A dulce interior de tu cuerpo.
A palomitas vírgenes abriéndose en mantequilla caliente.
A paredes amarillas que encierran regueros.
A cuellos que parecen dunas
A dunas que parecen cuellos.
Al rojo de una felación caníbal
Y al azul de un lengüetazo tierno.
Sabor a sudor, a sal, a miedo.
Sabor a recuerdo.
Sabor a ti
El sabor del orgasmo en mi boca cuando pienso en ti.

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Porno-Ava circulando por la web

shutterstock_1394566La primera vez que “salí en la tele” tenía siete años y había ido como público a un programa infantil con mis compañeros del cole.  En ese tiempo salir en la tele era una cosa muchísimo más seria que ahora, así que me vais a permitir que considere que tuve mis 5 segundos de fama –literalmente- cuando una cámara fugaz pasó por la zona donde me encontraba y me grabó gritando y aplaudiendo. A mí ya me sobraba con la emoción de estar en un plató viendo a tanto “famoso” del jet set infantil contornearse frente a mis narices como para preocuparme de más cosas en ese momento, pero una vez terminado el sueño mi existencia se centró en esperar a que el programa fuera emitido para ver si había tenido la suerte adicional de estar entre los elegidos. Los que salen en pantalla.

Cuando me vi se me congeló la sonrisa. Ahí estaba yo, ante millones de espectadores, disfrutando de un descarado primer plano (bueno, casi) y me veía horrenda. Cachetona, con la cara inflada, los ojos bizcos y unas manos de gigante. O al menos así lo recuerdo…

Seguro que muchos conocen la experiencia. Una entrega de premios en el colegio, un evento de cierta importancia, y aparece el pariente progre o el amigo de la familia que tiene una cámara de filmar (de nuevo, algo sumamente exótico cuando yo tenía siete años) e inmortaliza el asunto. Y a la vergüenza de tener que hacer la gracia ante toda la peña se suma el momento “veamos el video”, con el abuelito emocionado hasta las lágrimas –“ay, qué linda se ve la niña”- y una deseando que se la trague la tierra. Algo parecido me ocurrió la primera vez que escuché mi voz grabada, un latigazo de vergüenza. Es como un escalofrío del alma. Esa no soy yo, pero aún así algo me han robado.

Esa sensación de desagrado no se me terminó de quitar ni siquiera después de haber pasado largas horas frente a una cámara en mis tiempos de universitaria, lo que explica que nunca me haya dado por el porno casero. Aun habiendo tenido una época –sin adjetivos calificativos- en la que me gustaba acumular proezas sexuales y le otorgaba una alta valoración a la variedad de experiencias que pudiera conseguir. Mmm, noup, no era lo mío.

Eso, claro, hasta que me lo pidió alguien que me había clavado la flecha de Cupido por cada puto rincón del cuerpo (vamos, que me tenía inmovilizada y bien cogida, en todos los sentidos), y no tardé ni tres segundos en decir que sí. “Sí, claro, yo llevo la cámara” (lo confieso, la cosa tenía que ser vista y aprobada antes de llegar a sus manos).” Qué divertido, me encanta la idea” (“aaay, las cosas que hago por ti”).

Afortunadamente la cosa no era, ni de lejos, el espanto que yo me estaba imaginando. Es verdad que a él sólo se le veía una mano (con la otra grababa) y ese obelisco que tenía por miembro (no es que me queje de esto último, aunque que saliera de cuerpo entero habría sido más equitativo), pero en lo que respecta a mi presencia, me sentí bastante satisfecha con el resultado y hasta me atrevería a decir que me molé. Ni rollos colgantes ni caras raras, nada que me impidiera darle al clic y enviar el video. Como mucho una sensación de pudor tibio que me producía cosquillas. De esas que molan.

Cuento corto, al poco tiempo de mandar el archivo el protagonista en las sombras de la historia recogió sus flechas y se piró, sin dejar ni siquiera palabras vacías. Y en una de esas desquiciantes revisiones a la lista de promesas fallidas recordé una frase que empezó a desvalorizarse y podrirse un poquito más cada vez que volvía a mí, como si fuera una marea corrosiva y mecánica lamiendo mis entrañas: “No tienes nada de que preocuparte, confía en mí”. “Jamás le mostraría esto a nadie, no sería capaz”.

Confía. ¿Cuánto vale la confianza de alguien? ¿Qué te tiene que dar el otro para confiar? ¿Es la confianza autónoma, la entrega sólo nace de uno?

Pantallazo YoutubeTotal, que la cosa terminó en tierra de nadie, y aunque no creo haber hecho nada que me hiciera merecedora de una cyber-venganza, no puedo asegurar con certeza que sea 100% imposible encontrarse por ahí en Youtube una Ava en versión porno home con los ojos vendados y una sonrisa de oreja a oreja pasándosela pipa en un hostal cutre del sur, como tampoco puedo asegurar que nadie que yo no haya invitado a mi cama haya sido testigo de mis actuaciones estelares en esos ámbitos. No es que me sicopatee con la historia ni que piense realmente que el involucrado en cuestión pudiera hacer algo así, no voy a eso, pero still… la tranquilidad no es la misma. Simplemente no existe la certeza, no hay manera de afirmar de forma rotunda que esa yo que dejó de pertenecerme en cuanto le di al click no se ha dado algún paseillo involuntario por ahí. Internet está lleno de sorpresas y da para mucho, y las personas… ¡Uf, para mucho más!

Ahora, más allá del componente anecdótico, lo que quiero decir es que para pocas chicas el permitir que las graben en un video casero de ese tipo es algo liviano. Más que un gesto simple es un regalo. Un regalo envuelto en un impulso, está bien, pero que tiene raíces mucho más profundas, y que al nacer se nutre de ese convencimiento- tonto y efímero, pero potentísimo- de que la persona a la que se le está entregando esa confianza será siempre como la percibe en ese instante su corazón. Una ofrenda que habita en un tiempo congelado y que requiere de un pacto de ignorancia, de la creencia de que aunque deje de existir la pareja siempre quedará lo que hubo, esa nobleza vista en el otro que no puede transmutar.

Dicen que la confianza es algo que nunca se puede recuperar. ¿Sabéis lo que no se puede recuperar? Un video porno que lleve tu nombre. Al menos no con seguridad absoluta. Después de todo, el copy-paste es un canalla que muchas veces no deja huellas. shutterstock_102259654

Sexo, iglesia, sangre y rock & roll

Mientras recargo las pilas, os dejo la última joyita de David Bowie, The Next Day, censurada durante unas horas en Youtube y repuesta ante las quejas furibundas y reiteradas en redes sociales… Notable la participación de Gary Oldman en el video (también sale Marion Cotillard, pero ella me gusta -y me pone- bastante menos).
Y por cierto… por fin aprendí cómo subir videos al blog!!! 🙂

Sobre frikadas, guarradas y verduras

shutterstock_113128303Hace algún tiempo leí un reportaje interesantísimo titulado “Investigaciones sobre los sentimientos de las plantas” que, aunque no tiene nada que ver con sexo, os recomiendo si tenéis tiempo libre. Básicamente, el texto narra la historia de un ex agente de la CIA que descubrió de forma casual que las plantas son capaces de experimentar sensaciones –satisfacción, miedo, dolor-, las que pueden medirse y cuantificarse con aparatos, de igual manera que se hace con los humanos. Además, pueden manifestar memoria y empatía. Y no sólo eso, en otra parte del texto, se hace referencia a la capacidad de las hortalizas de desmayarse -o entrar en un ‘coma anestésico’- antes de caer en agua hirviendo. O dicho en “científico”: el polígrafo registra un súbito movimiento hacia arriba, seguido por una abrupta línea recta que indica inconsciencia. Por eso mismo se supone que los monjes tibetanos “notifican” a los alimentos, disculpándose en voz alta, antes de prepararlos o comerlos.

¿Por qué suelto todo este rollo? Porque me acordé hoy de esa historia, a pito de nada, y pensé que podía ser un punto de arranque interesante para un relato. Y así, jugando con la idea, se me vino a la mente un título: “¿Tienen sexo las verduras”?

La cosa es que se me ocurrió poner la frase en Google para ver con qué me topaba, a modo de inspiración. Claro, yo me estaba tripeando un relato rollo “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” pero con los más lustrosos exponentes de la huerta murciana en vez de los mencionados androides, y en lugar de sueños sexo a destajo mezclado con existencialismo verdurístico, todo ello ambientado en una especie de orgía futurista de lechugas y patatas. O en su defecto una historia de amor imposible entre un champiñón y un atún en lata con una coraza interna más difícil de perforar que la externa, a lo que se sumaría la tragedia de pertenecer a castas distintas. Se me ocurrió que podrían cobrar vida de noche, emulando a Toy Story… Pero entonces voy y me encuentro con que la realidad sexual de las verduras es mucho más trágica que lo que mi pérfida imaginación podría llegar a urdir, y que las pobres ni siquiera pueden elegir los sombríos “berenjenales” en los que se van a meter…

Primer resultado en Google: Una pregunta en el foro de Yahoo titulada “¿Cuándo puedo saber el sexo de mi periquito? ¿Qué frutas y verduras le puedo dar?”. Bueno, lo normal, un tema nada que ver que se coló en la búsqueda por un alcance de palabras…

Pero llegamos al segundo resultado: “Videos porno de frutas y verduras”. Y si alguien es tan naif como yo de pensar que se iba a encontrar con dibujitos o animaciones -tipo Pixar- de dos cebolletas tocándose los pelos con lascivia, no, tampoco era eso. Pero acá voy a culpar a la gramática antes que a mi candidez, ya que la frase correcta tendría que haber sido “videos porno CON frutas y verduras”. Lo que es muy distinto.

Pinché, claro que pinché. Y fui a parar a una lista de de Youtube Sexo, donde me encontré el siguiente desfile de delicias (sólo en la página 1):

– Poniéndome guarra con la sandíashutterstock_69144256
– Usuario se pajea con zanahoria en su culo
– Morena caliente jugando con calabacín
– Follando con verduras en la cocina
– Verdulera muy caliente
– La concha más rica de mi nena
– Un racimo de bananas para el muchacho pajillero
– Más guarra follando con berenjena
– Comete toda la fruta…
– Fetichista convulsiva de frutas y verduras
– Las maduras, como frutas y verduras… ¡para comérselas!
– Usuaria amateur follando calabacín
– Follando a mi querida con zanahorias
– Increíble fisting anal con dos manzanas  (éste en particular me dejó algo perturbada, para qué vamos a mentir).

Me pregunto con qué se hubiera encontrado el señor Backster, el ex agente de la CIA, si se le hubiera ocurrido enchufarles electrodos a las manzanas del último video y medir sus sensaciones -de la misma manera que se hizo con las verduras “desmayadas”- antes de entrar en tan estrechos y oscuros conductos (seguro que jamás soñaron semejante destino cuando eran semillas). ¿Cuáles habrían sido los resultados? ¿Espanto?  ¿Asco? ¿Fruta en estado zen? ¿Tal vez alguna manzanilla guarra por ahí temblando de placer? Llegados a este punto no puedo evitar pensar en el cuento de Bukowsky, “Quince centímetros”, sobre una muy malvada mujer que encoge con brujerías a su amante hasta dejarlo de un tamaño ideal para ciertos menesteres consolatorios…

Total, que visto lo visto estoy pensando cambiar el tono de mi relato y pasarlo al terreno de la denuncia social a través de la narración de las desventuras y desdichas de un grupo frutas y verduras prisioneras en la casa de un fetichista de lo verde. Y es que, ¡madre mía, cuánta maldad hay en el mundo! O sea, si no me convierto en la voz de tanto alimento explotado, no sé quién lo hará. Hasta se me han ocurrido algunas ideas para el primer capítulo, que podría llamarse “la rebelión de las frambuesas” o algo así. Después de todo, son las que más chungo lo tienen…

Sexo-arte en “Shame”

Título: Shameshame cartel
Año: 2011
País: Inglaterra

Sexo en pantalla. Pero no el mismo sexo de siempre. Sexo desolado, envasado en cuerpos perfectos. Cuerpos que bailan coreografías disonantes. Manos que tocan lo que no desea ser tocado, poros hambrientos, orgasmos que son explosiones de angustia. Gritos desesperados que no llegan, agujeros que nunca se llenan…

Por fin me encuentro con una peli que me enamora a través de sus escenas de sexo. Vale, también a través de muchas otras escenas, aunque es difícil encontrar una sola que no respire sexualidad en “Shame”, esa película del británico Steve McQueen estrenada en 2011 pero que yo acabo de descubrir…

¡¡¡Uau!!!

No me parece casual que McQueen, además de cineasta,  también sea escultor y fotógrafo. Es decir, un artista, y uno que sabe muy bien cómo contar una historia. O muchísimo mejor, cómo sugerirla y dejar que nos la contemos nosotros mismos. Lo que algunos llaman “respetar a su público”.

Por lo mismo, hay poco que resumir. Apoyándose casi al 100% en sus dos protagonistas –Michael Fassbender y Carey Mulligan, ambos unos monstruos interpretativos– la información que ofrece “Shame” es mínima: Un protagonista adicto al sexo, metódico y terriblemente solo; su hermana, igual de frágil y dañada que él y hambrienta de cariño; tres o cuatro pinceladas que nos sugieren una infancia mutilada… y poco más. Y es que ésta no es una peli para contar. Es para ver y sentir. Empezando por el sexo.

Como decía antes, McQueen es un artista y el sexo en esta peli es arte, además de un potente recurso narrativo. Cada movimiento, gesto, mueca, temblor, rictus, silencio y gemido está ahí para contarnos algo, para ahondar aún más en la profunda devastación de sus personajes y hacernos sentir su desesperanza, sin renunciar nunca a la belleza. El lenguaje está en los cuerpos, y éstos gritan todo lo que no se dice en palabras, ofreciéndonos caracterizaciones densas, llenas de matices. Tanto Fassbender como Mulligan aparecen desnudos en su primera escena (toda una declaración de fragilidad) y de ahí no pararán de sacarse capas, de las otras, las que no se ven pero tapan más que la ropa. Las miradas de Fassbender son impagables (¡benditos primeros planos!), y con ellas consigue que los espectadores veamos –vivamos- la historia con los ojos de él. No es él quien toca ese culo o lame esas tetas, no es él quien entra y sale de esos cuerpos en un vaivén terrible e infinito, somos los receptores de su avidez, voyeristas entregados a la absorción del otro, quienes lo hacemos, transitando con ello un camino que no es gratuito, y que también a nosotros nos deja un sabor amargo. Un amargo exquisito eso sí, para paladares gourmets…

El amante amnésico

No lo vi en una peli, me pasó a mí…

Conocí a Julián en un garito del centro, era el amigo del amigo de una amiga. No necesitó mucho para convencerme de acompañarlo: su cara de guarrillo, un desplante a prueba de balas  y un par de sonrisas fueron suficientes para que termináramos en su piso, ambos muy conscientes de lo que se estaba poniendo sobre la mesa: Unos polvos para aligerar el cuerpo, risas y ninguna preocupación por futuros inexistentes.

Y claro, así como llegó se fue. Después de unos cuantos encuentros intercambiando casas –cada vez más espaciados, nocturnos todos, circunscritos a los placeres de la carne y las confidencias eróticas– dejé de recibir mensajes y llamadas. Era más o menos lo que me esperaba en todo caso, así que no le di muchas vueltas, no me ofendí ni me lo tomé como algo personal. A lo más lamenté la pérdida de un compañero de juegos creativo y altamente satisfactorio, pero sin dramas. Por lo general no es difícil saber lo que se puede esperar de una persona cuando empiezas  a compartir cama, otra cosa es que muchas veces (cuando ese panorama que tenemos frente a nuestras narices no calza con lo deseado) elijamos hacernos los locos y soñar con un escenario distinto, contra todo pronóstico. No fue el caso.

fiestaDos o tres años más tarde, estando en una fiesta de esas apoteósicas, multitudinarias y megafashion, lo volví a ver, tomando una copa en la barra con el amigo de mi amiga. Supongo que habrá sentido mi mirada, porque se giró hacia mí y al ver que le sonreía me devolvió la sonrisa. Entonces se acercó, y justo cuando me disponía a saludarlo –“Hey, tanto tiempo, qué tal”- escuché sus palabras y me quedé patidifusa:

“Hola, soy Julián. Eres muy guapa. ¿Cómo te llamas?”

Supongo que soy una persona particular, porque en lugar de ofenderme, y tras la sorpresa inicial, le regalé un ataque de risa, seguido de un par de miradas de esas cargadas de significado. Pero ni con eso…

– ¿De qué te ríes? ¿Cómo te llamas?
– Tío, ¿no sabes cómo me llamo?
– No. ¿Tendría que saberlo?
– ¿De verdad no te acuerdas de mí?
– Mmmm…
– …
– Mmmm…
– …
– Mmmm…
– Hace un par de años… en tu casa… en la mía…
– ¡¡¡HOSTIA!!! ¡Claro tía, qué tal estás, cuánto tiempo!

Por lo general soy de las que intenta ver el vaso medio lleno, así que, en lugar de declararme insultada, elegí asumir su amnesia como algo dado y sentirme halagada por haber sido objeto de su interés y sus artes “ligatorias” en más de una. O tal vez simplemente soy una viciosilla que pone la posibilidad de un polvo rico por encima de su dignidad de amante no recordada. Sé que si la escena hubiera salido en una sitcom, el olvidadizo personaje habría terminado con un cubata derramado sobre su flamante camisa de fiesta. En mi peli, en cambio, terminamos en la cama emulando viejos tiempos. Unas cuantas veces. Hasta que dejé de recibir mensajes y llamadas…