Rigoberto Barreño

caballosYo tenía 12, él veintipocos…

Nos conocimos en el campo, donde la ‘mamá viejita’, una señora de edad incalculable, cuerpo pequeño y agilidad asombrosa que nos había invitado –a mí y a mis hermanos- a pasar un verano en su casa. Su hija, la Elenita, era la ‘nana’ en nuestra casa, una figura muy recurrente en las familias latinoamericanas de clase media (de ahí para arriba) con la que se suelen establecer relaciones de familiaridad y afecto, pero siempre con el componente patronal presente. Menos en el caso de los niños, claro. Los niños obedecían a los adultos y punto. Y si la Elenita decía “a misa”, a misa se iba…

La familia de la Elenita era una familia humilde y esforzada. Todos en el campo se levantaban temprano y se acostaban tarde, el trabajo era mucho y la retribución económica poca. De alguna manera se las arreglaban para tener un ayudante, que cuidaba los caballos y se encargaba de otras labores, Rigoberto Barreño, un huaso de tomo y lomo con poncho y ojotas de piel. O sea, un campesino del ‘Chile profundo’, si es que existe alguna manera de trasladar la imagen, sonriente y espabilado, que solía aparecerse, como por arte de magia, en el rincón más impensado de la casa. La mamá viejita lo llamaba “Barreñito” y siempre tenía un plato de sopa caliente para él.

No recuerdo el momento en que me lo presentaron. Ni la primera vez que me fijé en sus ojos, o en su alargado cuerpo moreno y fibroso. No solía fijarme en esas cosas, y es bastante probable que me hayan pasado desapercibidas en un principio. Pero sí recuerdo la emoción cuando se ofreció a enseñarme a montar, los paseos a caballo, la sensación de movimiento y efervescencia bajo mis muslos, las conversaciones vagando por los cerros (¡de qué hablaríamos, madre mía!), las ausencias cada vez más largas, la deliciosa turbación de tenerlo cerca, el acojone, la corrección de sus maneras y la incorrección de sus miradas…

Y entonces una noche después de cenar, cuando se iba para su casa, se acercó a mí para despedirse y aprovechando que nadie mirablenguaa me chupó suavemente la oreja mientras susurraba un “buenas noches” que detuvo el mundo. Ahí lo supe, supe con claridad absoluta cómo se siente que alguien te ponga, cómo grita la sangre y se despierta. Toda esa fuerza, toda esa revolución del cuerpo para mí fueron transmitidas como un latigazo en cámara lenta a través de ese rastro de calor y saliva que dibujó, con sus labios y su lengua, en mi oreja.

Y siguieron paorejasando los días, el tiempo marcado por sus apariciones, las esperas densas y cargadas de electricidad, la sensación de cambiar la piel, de ser otra distinta. Los primeros besos entre las piernas de los caballos.

Pero algo pasó, no sé qué aunque no es difícil de imaginar. Probablemente alguna mirada más cargada de lo conveniente o algún brillo traicionero en los ojos, puso a la mamá viejita en alerta. La cosa es que decidió seguirnos en uno de nuestros paseos. Y claro, se encontró lo que se tenía que encontrar, a su “Barreñito” detrás de unos matorrales entregado a besuqueos desenfrenados con la niña. Ufffff!

Todo lo demás vino como en un remolino. A mi romance de verano no le volví a ver el pelo, la mamá viejita, que ardía en indignación, lo invitó muy poco amablemente a desaparecer de sus dominios para siempre. A mí no me volvió a hablar y llamó a mis papás por teléfono para decirles que “algo terrible había pasado” y que tenían que ir a buscarme lo antes posible porque ya no me podía quedar ahí. Qué mal lo pasé esperando que llegara el día siguiente, muerta de vergüenza y anticipando una bronca de antología… Mis padres no sólo tenían que interrumpir sus actividades y manejar más de cinco horas para ir a buscarme, además me estaban echando por impura, por ligerita de faldas (o de orejas, para ser más exacta).

¿El final de la historia? Me recogieron unos circunspectos padres que ofrecieron las disculpas pertinentes por las molestias causadas. Cargaron mis bártulos. Hubo incómodas despedidas y mucha formalidad. Me subí al coche. Partimos. Silencio sepulcral. Pasaron varios minutos. Más silencio. Yo, mis 12 años y mi suplicio a punto de estallar.

Y entonces los que estallaron fueron ellos… pero a carcajadas! Tal cual. Ahí los tenía, delante mío, descojonándose hasta las lágrimas y haciendo chistes de lo más ingeniosos sobre mis particulares ‘inclinaciones campestres’. En mi familia siempre se ha llevado mucho eso del ingenio… y muy poco lo de la discreción, con lo que muy pronto todo el resto del clan familiar estaba enterado. Total, que me pasé incontables reuniones “arriba del columpio”, contraatacando la jocosa creatividad de la parentela con mis mejores recursos. Todos alcanzamos cuotas altas de sofisticación…

Sé que contada distinta esta historia podría llegar a producir espanto a más de un buen cristiano. Soy consciente del factor edad que contiene. Pero para mí no hubo nada de indecente en ella, nadie “me perdió” el respeto… En su lugar (y para compensar que soy incapaz de recordar mi primer beso, por insólito que sea) me dejó una historia entrañable y divertida sobre mi “primera chupada de oreja”. Que un día se convertiría en post. ¡Quién lo diría!

(Barreño seguro que no…)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s