Morbo… y culpa

oscuridadMe da morbo la oscuridad. Y no hablo de una oscuridad de lámparas apagadas, sino del lado oscuro de los seres humanos. Hasta ahora sólo la he probado en dosis pequeñas, pero puedo reconocer su llamado, el suave terciopelo que empieza a reptar por mi estómago cuando la vida me regala unos minutos de juego oscuro.

Extraños mecanismos los del morbo. Extrañas las maneras –a veces ridículas, rozando el patetismo- de pasarnos la vida luchando con esos centelleos de la carne y, sobre todo, con la embriagadora turbación de nuestras cabezas que nos han enseñado a no sentir. Porque desde niños se nos invita a no soltar las barreras.

El morbo suele estar ligado, la mayoría de las ocasiones, a la vergüenza, y algunas de las cosas que nos seducen se pasan la vida sumergidas en un pozo profundo, de donde nunca serán llamadas a salir. Pero se sienten como un bulto. Lo que hemos hecho -pensado, sentido- se diluye en las tinieblas de lo inconfesable. Pero sigue estando ahí, por más tierra que echemos encima.

A veces me pregunto cómo sería el mundo si al unísono apagáramos nuestras mentes, nuestras convenciones, aprendizajes y adiestramientos. Si de alguna manera nos condujéramos en absoluta libertad, sin cabeza, sin condicionamientos ningún tipo. Me pregunto cómo nos relacionaríamos con los demás, cómo serían las dinámicas de las parejas, de haber parejas. Cómo serían nuestras relaciones -sexuales, porque en semejante escenario probablemente no habría cabida para el romance- y la relación con nuestro cuerpo y nuestros impulsos. Pura corporeidad y espíritu.

Es casi un ejercicio científico imaginarlo, aunque cada vez que lo intento el camino se bifurca ante mí violentamente. ¿Se parecería más a un tenebroso cuadro de Goya, todos entregados a sus empujes más primarios y destructivos? (porque si fuésemos como niños, después de todo, ¿qué nos salvaría de caer en la salvaje barbarie de “El señor de las moscas”?) ¿O, por el contrario más absoluto, sería la imagen misma del paraíso perdido? Expresión sin censura, disfrute sin culpa. Libres de toda culpa en el sentido más absoluto, me atrevería a decir que bíblico (porque creo que hay una profunda sabiduría en algunos rincones de la biblia, pese a las torpes interpretaciones que se han hecho de ella). Después de todo, la mayoría de las cruces que cargamos están en nuestras cabezas, no afuera, y los mayores dolores que hemos sentido son auto-infligidos… aunque por lo general tengamos una escasísima capacidad de darnos cuenta de ello.

Como sea, quien no ve su propio lado oscuro sólo se salva del conocimiento, no de su existencia, o al menos eso creo. Todos tenemos nuestra dosis de perversidad corriendo en las venas, ya sea más lúdica o más destructora.

Oscuridad, y también dolor, a veces me parecen un cóctel exquisito. Morbo puro y duro. En dosis contenidas y con una ventana a mano tal vez, pero si se abraza una pequeña raíz de alguna manera también se abraza la planta. Y ese abrazo es una entrega, un olvido de todo lo que no debería ser, una liberación dentro de la contención. Ahí está la seducción del llamado.

Voy a terminar, como ya hecho otras veces, compartiendo una pequeña historia. Va de una niña y su mejor amiga, que la invita a pasar un verano con su familia en la casa que tienen en la playa. La niña acepta encantada, la perspectiva de salir de su entorno y hacer cosas distintas la tiene en las nubes. No se equivoca. En casa de su amiga, donde más de una vez se ha quedado a dormir, se respira mucha más libertad que en la suya, y en la playa para qué hablar. La casa está situada en un pueblo tranquilo y los padres de su amiga las dejan ir bastante a su bola, absortos en sus propios asuntos. “Niñas, id a jugar”, dicen con frecuencia, esbozando sonrisas cariñosas y despreocupadas. Y las niñas se van a una habitación ubicada fuera de la casa, un mini apartamento en realidad en medio de un precioso patio rodeado de árboles. Y juegan. A las cuerdas, al elástico, a Candy Candy. Y a decir palabrotas. Se ríen al unísono cada vez, encantadas con el pecado descubierto.

–          Vamos a dejar de decir palabrotas -dice la amiga, repentinamente muy seria -. No está bien, no es digno de una señorita.

–          Vale -contesta la niña, sintiendo que le están robando algo-.

–          Hagamos una cosa- sigue la amiga, con un tono más oscurillo-. Las palabrotas están prohibidas. No puedes decirlas. Ni una.

–          ¿Y si se me escapa una? ¿O a ti?

–          Si se me escapa una te pego con un cinturón. Y tú lo mismo.

–          ¿Pegar? ¿Dónde?

–          ¿Dónde crees? En el culo. Así, inclinadas.cinturón

La niña no sabe lo qué es el morbo, pero sí que la idea la seduce, instantáneamente. Aunque tiene una vaga sensación de que no debería ser así, o que al menos sería conveniente no tener testigos de semejantes inclinaciones. Pero sin un testigo no puede haber juego. Otorga con su silencio.

Poco a poco descubre que parte del juego consiste en no traslucir el entusiasmo. Así, va dejando caer las palabras de a poco, las viste de casualidad, se especializa en poner cara de fastidio cuando suelta una y las espacia todo lo que le permite la impaciencia y el cosquilleo insistente que se le instala en todo el cuerpo, pero sobre todo ahí abajo, cada vez que ve el cinturón. E incluso antes. También le gusta azotar a su amiga, pero menos. Su verano empieza a estar marcado por las visitas cotidianas a la habitación externa, donde la amiga –aunque sus fuerzas no dejen de ser las de una niña- pega con ganas. Empieza a saltar sobre charcos de emociones densas, sintiéndose tan encadenada como ligera. Pasan los días.

Después de un par de semanas de clases, la niña por fin ha conseguido permiso de sus padres para ir a ver a su amiga. Está contenta. No piensa tanto en cinturones (porque puede darse cuenta de que en la casa de la ciudad estaría fuera de contexto) como en abrazarla y decirle que la ha echado de menos. Toca el timbre. Abre la madre. Siempre ha sido cariñosa con la niña, agradeciendo de alguna manera la amistad que profesaba por su hija, hasta entonces una chica bastante solitaria. Pero esta vez tiene una expresión furiosa en la cara. Y entonces empieza a soltar, como una metralleta:

–          No sé cómo tienes el descaro de aparecerte por nuestra casa, criatura asquerosa. Te dimos nuestra confianza, te abrimos nuestras puertas y nuestros corazones, y nos pagas así, con una patada en el culo. Qué vergüenza. Eres una malagradecida, y me siento muy dolida, todos lo estamos. No quiero que vuelvas a acercarte a mi hija, eres una mala influencia. Y por supuesto, no quiero que vuelvas a venir a esta casa. Nunca más.

Antes de cerrar la puerta le arroja a la cara un paquete con ropa y otras cosas que se había dejado ahí. A la amiga no vuelve a verla, ni siquiera para pedirle una explicación tardía sobre lo que ha pasado, aunque vagamente intuye algunas posibilidades. No es que no lo necesite, es que no se atreve. Tiene el corazón destrozado por algo que no entiende, y mucha, mucha vergüenza.

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Mi vecina la gritona

gato enojadoLa primera vez que la oí no fui capaz de darme cuenta de que eso que oía eran los gritos de una mujer gozando. Era tal la ausencia de contención, tan profunda su estridencia, que lo primero que pensé fue que alguien estaba apaleando a un gato a escasos metros de mi ventana. Porque realmente parecía un gato -al límite de algo, luchando con uñas y dientes por defender alguna de sus siete vidas-, a tal punto que decidí vestirme para intentar averiguar cuál de mis desalmados vecinos se dedicaba a torturar animales indefensos a las dos de la mañana. Recuerdo que estaba en la cama con mi novio de aquella época, en medio de un polvo insípido que interrumpimos sin mayor drama, y que estuvimos un rato discutiendo sobre la conveniencia o no de buscarse líos con los vecinos cuando un sonido nuevo, contundente como un trueno, nos saco de nuestro error: El inconfundible sonido de un hombre eyaculando.

Después de esa primera vez hubo muchas, muchas otras. Casi todos los días de hecho, y al festín de aullidos y ruidos guturales se fueron sumando carreritas por pasillos y habitaciones, movimientos de muebles y risas post coito. Pasaban los meses, cambiaban los amantes (lo sabíamos porque hubo algunos más ruidosos que otros) y yo me debatía entre la admiración y la envidia por lo bien que se lo pasaba mi vecina de arriba.

Un día que salí a colgar ropa en mi balcón vi que del piso de arriba se había caído una maceta con una planta. La planta, aunque maltratada, había sobrevivido, así que  me apresuré en subir a devolvérsela, más por curiosidad que de buena samaritana, ya que me moría por conocer a ese personaje que en mis fantasías me imaginaba como una Sofía Vergara despampanante y envuelta en plumas, permanentemente hambrienta de sexo.
vecina
Cuento corto, la persona que me abrió la puerta era una mujer cuarentona (algo que para mí, con mis veinte años recién cumplidos en aquel entonces, era prácticamente equivalente a ser una anciana sexual), gordita, con el pelo mal teñido, unos vaqueros horribles y chanclas de goma. “No puede ser ella”, pensé, aunque tampoco era probable que tuviera una hija que se dedicara a chillar impunemente con su madre en la otra habitación. Pero toda su cara sonreía. Y cuando habló para darme las gracias me di cuenta de que sí, que tenía delante de mí a la responsable de tantos desvelos “voyeristas”. Su tono y su risa eran inconfundibles.

Más de una vez he leído en revistas y páginas de Internet que las mujeres hacen ruido durante el sexo para complacer a los hombres, que no es un ruido que se haga de forma natural. Y no me refiero sólo a aquellos casos en que la chica no se lo está pasando bien y echa mano de gemidos varios para apurar el trámite, hablo en general. De hecho, he encontrado un par de artículos que aluden a estudios científicos en los que se postula la intencionalidad de los sonidos sexuales de las mujeres. El científico Gayle Brewer, autor de uno de estos análisis, asegura que “el  momento  exacto  del  orgasmo  está  disociado  con  los  jadeos,  lo  que  indica  que  los  gemidos  se realizan  bajo  un  control  consciente de los mismos”.

Es verdad que cuando estoy sola y me masturbo casi nunca hago ruido. Sin embargo la primera vez que conseguí tener un orgasmo, después de un largo y frustrante proceso de búsqueda, fue tal su intensidad que recuerdo que vino acompañado de una explosión de jadeos y gemidos que yo no había puesto ahí, al menos no conscientemente. Y no tenía a nadie al lado mío quien impresionar en todo caso.

Tengo otro recuerdo que viene a poner en duda la rotundidad de los mencionados estudios. Es un poco más reciente, aunque igual han pasado algunos años. Fue después de una fiesta, una de esas espectaculares y apoteósicas que nunca se olvidan, sobre todo porque con el tiempo la prudencia aconseja espaciarlas cada vez más, por no decir abandonarlas. Yo estaba con un amigo y los dos habíamos tomado éxtasis en cantidades considerables, así que una vez que llegamos a casa nos pusimos a hacer lo mejor que se puede hacer en esos casos: follar. No voy a hablar aquí de lo espectacular que estuvo ese polvo (nada más lejos de mi intención que hacer apología a las drogas, a mí me han pasado alguna factura) pero sí de su final. Nunca había sentido tan fuerte la sensación de no ser yo la que estaba ahí, de entregarme de brazos abiertos a ese total abandono. Y nunca habían subido, ni volvieron a subir, semejantes sonidos por mi garganta. Sonidos animales, libres, rugidos vibrantes que retumbaban en mi sangre, que despertaban y sacudían todos mis órganos. Sonidos que no eran míos pero lo eran, y que no estaban ahí para complacer a nadie, sino que surgían de lo más profundo de mi propio placer.

Los sucios trapitos sexuales del Vaticano

shutterstock_57746173Luchas de poder, malversaciones financieras, prostitución, relaciones homosexuales… Todo lo que siempre nos imaginamos que existía tras las bambalinas del vaticano está ahí. Ayer, la prensa nacional e internacional se despachó a gusto con la noticia de que tras la renuncia de Benedicto XVI al pontificado estaría la entrega de una investigación sobre la fuga de documentos robados de su despacho (el llamado caso ‘Vatileaks’) realizada por tres cardenales, de esos que tienen chorrocientos años y saben de lo que hablan.

Tan demoledor habría sido el informe que Benedicto XVI, al leerlo, se habría convencido de la necesidad de contar con un Papa más joven, con la energía suficiente para poder llevar a cabo una buena limpieza.

Como era de esperar, y según asegura el diario italiano ‘La Repubblica’, las turbiedades giran en torno al descarado incumplimiento del sexto y séptimo mandamiento: No cometerás actos impuros y no robarás. Vamos con los actos impuros entonces.

Entre otras cosas, el artículo de ‘La Repubblica’ recuerda como en 2010 salió a la luz un escándalo que involucraba a seminaristas que se prostituían y a un miembro de un coro vaticano que ejercía como proxeneta, entre otras lindezas.

La historia salió a la luz porque Angelo Balducci, entonces ‘gentiluomo’ del Papa y presidente del Consejo Nacional italiano de Obras públicas, estaba siendo investigado por corrupción. Al pincharle los jueces el teléfono se supo que hablaba frecuentemente con Chinedu Thiomas Eheim, un miembro del coro de la Reverenda Capilla Musical de la Sacrosanta Basílica Papal de San Pedro en el Vaticano que le ofrecía servicios sexuales con jovencitos, seminaristas incluidos.

“Sólo te digo que mide dos metros, pesa 97 kilos, tiene 33 años y es completamente ‘activo”, llegó a decir el miembro del coro a Balducci en una de las conversaciones interceptadas.

‘La Repubblica’ ha publicado que, según la investigación judicial, los encuentros tenían lugar en una villa a las afueras de Roma, en una sauna, en un centro estético, en el propio Vaticano y en una residencia universitaria. Esta última sería la residencia de Marco Simeon, directivo de la televisión estatal RAI que habría participado en una conspiración para expulsar al arzobispo Carlo María Vigano de la presidencia de la gobernación de la Ciudad del Vaticano, debido a sus intentos por introducir una mayor transparencia financiera. Simeon, a todo esto, es visto como alguien muy cercano al secretario de Estado cardenal Tarcisio Bertone, segundo oficial de mayor rango en el Vaticano.

Asimismo, se habla de la posible existencia dentro del Vaticano de un ‘lobby gay’. Según el artículo del diario italiano, se trataría de “una red transversal unida por la orientación sexual. Por primera vez la palabra ‘homosexualidad’ ha sido pronunciada, leída en voz alta de un texto escrito, en el apartamento de Ratzinger. Y por primera vez se ha hablado, aunque en latín, de la palabra chantaje: influentiam”.

Lo más chungo de todo este asunto no es descubrir que los curas tienen necesidades sexuales y que a más de uno les gusta montarse cada tanto una fiestecilla… Eso es algo que sabemos de sobra, y si no fuera más allá me parecería fantástico por ellos, de hecho estoy convencida de que si se aboliera el celibato la Iglesia podría recuperar parte de su dignidad, al estar menos a merced de las frustraciones y apetitos personales de sus representantes. El problema está en que para satisfacer esos apetitos al tiempo que se mantienen ocultos, muchas veces se elige el camino menos cristiano de todos, el del abuso de poder, el de forzar a alguien contra su voluntad, y no hablo sólo de la pederastia, la más abominable de sus manifestaciones. Porque también se puede forzar con guante de seda. Según dejaría entrever el informe entregado por los cardenales al Pontífice, varios de los integrantes de la red homosexual habrían participado en ella al ser “propensos a chantajes a raíz de sus orientaciones sexuales”.

¿Una verdadera telenovela en Vaticity? Yo diría más bien drama…

Diálogos callejeros 1: En las porno lo hacen con saliva

(Oído en la Plaza de Felipe II una tarde de lluvia) bajo_la_lluvia

– Mi novio siempre tiene ganas, pero a mí no me gusta.
– ¿No? A mí sí. O sea, a veces duele un pelín al principio, pero cuando se relaja es rico.
– A mí me duele todo el rato. Además siempre cuesta mogollón que entre. Y raspa.
– ¿Raspa? ¿Pero qué lubricante usas?
– Ninguno. Nunca he usado.
– ¿Ninguno? ¿En serio? Pero tía, eso es una salvajada. ¡No se puede tener sexo anal sin lubricante!
– En las porno lo hacen con saliva…
– Ya, y la chica siempre se corre, y al tío se le pone dura en un segundo y puede seguir follando por horas… No, de verdad, no puedo creer que lo hagas así, a lo bestia.
– Bueno, con saliva…
– ¡Pero si la saliva se seca enseguida! Eso no sirve para nada.
– ¿Y los lubricantes sí?
– Claro. Sobre todo los de silicona. Los de agua duran menos y son más pegajosos, aunque si es de silicona tienes que asegurarte que sea compatible con los condones. Bueno, ahora casi todos lo son.
– ¿Y entonces se siente distinto? ¿De verdad?
– Pffff, una cosa está a años luz de la otra. Aunque claro, eso no quita que antes de metértela, tu novio te tiene que relajar bien la zona.
– ¿Relajar la zona?
– Claro, que se te dilate, que a tu culo le den ganas. Si no, no tiene gracia. Una vez, hace tiempo, le dije a un amigo que a mí no me gustaba. Y me contestó: “Entonces es porque no te han calentado bien el culo. Si te lo calientan bien es imposible que no te guste”. Y tenía razón.
– Uau, flipo. Yo pensé que a ninguna tía le gustaba, que hacían como que les gustaba.
– No, soy yo la que flipo contigo. Con saliva. Madre mía…

Multiorgasmos en 297 páginas

portada la mujer multiorgásmicaComo lo prometido es deuda, voy a dedicar mi post de hoy a un libro poderoso y transformador: La mujer multiorgásmica. Tal como había comentado hace algunos días, se trata de una obra escrita por Mantak Chia y Rachel Carlton que, mediante una serie de reflexiones y ejercicios de sexualidad taoísta, nos enseña a conectarnos con nuestra energía sexual. Los resultados pueden ser sorprendentes.

Es importante destacar que éste no es un libro dirigido exclusivamente a mujeres que no pueden tener orgasmos. Todas, incluso las que ya tienen orgasmos con frecuencia y creen que no hay otra cumbre más allá de las conocidas, podrán encontrar entre sus páginas algún elemento que les sirva para incrementar considerablemente la intensidad de los mismos. Y por supuesto, no se trata de ponerse a “hacer los deberes” en pleno acto sexual; nada atenta más contra el necesario “dejarse ir” de un buen polvo que tener que estar pendiente de seguir una serie de pasos de manual. No, éste es un libro que invita a explorar en el propio cuerpo y en las energías que se mueven en él, para que luego puedan expresarse –libremente y en todo su poderío–  durante el sexo.

Algunos ejercicios son fascinantemente sencillos, y digo fascinante porque realmente sorprende que tan poco pueda hacer tanto. Está, por ejemplo, el Chi Kung de la risa, que mediante cinco pasos incrementa el chi (energía) del centro abdominal, estimulando la producción de endorfinas y dirigiendo el “calor” hacia la zona inferior del cuerpo. Los pasos son:

–          Sentarse con la espalda recta y las manos sobre el abdomen.

–          Dejar que empiece a salir la risa. Reírse con la boca abierta y dejando que el pecho se mueva. De ser posible, hacerlo durante varios minutos.

–          Después reírse con la boca cerrada, moviendo el vientre y las manos. Seguir así durante varios minutos.

–          Dirigir algunas respiraciones profundas hacia el vientre y sentir su chi cálido y vibrante.

–          Frotarse el abdomen con las manos, dibujando una espiral que ayude a absorber el chi.

Si bien al principio puede parecer extraño eso de reír sin motivo, como casi cualquier cosa que se practica, al poco tiempo una se siente más y más cómoda con la idea de descojonarse porque sí y empieza a descubrir los muchos tipos de risa que pueden haber. Desde la perspectiva taoísta, el “jajaja” o “jijiji” con la boca abierta estimulan la zona del pecho, mientras que la risa ventral, con respiración nasal, la boca cerrada y el vientre en movimiento (del tipo “hummm”) estimula los órganos de la cavidad ventral y despierta el chi del centro abdominal.

También están los sonidos sanadores, que trabajan con las emociones positivas y negativas asociadas a los distintos órganos: Pulmón, riñón, hígado, corazón, bazo/estómago y útero/ovarios, además del triple calentador, en referencia a los tres calentadores o divisiones energéticas del cuerpo. Obviamente no puedo ponerme aquí a reproducir todos los ejercicios con detalle (¡ya quisiera yo!) pero sí me gustaría contar un poquito más sobre el sonido del útero y los ovarios, ya que aunque tradicionalmente éstos se incluyen en el ejercicio del riñón (que es el órgano yin que se relaciona con estos órganos yang), el libro les da un énfasis especial por la importancia que tienen para la salud de la mujer. “La energía del útero y de los ovarios es muy poderosa y muchas mujeres guardan en ellos abundante dolor físico y emocional”, señalan los autores. Así, este ejercicio ayuda a “limpiar” cualquier energía que pudiera haber quedado de antiguas experiencias dolorosas o desagradables.

Dado que considero que “La mujer multiorgásmica” debería ser declarado patrimonio de la humanidad por lo beneficioso que puede resultar en muchos casos, os copio de forma literal los dos párrafos que hablan del sonido del útero y de los ovarios, por si alguna se anima a practicarlo. Y si algún chico entre los lectores se está preguntando “¿y yo qué”?, os repito que también existe “El hombre multiorgásmico” (además de “La pareja multiorgásmica”), en la misma línea aunque un pelín menos… zen. Lo cual está más que bien, ya que no me imagino a muchos tíos entusiasmados ante la perspectiva de “conectarse internamente con su centro del placer”. Tampoco los veo haciendo juegos exploratorios para conocerse mejor el pene, probablemente porque en muchos casos (frente a tantas hordas de féminas desincronizadas con sus vaginas) la clave para incrementar el placer de ellos es “salir de su polla”, más que profundizar en la misma. Pero bueno, ya me estoy yendo por las ramas, y además prefiero evitar las generalizaciones. Van los párrafos del sonido del útero, y que os aprovechen:

“Ponte las manos sobre los muslos, con las palmas hacia arriba (sentada y con la espalda recta). Toma conciencia del útero y de los ovarios. Ahora toma una inspiración profunda y ponte las manos sobre la pelvis o justo delante de ella, con las palmas hacia el cuerpo. Al espirar tira del abdomen hacia dentro, como si quisieras llevar el ombligo hacia la columna. Esto comprimirá tus órganos sexuales. Emite el sonido “shuueeei” con la espiración. Imagina que estás liberando cualquier dolor o experiencia negativa que puedas tener grabados en tu útero y ovarios.”

“Relájate y vuelve a poner las palmas sobre los muslos. Al inspirar, imagina que tu útero y ovarios se llenan de una brillante luz violeta, asociada con el poder personal y la creatividad. Repite los movimientos dos veces más (intercalados con otras respiraciones sin sonido). Es conveniente hacer este ejercicio en cualquier momento que sientas dolor, o temas que vas a sentir dolor, en tus órganos sexuales; por ejemplo, cuando tengas calambres menstruales o te vengan recuerdos dolorosos de abusos sexuales o de una violación”. También –agrego yo– es muy recomendable cuando se han practicado o se van a practicar intervenciones quirúrgicas en la zona.

¿Tenéis alguna amiga que esté de cumple pronto y no se os ocurre qué regalarle? Ya sabéis…

Sobre monjas pajilleras y la necesidad universal de correrse a gustito

shutterstock_75107572 Monjitas

Hace algunos días, atacada por una fiebre de limpieza pre-primaveral, estaba revisando un montón de diarios y revistas viejos cuando volví a encontrarme con una historia de lo más curiosa: La de las monjas pajilleras de mediados del siglo XIX, que en una de las máximas expresiones de caridad cristina que le conozco a la Iglesia se dedicaban a masturbar a soldados heridos en los hospitales. Probablemente muchos ya la conozcan, pero me parece una iniciativa tan loable que la comparto por si alguien aún no ha escuchado o leído nada al respecto.

Dice la historia (según algunos leyenda, yo me quedo con lo primero) que en el año 1847 el obispo de Andalucía decretó una dispensa autorizando la creación del “Cuerpo de Pajilleras del Hospicio de San Juan de Dios” en Málaga. Estas “pajilleras de la caridad” eran mujeres (monjas y voluntarias) que masturbaban a los soldados heridos de los hospitales buscando así ofrecerles algún alivio en medio de su enfermedad. La idea surgió de Sor Ethel Sifuentes, fundadora del cuerpo de pajilleras, quien al percatarse de la ansiedad y mal humor que reinaba en el pabellón de heridos de un hospital  donde ejercía de enfermera, comenzó a masturbar a los pacientes sin distinciones de rangos: Todos, desde reclutas hasta oficiales, tenían derecho a su paja diaria. El cambio en el ánimo de los soldados no se hizo esperar.

La iniciativa tuvo tanto éxito que se fundaron más cuerpos de Pajilleras -el de la Reina, las del Socorro de Huelva, las Esclavas de la Pajilla del Corazón de María y, en tiempos de la guerra civil española, las de la Pasionaria-. Además, la idea también se implementó en México, Brasil y República Dominicana.

Como no todo puede ser perfecto, y como al parecer la sensación de que lo que se estaba haciendo no era “del todo correcto” resulta inevitable cuando se mezcla iglesia y sexo, las integrantes de los cuerpos debían utilizar un holgado vestido, que ocultaba del todo las formas de sus cuerpos, así como un velo de lino para taparse la cara, con lo que sólo se les podían ver las manos. Aún así, estoy segura de que más de algún soldado habrá lamentado la desaparición de tan caritativas féminas, ya que casi todos los cuerpos dejaron de existir después de la segunda guerra mundial.

¿Por qué me gusta tanto esta historia? Porque más allá de lo divertido o peculiar del asunto, nos recuerda que el sexo también se anhela desde un cuerpo (o mente) enfermo o mutilado, y que su ausencia puede ser una agonía en sí. Por eso, cuando alguien no está en condiciones de darse a sí mismo tan básica satisfacción, el asunto cobra tintes “humanitarios”.

Vale, es probable que pocos hoy en día estuvieran dispuestos a prestarse de forma tan desinteresada a producir placer en el prójimo. Pero creo que ya en el hecho de reconocer, y de alguna manera respetar, la necesidad de todos de sentir algún tipo de contacto, hay un avance importante.

Cuando yo era niña, una de mis mejores amigas vivía con su tío y una prima con discapacidad intelectual, la Totó. En aquella época la Totó, que se desenvolvía en el mundo como una niña pese a que su cuerpo hace muchísimo que era el de una mujer, tendría cerca de 40 años. Que se supiera  nunca había estado con un hombre, aunque probablemente eso se debía a que siempre iba acompañada por la calle. O sea, que es un dato casi anecdótico que poco y nada nos cuenta de ella, su mundo interno, sus anhelos y necesidades.

Pero un día que estaba en la casa de mi amiga, con 12 ó 13 años, fui testigo de una escena que se me grabó: El padre de la Totó había descubierto hace algún tiempo que la razón de las largas duchas de su hija eran masturbatorias. Decidido a terminar con semejante aberración, empezó a cronometrar el tiempo de las duchas: A los cinco minutos exactos (siete si era día de lavarse el pelo) apagaba el calentador de agua, para evitar así que su “niña” se dedicara a semejantes menesteres.  La cosa es que ese día la Totó no pudo más con la represión paterna, y junto con el agua fría le cayeron encima todas las ansias acumuladas, la rabia y los silencios de tantos años, ya que pocos segundos después de que su padre le apagara por enésima vez el calentador salió corriendo del baño, desnuda, tiritando y chorreando agua, mientras gritaba a viva voz “¡yo también tengo derecho, yo también tengo derecho por la mierda!”. Tan enajenada estaba que llegó hasta el patio y la vieron algunos vecinos, que inmediatamente comenzaron a reír, aunque la situación no tenía nada de graciosa. A mí me pareció una escena desgarradora, pero al mismo tiempo hermosa por su poder y su crudeza, por su capacidad de narrar una historia compleja y llena de matices, del modo en que son hermosas algunas escenas de películas terribles, que más allá del dolor nos dejan algo. Porque en su momento nos rozaron el alma, haciéndonos sentir compasión, y con ello no me refiero al sentido más estrecho de la palabra, como lástima, sino que como una de las expresiones más profundas del amor: padecer con alguien, ser capaz de ponernos en sus zapatos. Ver a la persona que hay detrás de la enfermedad y ofrecerle una mano aliviadora. Literal o figuradamente.

Perversiones del ciudadano común. II: Ignorancia

shutterstock_58763302Hoy voy a levantar mi dedo acusador. Sé que no queda muy bonito como vía de aproximarse a un tema, pero lo hago con el permiso que me da hablar desde la experiencia. Acuso a las mujeres que no se masturban, a las que no conocen su propio cuerpo y a las que no se hacen “responsables” de su propio placer, de cometer el pecado de la ignorancia. Suele ser un pack 3 en 1, aunque también es cierto que hay muchas féminas por ahí que cada tanto se hacen un cariñito a sí mismas y se lo pasan chupi, pero siguen convencidas de que si no se corren durante el coito es porque tienen un mal amante… lo que también puede ser. Pero si ya todos son malos amantes, es probable que algo más esté pasando… ¿no?

Durante años fui anorgásmica. Y no tenía un mal amante, al contrario. Me inicié en el sexo con un chico que me tenía vuelta loca, y que desde un principio demostró ser bastante poco convencional respecto al tema. O sea, que hacíamos “de todo”, a veces en maratones, y yo estaba totalmente entregada a la causa, disfrutando de cada segundo, cada sabor nuevo, cada rincón descubierto, como Alicia cayendo por su propio y fascinante agujero de las maravillas. En sus manos era mantequilla, y como además tenía una relación de esas tóxico-pasionales, a veces había encuentros de antología. Pero no me corría. Nunca. He llegado a pensar que precisamente ahí residía parte importante de problema: Como me lo pasaba de puta madre aunque no me corriera, me hacía la loca y postergaba el tema, que cobraba existencia en mi día a día bajo la forma de un moscardón de esos zumbones, que toca las pelotas pero con el que se puede convivir porque la mayor parte del tiempo se consigue hacerlo desaparecer del radio.

Hay muchísimas causas para que una mujer no pueda tener orgasmos; la mayoría escapa a mi ámbito de competencia. Muchas veces (en más casos de los que resulta fácil creer) los orígenes se encuentran en oscuras historias de abusos e incestos, pero no es de eso de lo que pretendo hablar ahora. Lo que quiero es reflexionar sobre una conducta (o no conducta) que casi siempre deriva en relaciones insatisfactorias, pero que tiene una facilísima solución: No conocerse a sí misma, o lo que es igual, no escuchar al cuerpo, no saber lo que le gusta.

La medicina para combatir semejantes males se llama masturbación, y suele funcionar de puta madre. Es un dos más dos son cuatro, pese a lo cual aun hay muchas, muchísimas, mujeres que no se tocan. Algo las paraliza, algo no muy bien definido detiene el impulso. A veces “da no sé que”, otras la excusa es la falta de tiempo… O sea, ¿perdón? Nos hacemos el tiempo para tantas cosas que no son, no pueden ser, más importantes que pasárnosla de puta madre, darle un buen colocón al cuerpo e inyectanos felicidad directo a la vena.

Probablemente si existe un trauma chungo detrás no sea suficiente con la buena voluntad de la mano derecha, pero siempre viene bien para ir soltando, incluso en esos casos. Porque el ambiente es protegido, nadie mira, nadie juzga. Así que una se puede ir relajando de a poco, sin presiones, simplemente explorando y olvidándose de que existe un objetivo. Ya, es que la cosa es así, mientras más se piensa en el orgasmo como meta, menos se consigue. Aunque tampoco vale tirar la toalla y decidir que no es importante, no nos engañemos: Es fundamental. Hay un antes y un después de él. Así de simple.

En mi caso pasaron muchos meses de aplicación masturbatoria sistemática antes de ver resultados, etapa que describiría como tortuosa; no digo que sea “llegar y llevar” (recuerdo, de hecho, una vez que ya desesperada por encontrar ese Santo Grial negado empecé a decirme a mí misma que casi cualquier sensación era un orgasmo, aunque “pequeñito”. Entonces le pregunté a una prima que cómo sabía cuando había tenido un orgasmo, porque yo no estaba segura. La respuesta se me grabó: “Si no estás segura es que no lo has tenido. Es como tirarse un pedo, siempre sabes que te tiraste uno”). Por otra parte, por mucho que se sepa cuando se ha tenido uno, no todos los orgasmos son espectaculares, el espectro es muy muy amplio y a veces la sensación sólo rasca la superficie, como si hubiera una tela interponiéndose entre la explosión real y su simulacro. Hay orgasmos más sosos que otros, más cortos, menos “mind-blowing”. Siempre es rico, como siempre es rico comer con hambre, pero no es lo mismo comer pan con mantequilla que un entrecot a las brasas con patatas. Pero el asunto es que, en estas lides, aunque resulte absurdo pretender una progresión lineal, el hábito sí hace al monje. O sea, que cuanto más se practique más partes del cuerpo se van despertando, más sensaciones se incorporan al catálogo y más se profundiza en la percepción y el disfrute.

Otra cosa que me ha permitido incrementar espectacularmente la intensidad de mis orgasmos es un libro que amo con locura, si bien el lenguaje puede volverse a ratos un poco cursi (todo lo que tenga tufillo a autoayuda me da bastante ’ puaj’ la verdad) pero le perdono cualquier cosa porque es simplemente una joya: ‘La mujer multiorgásmica’, de Mantak Chia y Rachel Carlton Abrams (también existente en sus variantes’ El hombre multiorgásmico’ y ‘La pareja multiorgásmica’, por si las moscas), bastante fácil de adquirir ya que está disponible en los sitios más variopintos, desde Amantis hasta La Casa del Libro. El texto, que combina técnicas taoístas milenarias con conocimientos de sexología occidental contemporánea, merece un post por sí solo. Si os interesa, no tenéis más que decirlo. Total, a estas alturas ya parezco disco rayado, una verdadera “Testigo del Multiorgamismo”, de lo mucho que predico sobre sus maravillas a todas mis amigas… y no tan amigas! En fin, que la discreción nunca ha sido lo mío…

Sexo epistolar con un espécimen de cuello y corbata

Esta historia tiene shutterstock_91163753ya tiempo y es tan real como las teclas que estoy aplastando al escribirla. Me acordé de ella hace poco, hablando con unos amigos sobre cosas insólitas que nos habían pasado, y pensé que podía ser divertido compartirla. Sin finalidad didáctica, sin moraleja de ningún tipo. Just for fun. Al fin y al cabo, esa es la idea…

Érase una vez yo, hace unos cuantos años. Debido al trabajo que tenía en esa época, cada cierto tiempo tenía que viajar a distintas ciudades europeas para asistir a presentaciones de productos, empresas e instituciones relacionadas con mi ámbito laboral. En este caso se trataba de una ciudad suiza, si mal no recuerdo, a la que llegué tras no pocos esfuerzos e intercambios de aviones y trenes. Los demás asistentes al viaje, procedentes de distintos países, ya habían cenado, así que pedí algo sólo para mí y me fui a dormir. Al día siguiente cada cual desayunó por su cuenta, aunque ya a la hora de comer pude conocer mejor al resto del grupo. Entre ellos había un francés, rubio, sosillo y con cara de no matar a una mosca, que se presentó amablemente a sí mismo como jefe de producto en Francia de la empresa que organizaba el viaje. Todo de lo más normalito, hasta que al ilustre individuo en cuestión, bien peripuesto y enfundado en su traje de hombre respetable, empezó a correrme mano por debajo de la mesa, sin aviso de ningún tipo (vamos, que yo no recuerdo ni siquiera una miradilla morbosa antes de que procediera con el sobajeo bajo mesa), mientras todos los demás masticaban inocentemente sus ensaladas.

Impactada y bastante descolocada, tras unos minutos en los que el tío no dejó de explorar lo que se le antojó con su mano juguetona (y sin que se le moviera ni medio músculo de su rubicunda cara de santurrón), me levanté y murmuré que iba al baño, porque no supe qué más hacer para poner fin al tema… Después de todo, era un viaje de trabajo, y tenía frente a mí a un montón de viejujos importantes que me explicaban cosas muy serias, ignorantes por completo de la partusa que se estaba desarrollando tras bambalinas. Pero no alcancé ni a llegar cuando me di cuenta de que tenía tras de mí al fogoso jefe de producto, quien se tomó mi huida como una invitación para echar un rapidito en el baño… ¿En el tiempo que nos tardaríamos en hacer pis? No, muchas gracias.

Total, que le pregunté muy gélidamente si necesitaba algo, me dijo que se había equivocado de baño y se descojonó de la risa. Y a mi regreso decidió dejar las manos arriba de la mesa… ¡para proceder a sobarme con el pie!

Evidentemente, nunca tuvimos la oportunidad de quedarnos solos, y ese mismo día yo debía regresar a Madrid, así que di por perdida cualquier esperanza de que pasara algo… Y es que a medida que avanzaba la jornada el francesito soso me iba pareciendo cada vez un poquito más interesante; después de todo, hay que estar muy seguro de uno mismo para hacer una cosa así, y a mí (como a casi todas) la seguridad es una cosa que me pierde. Pero es que además salió ingenioso el muchacho, ya que cuando me tocó irme se las arregló para acompañarme en el coche que me llevaba a la estación de trenes, y se sentó atrás conmigo tan campante, dispuesto a seguir con sus frustrados avances mientras el piloto y el copiloto miraban por la ventana.

No lo pude evitar. Aparte de “dejarme hacer” (ya de por sí bastante osado según pensaba yo en ese momento) le pasé un papelito arrugado que decía “You really have some balls!!!!”. Una sonrisa canalla y un papelito de vuelta, con la escueta frase de “Your email?” bastaron para terminar de cocinarme y mandarme a mi periplo de trenes y aviones en estado de ebullición. Nunca más lo volví a ver, pero durante meses mantuve con él una tórrida correspondencia vía correo electrónico –que, a todo esto, mejoró mucho mi conocimiento de frases subidas de tono en el idioma de Shakespeare- que recuerdo como sumamente estimulante y cada vez más intensa. O sea, que el hombre era un artista, y me ponía a full, sin siquiera estarnos comunicando en tiempo real. Una de las cosas que más me excitaba era imaginármelo diciendo guarrerías en francés, desnudo pero con la corbata puesta, ya que nunca había estado con un tío que usara corbata. Por cierto, sigo sin conocer la experiencia. ¿Algún candidato?

El “romance” epistolar, claro, murió de causas naturales, sin grandes lamentos por ninguna de las dos partes. Los mails aún los conservo, aunque no los comparto por respeto a su autor. Y respecto a la historia, nunca genera reacciones tibias. Cada vez que se la he contado a alguien ha despertado pasiones, dividiendo a la audiencia entre los horrorizados (“Dios mío, qué espanto, ¿y qué hiciste? ¿Lo denunciaste? ¿Gritaste? ¿Conseguiste que lo despidieran?”) , con los que nunca he llegado hasta el final, y los entusiastas (“nooo, no te creo, flipo, qué divertido, ¿y después qué pasó”? )

¿Vosotros qué pensáis?

(Y en cuanto a mí, todavía me pregunto a veces cómo habría sido echar un polvo con una persona que no tiene problema en poner en juego su trabajo porque le dio un calentón. Así sin más…)

Perversiones del ciudadano común. I: Disfraces

Half-virgin, de Daniel Iván. http://www.flickr.com/photos/58372389 @N00/4578707356. CC by-nc-nd.Según la RAE, perverso es algo “que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas”. Perverso es entonces el disfraz que me pongo esta noche, mucho más aún que si fuera vestida de dominatrix: el de “chica buena”. Porque salgo con un “chico bueno”, tal vez otro disfrazado, pero cómo saberlo, mejor prevenir que lamentar. Así que cargo con este sudario que no se ve pero me asfixia, que sepulta mi piel desnuda y corrompe mis impulsos invitándolos a una representación, porque ya he contemplado unas cuantas estampidas. Y practico. De forma tozuda incluso. No se disfruta con el dolor, no se disfruta con el control, no existe placer en la sumisión. Sólo la suavidad me lubrica, sólo en susurros se me posee, sólo las palabras de amor me acunan. Hay que mirar para otro lado, hacer como que no existe el ansia de que lo único restringido sean mis tobillos y mis muñecas. No está bien y punto, algo tiene que haber ahí, algo torcido, eso dicen. Mi abuelito no estaría orgulloso, y esa es la prueba del algodón.

Lo intento. Me trago las palabras poco recatadas, sonrío.

Pero aquí está opaco, y no hay juguetes. Únicamente una gran seriedad, y mucha concentración para interpretar el rol.