Sexo epistolar con un espécimen de cuello y corbata

Esta historia tiene shutterstock_91163753ya tiempo y es tan real como las teclas que estoy aplastando al escribirla. Me acordé de ella hace poco, hablando con unos amigos sobre cosas insólitas que nos habían pasado, y pensé que podía ser divertido compartirla. Sin finalidad didáctica, sin moraleja de ningún tipo. Just for fun. Al fin y al cabo, esa es la idea…

Érase una vez yo, hace unos cuantos años. Debido al trabajo que tenía en esa época, cada cierto tiempo tenía que viajar a distintas ciudades europeas para asistir a presentaciones de productos, empresas e instituciones relacionadas con mi ámbito laboral. En este caso se trataba de una ciudad suiza, si mal no recuerdo, a la que llegué tras no pocos esfuerzos e intercambios de aviones y trenes. Los demás asistentes al viaje, procedentes de distintos países, ya habían cenado, así que pedí algo sólo para mí y me fui a dormir. Al día siguiente cada cual desayunó por su cuenta, aunque ya a la hora de comer pude conocer mejor al resto del grupo. Entre ellos había un francés, rubio, sosillo y con cara de no matar a una mosca, que se presentó amablemente a sí mismo como jefe de producto en Francia de la empresa que organizaba el viaje. Todo de lo más normalito, hasta que al ilustre individuo en cuestión, bien peripuesto y enfundado en su traje de hombre respetable, empezó a correrme mano por debajo de la mesa, sin aviso de ningún tipo (vamos, que yo no recuerdo ni siquiera una miradilla morbosa antes de que procediera con el sobajeo bajo mesa), mientras todos los demás masticaban inocentemente sus ensaladas.

Impactada y bastante descolocada, tras unos minutos en los que el tío no dejó de explorar lo que se le antojó con su mano juguetona (y sin que se le moviera ni medio músculo de su rubicunda cara de santurrón), me levanté y murmuré que iba al baño, porque no supe qué más hacer para poner fin al tema… Después de todo, era un viaje de trabajo, y tenía frente a mí a un montón de viejujos importantes que me explicaban cosas muy serias, ignorantes por completo de la partusa que se estaba desarrollando tras bambalinas. Pero no alcancé ni a llegar cuando me di cuenta de que tenía tras de mí al fogoso jefe de producto, quien se tomó mi huida como una invitación para echar un rapidito en el baño… ¿En el tiempo que nos tardaríamos en hacer pis? No, muchas gracias.

Total, que le pregunté muy gélidamente si necesitaba algo, me dijo que se había equivocado de baño y se descojonó de la risa. Y a mi regreso decidió dejar las manos arriba de la mesa… ¡para proceder a sobarme con el pie!

Evidentemente, nunca tuvimos la oportunidad de quedarnos solos, y ese mismo día yo debía regresar a Madrid, así que di por perdida cualquier esperanza de que pasara algo… Y es que a medida que avanzaba la jornada el francesito soso me iba pareciendo cada vez un poquito más interesante; después de todo, hay que estar muy seguro de uno mismo para hacer una cosa así, y a mí (como a casi todas) la seguridad es una cosa que me pierde. Pero es que además salió ingenioso el muchacho, ya que cuando me tocó irme se las arregló para acompañarme en el coche que me llevaba a la estación de trenes, y se sentó atrás conmigo tan campante, dispuesto a seguir con sus frustrados avances mientras el piloto y el copiloto miraban por la ventana.

No lo pude evitar. Aparte de “dejarme hacer” (ya de por sí bastante osado según pensaba yo en ese momento) le pasé un papelito arrugado que decía “You really have some balls!!!!”. Una sonrisa canalla y un papelito de vuelta, con la escueta frase de “Your email?” bastaron para terminar de cocinarme y mandarme a mi periplo de trenes y aviones en estado de ebullición. Nunca más lo volví a ver, pero durante meses mantuve con él una tórrida correspondencia vía correo electrónico –que, a todo esto, mejoró mucho mi conocimiento de frases subidas de tono en el idioma de Shakespeare- que recuerdo como sumamente estimulante y cada vez más intensa. O sea, que el hombre era un artista, y me ponía a full, sin siquiera estarnos comunicando en tiempo real. Una de las cosas que más me excitaba era imaginármelo diciendo guarrerías en francés, desnudo pero con la corbata puesta, ya que nunca había estado con un tío que usara corbata. Por cierto, sigo sin conocer la experiencia. ¿Algún candidato?

El “romance” epistolar, claro, murió de causas naturales, sin grandes lamentos por ninguna de las dos partes. Los mails aún los conservo, aunque no los comparto por respeto a su autor. Y respecto a la historia, nunca genera reacciones tibias. Cada vez que se la he contado a alguien ha despertado pasiones, dividiendo a la audiencia entre los horrorizados (“Dios mío, qué espanto, ¿y qué hiciste? ¿Lo denunciaste? ¿Gritaste? ¿Conseguiste que lo despidieran?”) , con los que nunca he llegado hasta el final, y los entusiastas (“nooo, no te creo, flipo, qué divertido, ¿y después qué pasó”? )

¿Vosotros qué pensáis?

(Y en cuanto a mí, todavía me pregunto a veces cómo habría sido echar un polvo con una persona que no tiene problema en poner en juego su trabajo porque le dio un calentón. Así sin más…)

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3 pensamientos en “Sexo epistolar con un espécimen de cuello y corbata

  1. ¿Aún los conservas? Que curioso. Yo guardo algunos de los emails de mi borrachera con mi sevillana favorita. Que coincidencia.

    Que peligro enviarte un email después de leer esto, señora mía.

  2. Tampoco los leo yo. Están ahí y, si me cruzo con ellos buscando algo, me sonrío por lo que el recuerdo me evoca y ahí los dejo, sin abrir. ¿Os pasa lo mismo, querida amiga?

    Es mejor que los fantasmas duerman, me parece. A mis años, pensando sensatamente…

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