Sexo con el pijo (I)

Image: 'Un dia como una catedral' http://www.flickr.com/photos/56153908@N00/5164898168 Found on flickrcc.netAlto, atlético, guapo, perfumado. Sonriente, aunque con un leve rictus de asco. Jersey de rombitos, camisa dentro del pantalón y mocasines de cuero. Peinado perfecto. Madrileño y pijo hasta la médula…

Seguro que muchas (y muchos) tendréis al menos un pijo o pija auténticos en vuestro currículum.  El mío me “llegó” en un viaje de curro, para ser más exactos arriba de un avión… pese a que puedo imaginar pocos escenarios menos estimulantes para mi libido. Me dejé llevar por la novedad, supongo. Como era un vuelo chárter podíamos elegir libremente los asientos, y lo primero que me llamó la atención de él fue que me eligiera precisamente a mí como compañera de viaje. O sea, no había que ser demasiado observador para darse cuenta de que no teníamos nada que ver, por más que yo fuera disfrazada de persona seria y laboral.

Pero ahí estaba, al lado mío y con el diario descansando sobre las rodillas.

Total, que después de las frases introductorias de rigor nos pusimos a hablar de libros –tal vez no seamos taaan distintos después de todo, llegué a pensar- y me comentó que el fin de semana era la Feria del Libro en el Retiro, por si lo quería acompañar. Vale, me dije a mí misma, no hay que ser prejuiciosa. En una de esas no tiene la cabeza hueca y es buena persona. De cualquier manera, está bueno…

El paseo por el Parque del Retiro fue un poco soso y terminó en nada, pero yo seguía dispuesta a probar. A los pocos días me llamó para quedar y tomar unas copas (que pagué yo, por cierto, ya que oportunamente fue al baño después de pedir la cuenta) y al salir del bar decidió entrar en materia… aunque sin tirarse del todo a la piscina.

– ¿Qué haces ahora? ¿Quieres que te vaya a dejar a tu casa?
– Eeehhh… no sé, cómo veas – (mi nivel de motivación estaba en franco descenso).
– No, bueno, si quieres que te vaya a dejar te voy a dejar.
– Vale
– Bueno, mi casa está a dos cuadras de aquí.
– ¿Quieres mostrarme tu casa?
– No puedo, vivo con mis padres. Sólo te lo comentaba.
– Ah…
– ¿Vamos a la tuya?
– No puedo, vivo con mi hijo.
– Mmm… bueno, conozco un lugar súper chulo, y está cerca.
– ¿Ah sí? Eso suena interesante
– Sí, te va a gustar.

Tras unos minutos de conducción silenciosa el tío aparcó en un sitio eriazo, creo que por el barrio de Barajas.  ¿Perdón, qué, va en serio? Nooo, seguro que sólo ha parado por un ratito, me querrá decir algo, intentaba autoconvencerme. Hasta que lo vi reclinar su asiento y girarse hacia mí con cara de depredador.

– ¡Espera, qué haces! ¿Aquí?
– Cuál es el problema, si este sitio es tan bueno como cualquier otro. Venga, no te hagas la difícil, que sé que quieres…
– ¡Qué dices tío, que no tengo 15 años! Lo siento mucho pero no me apetece echar un polvo dentro de un coche, toda doblada, y para peor en medio de la nada.
– ¿Me estás hablando en serio?
– ¿Me estás hablando en serio tú?

Tras regalarme unos vistosos y muy poco adultos gestos de cabreo, encendió el motor. A esas alturas de la noche mis máximas expectativas eran que me fuera a dejar a mi casa y no me tirara un escupo en la cara, así que me quedé de lo más sorprendida cuando volvió a aparcar… en un hotel. Y aunque me soltó un “vamos” que más parecía un ladrido, aún así lo seguí. En parte porque no me apetecía quedarme tirada en un hotel perdido quién sabe dónde a las dos de la mañana, y en parte de viciosilla no más. O sea, ya estábamos allí, después de todo…

El polvo no fue de los peores que he tenido en mi vida, aunque como era de esperar el hombre no se prodigaba mucho con las manos (¡menos aún con la lengua!). Nada largo ni espectacular, pero al fin y al cabo ejercicio y ciertas cuotas de placer. Para bien y para mal, mi cuerpo es muy agradecido, así que no voy a decir que sufrí, o que sentí desagrado, al menos no en ese momento particular. Aunque me hubiera ahorrado el detalle del galán duchándose nada más acabada la “faena” (señal de alarma número… ¿cuánto? Ya perdí la cuenta).

Pero no terminó ahí la cosa. Al llegar el momento de pasar por recepción y pagar me quedó mirando en espera de que sacara mi billetera. Me hice la loca, ya que al fin y al cabo la idea había sido suya y ni siquiera me había preguntado, lo que implicó nuevos bufidos y caras raras, acompañados de la frase “el próximo lo pagas tú”.

Mmm, ¿perdón? ¿QUÉ PRÓXIMO?

(Pues sí, hubo próximo… por decirlo de alguna manera. Así de bobos somos a veces, hay alguna especie de placer masoquista en tropezar más de una vez con la misma piedra, no se me ocurre más explicación que esa. Pero esta historia ya se está eternizando, así que dejo en stand by la segunda parte. Para la próxima, jeje. Así voy creando suspense…)

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13 pensamientos en “Sexo con el pijo (I)

    • Jeje, sabias reflexiones Erico, sin duda… Aunque en mi defensa he de decir que fue el primer -y único!- pijo de mi currículum… 😉 Muy prontito la segunda parte!!!

  1. Estoy esperando la segunda parte!! Pero anda, que tan de pijo que va… y cuando tiene que soltar dinero bien que se hace el sueco… a ver que tal se comporta en la segunda 🙂

    • Asómate mañana por estos lares que tendrás la segunda parte! 🙂 A ver si el pijo te sorprende, jeje. A mí me parece q ni inventado me sale un personaje tan surrealista…

  2. Empezaré por mi mea culpa: yo también tengo una pija (o algo así) en mi pasado. Pasado este momento propio de alcohólicos anónimos (“hola, me llamo Jack y soy…”), vamos a otro tema.

    Mira que te dio avisos… Mira que cuando te llevó a Barajas era para pedir el libro de reclamaciones… Pero no.

    ¡Y encima repetiste! Estoooo… Calla, Jack, que tú también hiciste algo parecido. Mejor vor a leer la segunda parte. 😉

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